Twenty-Sixth Sunday in Ordinary Time, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
When I am lifted up from the earth, I will draw everyone to myself (Jn. 12:32—NABRE)

Jesus reveals himself as the suffering Messiah. For us not to be in solidarity with this Messiah and with those who, like him, are subjected to ill-treatment, and even to death, is to predispose ourselves to worrying only about our desire for greatness and about our ambition.

And if one thinks himself to be a personage who has no equal, such one perhaps will soon be writing off those who supposedly are of very little value and who depend on the great ones for everything, just like the child that Jesus placed in the midst of his disciples. In the U.S., these folks make up 47% of the electorate, according to a recent disclosure. Not known either by name or by sight, they are so expendable that their being murdered without resisting does not at all matter to unfettered capitalism, insatiable and unsustainable, which is bent on accumulating wealth, and will ultimately impoverish, enslave and eliminate everybody.

The conceited has to maintain the semblance of superiority also, which drives him to strive even more for greater matters. But the ambitious feels threatened by those he perceives are rivals in a cutthroat competition; he is frightened by those who may possibly become an obstacle to his acquisition of yearned-for promotions. Insecure and cloistered, the proud does not tolerate those he finds bothersome because they show capabilities that he thinks should characterize only him or his social class.

But both Moses and Jesus make known that intolerance and exclusivism need to be reined in. Good is the intention of one who sees to it that the prophetic office be not altogether outside institutional control [1] or that Jesus’ name not be sullied the slightest. But with all this, it should be admitted that God raises prophets from among the people, that the prophets are our brothers (Dt. 18:15, 18), so we cannot exclude anyone who prophesies, any more than a prophet can exclude any of us.

On the part of the one who emptied himself, took the form of a servant and passed for just one of us, didn’t he do so in order that he might become like us in all things but sin? Recognized by the common people as a great prophet arisen in their midst, Jesus welcomed everybody. He embraced especially the marginalized and the despised, whom opportunistic politicians gave up on and whose suffering the religious leaders, according to José Antonio Pagola’s “You Cannot Serve God and Money,” had nothing to do with [2]. Through his bloody death, Christ made one people of those who were apart, breaking down the wall that separated them (Eph. 2:14-16), even if it there will be no lack of those who will divide to conquer and to promote their selfish interests.

Intolerance and exclusivism go against the grain, then, of Jesus’ personhood, character and behavior. Whoever is not against him is his co-worker who deserves the disciples’ warm welcome that, though shown in an insignificant manner, will not go unrewarded. There is no impunity either for anyone who puts a stumbling block before the least significant of Jesus’ partners.

To favor exclusivism and oppose cooperation is to show lack of understanding of the meaning of the Divine Liturgy, the first and the most important work of the people who worship. And it supposes that our heart is where our treasure is, that is to say, in Jesus and the least of his brothers and sisters, whom we should help in every way, says St. Vincent de Paul, and have ourselves and others side by side, assisting them [3].

NOTES:

[1] Cf. The New Jerome Biblical Commentary (Englewood Cliffs, NJ: Prentice-Hall, Inc., 1990) 5:27.
[2] Cf. http://somos.vicencianos.org/blog/2012/09/no-podeis-servir-a-dios-y-al-dinero/ and http://arratiaeliza.blogspot.com/2012/09/no-podeis-servir-dios-y-al-dinero-jose.html (accessed September 23, 2012).
[3] P. Coste XII, 87.


VERSIÓN ESPAÑOLA

26° Domingo de Tiempo Ordinario, Año B-2012

Cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 32)

Jesús se revela como el Mesías sufriente. Faltar nosotros de la solidaridad con este Mesías y con los sometidos, como él, a maltratos, y hasta a la muerte, es predisponernos a afanarnos sólo por nuestras pretensiones de grandeza y por nuestras ambiciones.

Y si uno se toma por personaje sin igual, éste tal vez no tardará en dar por perdidos a los que supuestamente valen muy poco y dependen en todo de los grandes, cual el niño a quien Jesús puso en medio de los discípulos. En EE.UU., esa gente constituye el 47% del electorado, según una divulgación reciente. No conocidos ni de nombre ni de vista, son tan prescindibles ellos que sus perecimientos sin resistencia no le importan nada al capitalismo desenfrenado e insaciable e insostenible que se dedica a amontonar riquezas, y que, por último, empobrecerá, esclavizará y eliminará a todos.

También necesita mantener la apariencia de superioridad el engreído, lo que le impele a ambicionar más grandezas desmedidas. Pero el ambicioso se siente amenazado por otros a quienes percibe como rivales en una competencia despiadada; le dan miedo aquellos que posiblemente le dificulten la consecución de los ascensos ansiados. Inseguro y clausurado, el altivo no tolera a los que le inquietan por demostrar capacidades que cree que han de ser sólo de él o de su clase social.

Pero tanto Moisés como Jesús nos dan a conocer que hay que refrenar la intolerancia y el exclusivismo. Es buena la intención de uno que procura que el oficio profético no esté del todo fuera del control institucional o que el nombre de Jesús no se tache ni un poquito. Con todo, aún se ha de admitir que Dios levanta profetas del pueblo, que los profetas son nuestros hermanos, así que no podemos excluir a nadie que profetiza ni puede excluir un profeta a ninguno de nosotros.

Por parte del que se anonadó, tomó la condición de esclavo y pasó como uno de tantos, ¿acaso no lo hizo él precisamente para asemejarse a nosotros en todo menos en el pecado? Reconocido por la gente común como un profeta grande surgido entre ellos, Jesús acogió a todos. Abrazó especialmente a los marginados y los despreciados, de los cuales se desesperaron los políticos oportunistas y de cuyo sufrimento, según la ponencia «No podéis servir a Dios y al dinero» del Padre Pagola, se desentendieron los dirigentes religiosos. Por su muerte sangrienta, Cristo hizo de los separados un solo pueblo, derribando el muro de separación, si bien nunca faltarán quienes dividan para conquistar y promover sus intereses egoístas.

La intolerancia y el exclusivismo, pues, van contra la persona, el carácter y la actuación de Jesús. El que no está contra él es su colaborador que merece la acogida calurosa de los discípulos, la cual, aunque mostrada de manera insignificante, no se quedará sin recompensa. Pero tampoco se quedará impune quien ponga piedra de tropiezo a un colaborador pequeñuelo de Cristo.

Estar a favor del exclusivismo y en contra de la cooperación indica falta de comprensión del significado de la Divina Liturgia, la primera y más importante obra de culto del pueblo. Y ella supone que nuestro corazón está en nuestro tesoro, en Jesús y en sus más pequeños hermanos, a quienes, dice san Vicente de Paúl, debemos asistir de todas las maneras y hacer que les asistamos nosotros y los demás juntos (XI, 393).