Twenty-Sixth Sunday in Ordinary Time, Year C-2016

From Vincentian Encyclopedia
Indifference is dehumanizing and damning

Jesus is God’s resounding “no” to indifference toward the needy.

The parable of the unnamed rich man and poor Lazarus condemns indifference toward the poor and helpless. It is not that the rich man is explicitly unjust Apparently, it does not bother him that Lazarus is lying at his door. The rich man’s indifference alone is enough to make him deserving of hell.

First, what is bad about indifference is that it connotes dehumanization. According to St. Vincent de Paul (SV.EN XII:222), to be a Christian and see our brother suffering without weeping with him, without being sick with him, is to be inhuman. It is to be worse than beasts.

Moreover, those engrossed in themselves, their, pleasures and wealth hardly attain self-fulfillment. Because of the indifference that results from self-absorption, it becomes difficult for the indifferent be true to the social dimension of human existence. It is with reason, then, that the rich man does not have a name.

Secondly, indifference is wrong because of the great chasm it establishes.

True, Lazarus is physically close to the rich man. Still, the great chasm between the two does not escape notice.

And there is indeed a sharp contrast between the rich man and Lazarus. The former dresses up luxuriously and dines sumptuously each day. The latter lies on the floor, covered with sores. He longs, in vain probably, to satisfy his hunger with the scraps falling from the plentiful and delightful table. Dogs lick his sores too.

Yet those who enjoy plenty and those who have nothing do not stop being brothers and sisters despite the sharp contrast between them that human indifference does not want to deal with. The rich and the poor do not stop having a common Father, notwithstanding the great chasm that indifference establishes. We cannot turn our backs, then, to our needy brothers and sisters, without denying, in effect, that God is Father to all of us.

Hence, to honor concretely our heavenly Father is to be ill ourselves because of the collapse of our brothers. It entails leaving God for God to attend to the poor who is knocking at the door (SV.EN IX:252). To practice righteousness, devotion, faith, love, patience and gentleness means to solve misery now by doing as Jesus. He is the perfect fulfillment of the law and the prophets. If a chasm in this world cuts us off from the least of our brothers and sister, a chasm in the world beyond will separate us from the blessed.

Lord Jesus, grant us to have the poor sit at our table, so that you may then make us sit at your heavenly table.


September 25, 2016

26th Sunday in O.T. (C)

Am 6,1a. 4-7; 1 Tim 6, 11-16; Lk 16, 19-31


VERSIÓN ESPAÑOLA

Indiferencia deshumanizadora y condenatoria

Jesús es el «no» rotundo de Dios a la indiferencia hacia los necesitados.

La parábola del rico anónimo y el pobre Lázaro condena la indiferencia hacia los pobres y desvalidos. No es que el hombre rico sea explícitamente injusto. Al parecer, no le molesta que esté Lázaro tendido en su portal. La indiferencia del rico es suficiente razón para que él merezca el infierno.

Lo que tiene de malo la indiferencia es que ella, en primer lugar, connota deshumanización. Según san Vicente de Paúl (SV.ES XI:561), ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él, es carecer de humanidad. Es ser peor que las bestias.

Asimismo, el absorto en sí mismo, en sus placeres y riquezas difícilmente llega a la realización personal. La indiferencia que resulta del ensimismamiento le dificulta a uno ser fiel a la dimensión social de la existencia humana. Con razón, pues, no lleva nombre alguno el hombre rico.

Es mala la indiferencia, en segundo lugar, debido al abismo que ella abre.

Cierto, Lázaro está físicamente cerca del rico. Pero aún así, no pasa desapercibido el inmenso abismo entre los dos.

Y muy marcado resulta, sí, el contraste entre el rico y Lázaro. El primero se viste lujosamente y banquetea espléndamente cada día. El ultimo está tendido en el suelo, cubierto de llagas. Tiene gran deseo, irrealizable probablemente, de saciarse de lo que cae de la mesa abundante y delectable. Los perros le lamen las llagas además.

Pero no dejan de ser hermanos los que gozan de abundancia y los que nada tienen, a pesar del marcado contraste al que rehúsa hacer frente la indiferencia humana. No dejan de tener un Padre común los ricos y los pobres, no obstante el abismo inmenso que la indiferencia abre. No podemos despreocuparnos, pues, de nuestros hermanos necesitados, sin negar efectivamente que Dios es Padre de todos nosotros.

Así que, honrar concretamente a nuestro Padre celestial es dolernos eficazmente de los desastres de nuestros hermanos. Es dejar a Dios por Dios, atendiendo al pobre que llama a la puerta (SV.ES IX:297). Practicar la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza, quiere decir solucionar ahora la miseria, haciendo lo que Jesús. Él da plenitud a la ley y los profetas. Si acá hay abismo que nos aparta de los más pequeños hermanos, habrá en el más allá un abismo que nos separe de los bienaventurados.

Señor Jesús, concédenos hacer sentar a los pobres a nuestra mesa, para que luego nos hagas sentar a la mesa celestial.


25 de septiembre de 2016

26º Domingo de T.O. (C)

Am 6,1a. 4-7; 1 Tim 6, 11-16; Lc 16, 19-31