Twenty-Third Sunday in Ordinary Time, Year B-2015

From Vincentian Encyclopedia
Have you not become judges with evil designs? (Jas 2, 4)

Jesus makes the deaf hear and the mute speak, so that they may, with exultation, listen to and proclaim the Good News.

The healing of the deaf-mute suggests that prophecies attain their maximum fulfillment in Jesus. He is God-with-us who indemnifies and saves. His presence means courage for the frightened, health for the sick, comfort for the sorrowful, forgiveness for sinners, peace for all.

But we who are dejected and discouraged, impatient and anxious, do we not deny the faith we profess? Do we not behave less like the oppressed, whose discouragement turns into encouragement now that Jesus liberates them, and more like the oppressors, whose courage becomes fright in the face of the revenge that comes crashing down on them?

No, it is not altogether impossible that we radiate, not Christ’s comforting joy, but the disheartening sadness or bitterness of the disillusioned, whose “faith is wearing down and degenerating into small-mindedness” (EV 10, 83). Christians could be the worst witnesses to Christ.

And we shall be so if, fooled by outward appearance, we find compatibility between faith in Jesus Christ and discrimination against the poor. If this is the case, then we really do not know the gracious act of the one who became poor for our sake.

Likewise, we undermine our own faith, by behaving in the same way as those who infiltrated Paul’s group with the intention of taking away its Christian freedom. We will be false brothers too, I think, if we are scandalized that Pope Francis urges us to be welcoming of the divorced and remarried, or that he reminds us not to rush into judgement of others, including homosexuals.

True brothers and sisters are understanding and compassionate. They are resolved never to put any obstacle in anyone’s way. They act as facilitators of grace rather than its arbiters; they see the Church as “the house of the Father, where there is a place for everyone, with all their problems,” where the weak, living by the Word and the Sacrament, find healing and strength (EG 47).

Genuine disciples never consider themselves deserving of a prize. They are unlike a “meritocrat” who deems himself with a right to the best position because of his impeccable conduct. They give importance to grace and not to their merits.

Hence, like true witnesses of Jesus, they point, not to themselves, but to him. They want even the individual who insists the most on remaining deaf and mute to proclaim something similar to what St. Vincent de Paul said regarding St. Francis the Sales: “How gentle you are, Oh God, Oh my God, how gentle you are, since there is so much gentleness in your creature, Francis de Sales” (SV.FR XIII:78-79).

Lord, give us ears that will listen to you and a tongue that will praise you.


VERSIÓN ESPAÑOLA

23º Domingo de Tiempo Ordinario B-2015

¿No juzgáis con criterios malos? (Stgo 2, 4)

Jesús hace oír a los sordos y hablar a los mudos, para que jubilosos escuchen y proclamen la Buena Nueva.

La curación del sordomudo indica que las profecías tienen su máximo cumplimiento en Jesús. Él es Dios-con-nosotros que resarce y salva. Su presencia significa valor para los cobardes, salud para los enfermos, consuelo para los tristes, perdón para los pecadores, paz para todos.

Pero los tristes y desalentados, los impacientes y ansiosos, ¿no negamos la fe que profesamos? ¿Acaso no nos portamos menos como los oprimidos, cuyo desánimo se convierte en ánimo ya que Jesús los liberta, y más como los opresores, cuyo valor se convierte en temor ante el desquite que se les viene encima?

No, no es del todo imposible que irradiemos, no la confortadora alegría de Cristo, sino la desalentadora tristeza o amargura de los desilusionados, cuya «fe se va desgastando y degenerando en mezquindad» (EV 10, 83). Los cristianos podremos ser los peores testigos de Cristo.

Y lo seremos si, engañados por los aspectos exteriores, juntamos la fe en Jesucristo con la acepción de personas. Si es así, entonces no sabemos realmente lo generoso que ha sido el que se hizo pobre por nosotros.

Socavamos asimismo nuestra propia fe portándonos al igual que aquellos falsos hermanos que se infiltraron en el grupo paulino con motivo de quitarle la libertad cristiana. Seremos falsos hermanos también, creo, si nos escandaliza que el Papa Francisco nos exhorta a dar la acogida a los divorciados vueltos a casar o que él nos recuerde no precipitarnos en juzgar incluso a los homosexuales.

Los verdaderos hermanos y hermanas son comprensivos y compasivos. Procuran no poner obstáculos a nadie. Se comportan como facilitadores, no controladores, de la gracia; ven la Iglesia como «la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas», donde los débiles, viviendo de la Palabra y del Sacramento, encuentran remedio y fuerza (EG 47).

Los discípulos auténticos jamás se consideran merecedores de premio. No son como un «meritócrata» que se cree con derecho al mejor puesto por su conducta intachable. Acentúan la gracia y no sus méritos.

Por eso, como verdaderos testigos de Jesús, señalan no a sí mismos, sino a él. Quieren que incluso el que más insiste en quedarse sordomudo proclame algo parecido a lo que dijo san Vicente de Paúl con respecto a san Francisco de Sales: «¡Dios mío, Dios mío! ¡Cuánta tiene que ser tu suavidad, si fue tan grande la de tu siervo Francisco de Sales!» (SV.ES X:92).

Señor, danos oídos que te escuchen y lengua que te alabe.