Twenty-Third Sunday in Ordinary Time, Year C-2016

From Vincentian Encyclopedia
Way that leads to truth and gives life

Jesus guides our feet into the way of the Kingdom of God.

Great crowds follow Jesus who is on his way to Jerusalem. But quality is more important to him than quantity. Hence, he lays out his demands in a disconcerting way.

First, Jesus demands that those who seek membership in his big family hate their family members and their own lives. It is not that he rejects family ties and self-esteem. Were he rejecting these, he would not use them to highlight his precedence over everything and everyone. The superlative degree implies the positive and comparative degrees. Moreover, to have family ideals that apply to the big Christian family supposes some experience of such family value as the love that is intimate, supportive, respectful, understanding, unconditional, fair and humanizing.

Jesus, then, does not break up the human family. His point is that we must put nothing and no one ahead of him. He himself lives up to his teaching, “Seek first the Kingdom of God and his righteousness.” That is why he serves as a model for us all. He is the way that leads to the Kingdom.

Secondly, Jesus urges us not to have illusions about discipleship. To be a disciple is to suffer the same fate as the one who is on his way to where sufferings and the cross await him.

Since Jesus promotes justice, mercy and faithfulness, the powerful persecute him and condemn him to death. They will likewise persecute disciples who do as Jesus. Disciples will run afoul of the authorities and will end up receiving the death sentence.

Disciples’ personal crosses refer literally, then, to the death penalty. We who enjoy today religious freedom, however, understand the cross more metaphorically. But are our “metaphorical” crosses really comparable to the “literal” crosses of those who do not enjoy religious freedom?

Thirdly, Jesus adds that we must renounce all our possessions.

Our possessions have value, of course. We can sell them to give to the poor, certain that the Father is pleased to give us the Kingdom and everything else. But they should not be objects of worship. And let us watch out, for greed is idolatrous; from it arise injustice, destruction of “our common home,” and forms of enslavement and dehumanization.

Yes, Jesus invites us to renunciation. Giving his body up and shedding his blood, he exemplifies total renunciation and absolute readiness. He marks out for us the way of life and death “in the service of the poor … and in a real renunciation of ourselves” (SV.EN III:384). To follow him means to abandon the timid deliberations of mortals and to enter the eternal Kingdom. To take another way is to go nowhere and not to come to terms with the one who, crucified out weakness, is the strongest of all.

Show us, Lord, your way so that we may walk in your truth and live.


September 4, 2016

23rd Sunday in O.T. (C)

Wis 9, 13-18b; Philm 9-10. 12-17; Lk 14, 25-33


VERSIÓN ESPAÑOLA

Camino verdadero y vivificador

Jesús nos guía por el camino del Reino de Dios.

Mucha gente acompaña al que va camino de Jerusalén. Pero le importa más la calidad que la cantidad. Por eso, plantea de modo desconcertante sus exigencias.

En primer lugar, exige Jesús a los que buscamos pertenecer a su gran familia aborrecer a nuestros familiares y a nosotros mismos. No es que él descarte los lazos familiares y la autoestima. Si los descartase, no los usaría para resaltar su precedencia sobre todo y todos. En el grado superlativo se sobreentienden el grado positivo y el grado comparativo. Y tener ideales familiares aplicables a la gran familia cristiana supone alguna experiencia de tal valor familiar como el amor íntimo, solidario, respetuoso, comprensivo, incondicional, justo, humanizador.

No rompe, pues, Jesús la familia humana. A lo que va él es esto: no hemos de anteponer nada ni nadie a él. Él mismo vive conforme a su enseñanza: «Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia». Por eso, sirve de modelo para nosotros. Él es el camino que conduce al Reino.

En segundo lugar, nos exhorta Jesús a no hacernos ilusiones referente al discipulado. Ser discipulo es sufrir el mismo destino que el Maestro que está de camino adonde los sufrimientos y la cruz.

Porque promueve Jesús la justicia, la misericordia y la fidelidad, lo persiguen los poderosos y le condenan a la pena capital. Perseguirán también al discípulo que haga lo que el Maestro. El discípulo entrará en conflicto con las autoridades y acabará recibiendo la sentencia capital.

A la pena de muerte se refiere literalmente, pues, la cruz del discípulo. Los que hoy gozamos, sin embargo, de la libertad religiosa entendemos nuestras cruces más metafóricamente. Pero, ¿son realmente comparables nuestras cruces «metafóricas» con las cruces «literales» de los cristianos sin libertad religiosa?

Añade Jesús en tercer lugar que tenemos que renunciar todos nuestros bienes.

Por supuesto, tienen valor nuestros bienes. Los podemos vender para dar limosna, ciertos de que nuestro Padre ha tenido a bien darnos el reino y todo lo demás. Pero no hay que convertirlos en objeto de culto. Y, ¡cuidado!, que la codicia es idólatra; de ella nacen la injusticia, la destrucción de «nuestra casa común», y toda clase de esclavización y deshumanización.

Sí, nos invita Jesús a la renuncia. Entregando su cuerpo y derramando su sangre, ejemplifica la renuncia total y la disponibilidad absoluta. Él nos marca el camino de vivir y morir «en el servicio de los pobres … y en una renuncia actual a nosotros mismos … » (SV.ES III:359). Seguirle es abandonar los pensamientos mezquinos de los mortales y entrar en el Reino eterno. Andar por otro camino significa no llegar a ninguna parte y no hacer las paces con el que, crucificado en debilidad, se constituye el más fuerte de todos.

Enséñanos, Señor, tu camino para que sigamos tu verdad y vivamos.


4 de septiembre de 2016

23º Domingo de T.O. (C)

Sab 9, 13-18b; Filem 9-10. 12-17; Lc 14, 25-33