Twenty-Seventh Sunday in Ordinary Time, Year C-2013

From Vincentian Encyclopedia
Blessed are you who believed (Lk 1, 45)

The apostles say to Jesus, “Increase our faith.” This petition reveals the correct Christian attitude.

True disciples acknowledge that they are poor. Hence, they keep asking, seeking and knocking. They live by faith; they look beyond themselves to live and in order not to lose hope, love, stability, vision, in tough times. They very well know that without prophetic vision, they will sink into chaos and that unless they believe, they will not survive (Prov 29, 18; Is 7, 9).

And Jesus affirms their posture of faith and smallness. He looks tenderly at them and assures them that even the little faith of the little ones who leave themselves at God’s hands, in the confident manner of a child on its mother’s lap, makes them capable of unbelievable deeds. He who has taken the form of a slave urges them to place themselves at God’s complete disposition, always considering themselves useless servants.

The truth is that we humans are of no use to God. The almighty and all-sufficient Creator of everything has no need of sanctuaries, nor does he need anybody to do anything for him (Acts 17, 24-25). He does not eat the flesh of bulls nor does he drink the blood of goats (Ps 50, 13).

We are the ones who need to nourish ourselves with his flesh and blood. He does us a huge favor, inviting us to serve him and to share in the hardships for the gospel. We have received from him everything we have, and it is only by his grace that we are able to do anything worthwhile—which, according to St. Vincent de Paul, missionaries should be convinced of (Common Rules of the C.M., XII, 14).

Rightly, then, is a companion of Jesus more a mystic than an ascetic (Pope Francis). What matters, first and foremost, to the former is to remain in Jesus, while the latter, like an athlete, tends to rely on his rigorous training, his own efforts and skills. The mystic does not congratulate himself (cf. Common Rules of the C.M., XII, 3, 4); he recognizes that he can do nothing without Jesus.

He gives thanks, but without praising himself. He is not fixated on others’ transgressions either to claim superiority or to find excuse for his own failings. The true servant of servants, who tries to live according to the Christian notion of authority (Mt 20, 26-28), defines and summarizes himself deeply, most accurately, most truly, as “a sinner whom the Lord has looked upon” (Pope Francis; cf. Lk 5, 8).

Hence, real followers of Jesus are not self-righteous. They not only do not cling to money; they also renounce all self-righteous claim to higher doctrinal certainty. They experience doubts. For this reason, they strive to discern, admitting at the same time that “uncertainty is in every true discernment that is open to finding confirmation in spiritual consolation” (Pope Francis). Authentic disciples do not declare themselves to be all-knowing, they do not claim to have the answers to all the questions, nor do they settle for a god that fits their measure. They are descendants of Abraham who, by faith, went out, not knowing where he was going.

They, of course, keep their eyes fixed on Jesus, the leader and perfecter of faith, the first of all the believing and blessed poor, who, giving his body up and shedding his blood for us sinners, commended his spirit into the hands of the Father.


VERSIÓN ESPAÑOLA

27º Domingo de Tiempo Ordinario C-2013

Dichosa tú que has creído (Lc 1, 45)

Dicen los apóstoles a Jesús: «Auméntanos la fe». Esa petición manifiesta la actitud cristiana correcta.

Los verdaderos discípulos se reconocen pobres. Por eso, van pidiendo, buscando y llamando. Viven por la fe; miran más allá de sí mismos para vivir y para no perder la esperanza, el amor, la estabilidad, la visión, en momentos difíciles. Bien saben que sin la visión se hundirán en el caos y que no subsistirán si no creen en el Señor (Prov 29, 18; Is 7, 9).

Y en esta postura de fe y pequeñez les afirma Jesús. Se fija entrañablemente en ellos y da por cierto que aun la fe pequeña de los pequeños que se abandonan en los brazos de Dios, en la manera confiada de un niño en el regazo de su madre, les capacita para obras increíbles. El que ha tomado la condición de esclavo les insta a ponerse a plena disposición de Dios, siempre teniéndose por siervos inútiles.

De hecho, los hombres no le somos útiles a Dios. El omnipotente y autosuficiente Creador de todas las cosas no tiene necesidad de templos, ni necesita que nadie haga nada por él (Hch 17, 24-25). No come tampoco carne de toros ni bebe sangre de machos cabríos (Sal 49, 13).

Somos nosotros quienes necesitamos alimentarnos de su carne y su sangre. Nos hace un gran favor, llamándonos a servirle y a tomar parte en los duros trabajos del evangelio. De él hemos recibido todo lo que tenemos, y es solo por su gracia que somos capaces de algo provechoso—de lo que, según san Vicente de Paúl, los misioneros deben persuadirse (Reglas Comunes de la C.M., XII, 14).

Con razón, pues, es más un místico que un asceta el compañero de Jesús (Papa Francisco). Le importa al primero, antes que nada, permanecer en Jesús, mientras el último, como un atleta, tiende a fiarse de su entrenamiento riguroso, sus propios esfuerzos y habilidades. El místico no se congratula, no se deja llevar por la vana complacencia (cf. Reglas Comunes de la C.M., XII, 3, 4); reconoce que no puede hacer nada sin Jesús.

Da gracias, pero sin alabarse a sí mismo. No se fija en las transgresiones ajenas ni para declararse superior a los demás ni para excusarse de las suyas. El verdadero siervo de los siervos, que procura vivir según la noción cristiana de la autoridad (Mt 20, 26-28), se define y se sintetiza profunda, exacta y verdaderamente como «un pecador en quien el Señor ha puesto los ojos» (Papa Francisco; cf. Lc 5, 8).

Así que quienes realmente siguen a Jesús no tienen pretensiones de superioridad moral. No solo no se aferran al dinero; renuncian también toda pretensión de certeza doctrinal superior. Tienen experiencia de dudas. Por eso, se empeñan en discernir, admitiendo a la vez que «en todo discernimiento verdadero, abierto a la confirmación de la consolación espiritual, está presente la incertidumbre» (Papa Francisco). Los discípulos auténticos no se declaran omniscios, no pretenden tener respuestas a todas las preguntas, ni se conforman con un dios a medida suya. Son descendientes de Abrahán, quien, por la fe, partió sin saber a dónde iba.

Tienen, claro, los ojos fijos en Jesús, el iniciador y consumador de la fe, el primero de todos los pobres creyentes dichosos, quien, entregando su cuerpo y derramando su sangre por nosotros pecadores, encomendó su espíritu a las manos del Padre.