Twenty-Third Sunday in Ordinary Time, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
Owe nothing to anyone, except to love one another (Rom 13, 8)

In the end, love is what it is all about. It is God. It never fails. It keeps no records of wrongs (“If you, Lord, record our sins, who can stand?), but it does not rejoice over injustice either. Though it bears all things, it impels us, nevertheless, to correct and reform ourselves, so that we may love better every time.

The first reaction of love is not to wag the finger in public at someone needing admonition. It summons him privately before making use of drastic measures. But when everything else fails, then it courageously turns to the means of last resort.

Yes, love is always ready to speak the truth to those who display power. If the ever prideful selfishness delights in correcting harshly those who it belittles as low-class people, the ever humble love, for its part, confronts bravely those who are greedy for power and riches with their injustice and indifference towards the poor.

But it does so with regret and in the spirit of humility and charity. Love, to use St. Vincent de Paul’s words, is “never fond of playing the superior or the master,” it does not need to show who is the boss (Coste XI:346).

Love acknowledges that “it is easier to become angry than to restrain oneself, to threaten … than to persuade,” that it is “more convenient to punish the rebellious than to correct them, supporting them with both firmness and kindness,” to cite St. John Bosco. When punishing, love shows the necessary restraint, lest one is left suspecting that it is all a matter of showing off authority or of ill humor being taken out on somebody.

Remaining firm and persevering in regard to ends, and flexible and gentle in regard to means, love shows itself truly concerned about the salvation and reconciliation of all. And if we are reconciled to one another, and share our possessions, so that no one suffers hunger or shame, then our Eucharistic celebration will be more meaningful and effective.

And it is not outside the realm of possibility that, while we pray gathered together, reconciled and agreeing on earth as a Christian community that we have presiders at the Eucharist, the Father may raise them up for us from among us and so supply our needs. So also it will be shown true that whatever we bind or loose on earth shall be bound and loosed in heaven.


VERSIÓN ESPAÑOLA

23º Domingo de Tiempo Ordinario A-2014

A nadie le debáis nada, más que amor (Rom 13, 8)

A fin de cuentas, el amor es todo lo que cuenta. Es Dios. No pasa nunca. No lleva cuentas del mal («Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?»), pero tampoco se alegra de la injusticia. Aunque disculpa sin límites, nos apremia, sin embargo, a corregirnos y reformarnos para que amemos cada vez mejor.

La primera reacción del amor no es el apuntar con el dedo en público a alguien que se merece una amonestación. Lo llama en privado antes de servirse de medios drásticos. Pero cuando todo lo demás falla, entonces, se sirve con coraje de la medida de último recurso.

Sí, el amor está dispuesto a decir la verdad a los que ostentan el poder. Si el egoísmo siempre soberbio se deleita en corregir severamente a los que desestima como gente baja, en cambio, el amor siempre humilde les echa en cara con valentía a los codiciosos de poder y riqueza su injusticia y su indiferencia para con los pobres.

Pero lo hace con mucha pena y en espíritu de humildad y de caridad. El amor, por usar las palabras de san Vicente de Paúl, no tiene «la pasión de parecer ni superior ni maestro», no necesita hacer ver quién es el jefe (XI:238).

Reconoce el amor que «es más fácil enojarse que aguantar, amenazar … que persuadir», que «resulta más cómodo castigar a los rebeldes que corregirlos, soportándolos con firmeza y suavidad a la vez», por citar a san Juan Bosco. Cuando castiga, el amor conserva «la debida moderación, la cual es necesaria para que en nadie pueda surgir la duda» de que uno obra solo para hacer prevalecer su autoridad o para desahogar su mal humor.

Manteniéndose firme y constante en los fines, y flexible y suave en cuanto a los medios, el amor se muestra preocupado por la salvación y la reconciliación de todos. Y si nos reconciliamos unos con otros y somos de un solo pensar y sentir, y compartimos nuestras posesiones, de tal modo que nadie pase hambre ni vergüenza, entonces será más significativa y efectiva nuestra celebración eucarística.

Y no es del todo imposible que, mientras oramos reunidos, reconciliados y poniéndonos de acuerdo en la tierra como una comunidad cristiana que tengamos a quienes nos presidan en la Eucaristía, nos los suscite el Padre de entre nosotros y así supla él nuestra carencia. Asimismo se demostrará cierto que todo lo que atemos o desatemos en la tierra quedará atado o desatado en el cielo.