Twenty-Third Sunday in Ordinary Time, Year B-2018

From Vincentian Encyclopedia
Deaf People Hear the Word, the Mute Proclaim It

Jesus makes the deaf hear and the mute speak. He wants us to hear clearly the word of God and to proclaim it rightly.

Those who have witnessed the healing of a deaf-mute recognize that Jesus brings in the new creation. They proclaim that the healer of the deaf and the mute does everything well. It brings to mind the statement in Gen 1 that everything that the Creator had made was good.

But the proclamation also recalls Isaiah’s words Isaiah to those in exile. The prophet announced a new exodus to the faint-hearted. And their coming salvation would be complete. Blind eyes would see, deaf ears hear; the lame would leap, the mute sing.

So then, the crowd rightly senses that Jesus is not just another healer or preacher. He is the one who is to come, the one everyone awaits. His miracles and teachings show that the kingdom of God is at hand.

But this does not mean that the people’s sense is always right. They turn a deaf ear to every hint that the Messiah will suffer. They, then, have a distorted idea of the Messiah. And if those with distorted ideas speak, they will do as the mute, with speech impediment. To avoid any distortion, then, Jesus orders those who see his miracles to say nothing to no one.

Jesus, moreover, takes the deaf-mute away from the crowd. The crowd, after all, connotes misunderstanding. Being away from the distorting influence of the crowd is something that healing demands.

We, too, are deaf and mute, and in need of healing.

We groan while we wait for full redemption. Our personal experience of disconnect between our thoughts and our actions makes us sigh also.

And we fall short with regard to hearing God’s word and proclaiming it. That is because our self-interests get in the way. We even victimize again murder victims because we use them to advance racist views. Even in the Church, we may perhaps speak against scandals, against deaf and mute leaders. But don’t we just do so to try to grab power?

We need, then, to stir into flame the gifts of hearing and speaking we have through Jesus’ “Ephphatha!” And surely, the Lord God gives us the tongue of a disciple, so we know how to speak to the weary. Morning after morning, he opens our ears that we may hear, and not rebel.

And the invitation to the table of the Word and Sacrament is there for the taking. As we feed on Jesus, he will change us into himself.

Lord Jesus, heal us deaf and mute people. May we follow your teaching, never that of the worldly crowd (see CRCM II:1). Make us see clearly past the shabby clothes poor people wear, so that we may rightly tell them to take seats of honor.


9 September 2018

23rd Sunday in O.T. (B)

Is 35, 4-7a; Jas 2, 1-5; Mk 7, 31-37


VERSIÓN ESPAÑOLA

Sordos oyen la Palabra, mudos la proclaman

Jesús hace oír a los sordos y hablar a los mudos. Nos quiere oyendo claramente la palabra de Dios y proclamándola con acierto.

Los que han visto la sanación de un sordomudo reconocen que Jesús inaugura la nueva creación. Proclaman que todo lo hace bien el Sanador de los sordos y los mudos. Su proclamación evoca lo afirmado en Gn 1 de que era bueno lo que había hecho el Creador.

Pero tal proclamación hace referencia también a Isaías. Anunciaba el profeta un nuevo éxodo a los pusilánimes. Y sería íntegra la inminente salvación. Verían, por tanto, los ojos ciegos, los oídos de los sordos se abrirían, saltarían los cojos, cantarían los mudos.

Así que intuye correctamente la multitud que Jesús no es un sanador o predicador más. Él es quien ha de venir, el Mesías esperado. Sus milagros y sus enseñanzas señalan la cercanía del reino de Dios.

Con todo, no siempre acierta la intuición popular. El pueblo hace oídos sordos a toda sugerencia de un Mesías sufriente. Es distorsionada su noción del Mesías. Y si hablan los con conceptos distorsionados, lo harán cual los mudos, con mucha dificultad. Para que se evite toda distorsión, pues, manda Jesús a cuantos ven sus milagros no contar nada a nadie.

Jesús aparta además al sordomudo de la gente. Ésta, después de todo, connota la incomprensión de los sordos y los mudos. El apartamiento de la multitud, de su influencia distorsionadora, lo exige la sanación.

Sordos y mudos también somos nosotros, necesitados de sanación.

Gemimos mientras aguardamos la plena redención. Nuestra experiencia personal de la desconexión entre nuestros pensamientos y nuestras acciones también nos hace suspirar.

Y nos quedamos por detrás de la escucha y la proclamación de la palabra de Dios. Así pasa, porque nos hacen tropezar nuestros intereses egoístas. Victimizamos de nuevo aun a las víctimas del asesinato, sirviéndonos de ellas para promover nuestras opiniones racistas. Incluso en la Iglesia, denunciemos quizás a los que causan escándalos pecaminosos y a los sordos y los mudos líderes. Pero, ¿no sería que lo hiciéramos solo para arrebatar el poder a nuestros oponentes?

Hemos de reavivar, pues, los dones de oír y hablar que hay en nosotros por la palabra de Jesús: «Effetá». Seguramente, el Señor Dios nos da la lengua de los discípulos, para que sepamos decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana nos espabila el oído, para que escuchemos como los discípulos. Él nos abre los oídos, para que no nos rebelemos.

Y la invitación a la mesa de la Palabra y del Sacramento está allí para nuestra aceptación. Alimentándonos de Jesús, en él nos transformaremos.

Señor Jesús, sánanos a los sordos y los mudos. Ojalá obremos según tus máximas, y nunca según las de la multitud mundana (RCCM II:1). Haz que veamos claramente más allá de las ropas andrajosas de los pobres y les digamos correctamente que se sienten en los puestos reservados.


9 Septiembre 2018

23º Domingo de T.O. (B)

Is 35, 4-7a; Stg 2, 1-5; Mc 7, 31-37