Twenty-Seventh Sunday in Ordinary Time, Year C-2016

From Vincentian Encyclopedia
Vision that evangelizes and saves

We discover in Jesus the vision without which we perish demoralized.

It is hard even for those who are faithful to keep faith alive and to take as norm the vision of the kingdom of God and his righteousness. As in Habakkuk’s case, what drives them to question faith and the vision that comes with it is God’s or Jesus’ apparent lack of concern. They cry out to the Lord in their wretchedness and their cries seem to come up against divine silence.

But it is not that they renounce their faith. They rebel, yes, against God’s justice and protest against his unintelligible silence. Yet they do so within faith (cf. Elie Wiesel, All Rivers Run to the Sea). That is why they dismiss such mocking words as those of Job’s wife: “Are you still holding to your innocence. Curse God and die” (cf. also (Tob 2, 14 and Pope Francis).

And God, knowing that it is faith that gives rise to the complaints, demands that the faithful’s faith be greater and their vision more integral. So, he assures them, “The vision still has its time, presses on to fulfillment, and will not disappoint.” Then he adds, “The rash one has no integrity; but the just one, because of his faith, will live.”

Jesus, too, expects his followers not to be rash nor settle for a mediocre faith nor have illusions about their vision for a renewed humanity.

We Christians must confess that we are people of little faith. We need to ask Jesus, “Increase our faith.” Probably, no one can say of us now that we are slow to believe in a suffering Messiah. But do we not deny our faith by exchanging Christian vision for a worldly one? Among whom do we count ourselves? Among those who deserve the “woes” Jesus uttered or among those he proclaimed blessed?

We should have, moreover, the same attitude as the one who took the form a slave. Hence, after fulfilling our obligations, we still have to recognize that we are useless servants. We only—by God’s grace, adds St. Vincent de Paul (CRCM XII, 14)—what we ought to do. We shall avoid, then, foolish self-congratulation and disproportionate disappointment (Ibid., 3 and 4).

Those truly disappointed within faith, because of the delay in the fulfillment of the vision, do not only look forward to the realization of the vision. They also hasten it. They wait for the moment of grace by bearing their share of hardship for the Gospel.

Lord Jesus, make of us a living sacrifice that is pleasing to God. Let us work with you in the fulfillment of your vision for a mature humanity that attains the full measure of your fullness.


October 2, 2016

27th Sunday in O.T. (C)

Hab 1, 2-3; 2, 2-4; 2 Tim 1, 6-8. 13-14; Lk 17, 5-10


VERSIÓN ESPAÑOLA

Visión evangelizadora y salvadora

En Jesús, se nos descubre la visión sin la cual los hombres perecemos desmoralizados.

Les cuesta incluso a los fieles mantener viva la fe y tener delante la visión del reino de Dios y de su justicia. Como en el caso del profeta Habacuc, lo que les impulsa a poner en cuestión la fe y la visión que la fe aporta es la aparente despreocupación de Dios o de Jesús. En medio de sus tribulaciones, claman al Señor, pero sus clamores parecen chocar contra el silencio divino.

Pero no es que renuncien su fe. Se rebelan, sí, contra la justicia de Dios y protestan contra su silencio ininteligible. Pero lo hacen desde la fe (véase Elie Wiesel, Todos los ríos van al mar). Así que descartan tales palabras burlonas como las de la esposa de Job: «¿Todavía persistes en tu honradez? Maldice a Dios y muérete» (véase también Tob 2, 14 y Papa Francisco).

Y Dios, sabiendo que de la fe nacen las quejas de los fieles, exige que sea más grande la fe de ellos y más íntegra su visión. Les asegura, pues: «La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará». Luego añade: «El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe».

Se les exige asimismo a los seguidores de Jesús que no tengamos el alma hinchada ni nos conformemos con una fe mediocre ni nos hagamos ilusiones con respecto a la visión de una humanidad renovada.

Los cristianos humildes debemos confesarnos gente de poca fe. Necesitamos pedirle a Jesús: «Auméntanos la fe». Probablemente, ya no se puede decir de nosotros que somos torpes para creer en el Mesías sufriente. Pero, ¿acaso no desmentimos esta fe, cambiando la visión cristiana por la visión mundana? ¿Entre quienes nos contamos? ¿Entre los que se merecen los «ayes» pronunciados por Jesús o entre los proclamados dichosos por él?

Hemos de tener además los sentimientos propios del que tomó la condición de esclavo. Por eso, después de cumplir con nuestras obligaciones, aún nos corresponde reconocer que somos unos siervos inútiles. Hacemos —por la gracia de Dios, añade san Vicente de Paúl (RCCM XII, 14)— solo lo que debemos hacer. Evitaremos, por consiguiente la vana complacencia y la demasiada inquietud (Ibid., 3 y 4).

Los realmente inquietos desde la fe, porque tarda en realizarse la visión, no solo la esperan. La apresuran también. Esperan el momento de la gracia, participando en los duros trabajos del Evangelio.

Señor Jesús, haz de nosotros hostia viva agradable a Dios. Permítenos trabajar contigo en la realización de tu visión de la humanidad perfecta que conforme a tu plena estatura.


2 de octubre de 2016

27º Domingo de T.O. (C) Hab 1, 2-3; 2, 2-4; 2 Tim 1, 6-8. 13-14; Lc 17, 5-10