Twenty-Seventh Sunday in Ordinary Time, Year B-2015

From Vincentian Encyclopedia
He is not ashamed to call them brothers (Heb 2, 11)

Jesus remains faithful even if we are unfaithful, for he cannot deny himself.

He cannot be other than the faithful Witness of the irrevocability of God’s gifts and call. His testimony challenges and encourages us.

In the first place we are challenged: “Be perfect, just as your heavenly Father is perfect,” which means we have to reflect the faithful Jesus and the Creator with an eternal love. Hence, our love cannot be “like a morning cloud, like the dew that early passes away.”

Nor should we water down the radical reading of the law and the prophets. The insistence on the indissolubility of marriage must not be taken lightly, as lightly as we take the teachings: “Offer no resistance to one who is evil”; “Do not swear at all”; “Do not be called ‘Teacher.’” The bar is set very high in the kingdom of God.

But weak and stubborn, we fail. Or perhaps we are adults who are too sophisticated, so that we end up distorting the Gospel to evade its demands. Still, we do not despair: God “is rich in mercy”; “he remembers that we are dust.”

But to let ourselves be encouraged by the one who “does not always rebuke nor nurses lasting anger” is to commit to not only not reneging on our promises, but also to being merciful. In the second place, then, we are urged: “Be merciful, just as your Father is merciful.” And our mercy, just like Jesus’, should reach out to the excluded like María and Rosa.

María has no other choice except to take birth-control pills; she no longer goes to communion. Rosa, who left her abusive husband, has for 15 years been living with Johnny, a faithful and loving partner; unable to go to Communion, the couple finally joins the Evangelical Church.

And with regard to people like Rosa, Pope Francis says that we should “welcome them along with their wounds.” It is necessary “to help them walk in faith and in the truth under the gaze of Christ the Good Shepherd, so that they can participate in Church life in an appropriate way” (cf. also Francis A. Quinn, bishop emeritus of Sacramento, California; Prayer Vigil).

Our challenge is to strive, yes, that God reigns absolutely in us. But as St. Vincent de Paul says, we have to begin with ourselves, for the trouble with us is that we take more care to have him reign in others than in ourselves (SV.FR II:97).

And it is worthwhile to ask ourselves before giving out rebukes: If Jesus is not ashamed to call us brothers and sisters, despite our not being always faithful, would we have any reason to be ashamed of or shame the marginalized when we celebrate the Eucharist?

Lord, grant that we be firm and gentle at the same time.


VERSIÓN ESPAÑOLA

27º Domingo de Tiempo Ordinario B-2015-2015

No se avergüenza de llamarnos hermanos (Heb 2, 11)

Jesús permanece fiel aun siendo infieles nosotros, porque no puede negarse a sí mismo.

No puede menos que ser Testigo fiel de la irrevocabilidad de los dones y la llamada de Dios. Su testimonio nos desafía y nos alienta.

En primer lugar, sí, se nos desafía: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto», lo que quiere decir que hemos de reflejar a Jesús fiel y al Creador con amor eterno. Por eso, nuestro amor no puede ser «como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora».

Ni debemos diluir la lectura radical de la ley y los profetas. La insistencia en la indisolubilidad del matrimonio no se ha de tomar a la ligera, como a la ligera tomamos las enseñanzas: «No hagáis frente al que os agravia»; «No juréis en absoluto»; «No os dejéis llamar maestro». El listón se sitúa muy alto en el reino de Dios.

Con todo, fracasamos los tercos, débiles. O quizás somos adultos demasiado sofisticados que terminemos distorsionando el Evangelio para eludir sus exigencias. Pero no nos desesperamos: Dios «es rico en clemencia»; «se acuerda de que somos barro».

Pero dejarnos animar por el que «no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo» es comprometernos no solo a no renegar de nuestras promesas, sino también a ser misericordiosos. Así que en segundo lugar se nos insta: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo». Y nuestra compasión, al igual que la de Jesús, debe extenderse a los excluidos, como María y Rosa.

María no tiene más remedio que tomar píldoras anticonceptivas; ya no comulga. Rosa, que dejó a su marido abusivo, ya lleva 15 años cohabitando con Johnny, un compañero fiel y amoroso; con no poder comulgar, la pareja se une finalmente a la Iglesia Evángelica.

Y en cuanto a personas como Rosa, dice el Papa Francisco que debemos «acogerlas con sus heridas». Hay que «ayudarlas a caminar en la fe y en la verdad, bajo la mirada de Cristo Buen Pastor, para que formen parte apropiadamente de la vida de la Iglesia» (véase también Francis A. Quinn, obispo emérito de Sacramento, California; Vigilia de Oración).

Nuestro desafío es procurar, sí, que Dios reine plenamente en nosotros. Pero como dice san Vicente de Paúl, tenemos que comenzar con nosotros mismos, que nuestra desgracia es que nos preocupamos de hacer que reine en los otros más que en nosotros mismos (SV.ES II:82).

Y vale la pena preguntarnos antes de repartir acusaciones: si Jesús no se avergüenza de llamarnos hermanos a los no siempre fieles, ¿acaso habrá razón para avergonzarnos de los marginados o avergonzarles a ellos cuando celebremos la Eucaristía?

Señor, haz que seamos firmes y suaves a la vez.