Twenty-Seventh Sunday in Ordinary Time, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
Only, we were to be mindful of the poor (Gal. 2:10—NABRE)

To forget Jesus and the children, like Jane, Sam and Esther [1], whom he embraces and blesses, is to forget the beginning also and to miss the opportunity to go beyond the righteousness of the scribes and the Pharisees, and to know the fullness of the law and the prophets. Keeping in mind Jesus and the least of his brothers and sisters, we discover the truth.

The truth is that our Creator has wanted from the beginning that we human beings not separate what he has joined together. It is God’s will that the male and the female complement each other and the two be equal partners who support one another. The one Father of all does not allow those who believe in him to let distinctions lead to division. The one who made our Savior perfect through suffering wants us to be like him in not being ashamed of calling each other brothers.

Knowing this truth will set us free from deceit and ignorance that account for our absenteeism and passivity, suggests José Antonio Pagola [2], and make us incapable of recognizing the hardness of our hearts. Such hard-heartedness has something to do, of course, with covetousness, from which come the worship of financial markets that are diabolical, anonymous, powerful, “impossible to locate, outside the reach of governmental institutions and of political leaders who have lost control of them” [3]. Such idolatry, in turn, gives rise to wars and conflicts, to the break-down and deterioration of families and the consequent neglect of children, to injustice and poverty, to the rape of the earth and the destruction of the environment.

Yes, our being set free from the above-mentioned evils depends on our remaining in the Word, existing in the beginning, made flesh and dwelling among poor and miserable human beings. We will learn from him to be merciful as our Father is merciful. The Father’s compassion that Jesus personifies, to cite Pagola once again, is not fooled by the dictated Pax Romana, a euphemism for imperial brutality, or by the fallacy there is in the individualistic saying, “Every man for himself!” or the distortions of such passages as the one that says, “Render to Caesar what belongs to Caesar and to God what belongs to God.”

Jesus’s compassion grants authority to the poor to evangelize us and to call us to conversion—“God cannot change the world without us changing ourselves”—and to judge us in the end. Christian compassion finds its place among the last and is perturbed and deeply and indignantly troubled in the face of misery, so that it dares to speak the truth to lying and wicked power. Compassion is not content with being merely “works of mercy,” or public assistance; it is also an advocate of political action that aims at rooting out suffering.

And genuine compassion impels us to fight against the forgetting of those who are being left with nothing and, consequently, to do what Jesus wants done in his memory. Those who so worship the Crucified, and are lifted up from the earth with him and the crucified people of today, will draw others to him. As St. Vincent de Paul and Bl. Frédéric Ozanam discovered, the best apologia for Christianity is going to the poor. The defenders of the poor are more convincing than the defenders of dogma.

NOTES:

[1] Cf. http://www.youtube.com/watch?v=3v7ZQUzr0yo (accessed September 30, 2012). On filmmaker Gerry Straub who, I understand, attended briefly St. Joseph’s College, Princeton, see http://www.pbs.org/wnet/religionandethics/week837/profile.html (accessed September 30, 2012).
[2] Cf. http://somos.vicencianos.org/blog/2012/09/no-podeis-servir-a-dios-y-al-dinero/ and http://arratiaeliza.blogspot.com/2012/09/no-podeis-servir-dios-y-al-dinero-jose.html (accessed September 30, 2012).
[3] Ibid.


VERSIÓN ESPAÑOLA

27° Domingo de Tiempo Ordinario, Año B-2012

Sólo que nos acordáramos de los pobres (Gal 2, 10)

Olvidarnos de Jesús y de los niños, como Jane, Sam y Esther, a quienes él abraza y bendice, es olvidarnos también del principio y dejar pasar la oportunidad de ir más allá de la justicia de los escribas y los fariseos y conocer la plenitud de la ley y los profetas. Teniéndoles muy presentes a Jesús y a sus más pequeños hermanos, descubrimos la verdad.

La verdad es que nuestro Creador ha querido desde el principio que los hombres no separemos lo que él ha unido. Es la voluntad de Dios que el varón y la hembra se complementen uno a otro e iguales se ayudan y se apoyan mutuamente. El solo Padre de todos les prohíbe a sus hijos juntar la fe en él con toda distinción que lleve a la división. El que perfeccionó y consagró con sufrimientos a nuestro Salvador quiere que le imitemos en no avergonzarnos de llamarnos hermanos unos a otros.

El conocimiento de esta verdad nos hará libres del engaño y la ignorancia, causas de absentismo y pasividad—como indica el Padre Pagola—e incapaces de reconocer nuestra terquedad. Ésta, por supuesto, algo tiene que ver con la codicia de la que procede el culto de los mercados financieros diabólicos, anónimos, potentes, «imposibles de ubicar, fuera del alcance de las instituciones políticas y de los políticos que han perdido su control». Tal idolatría a su vez da lugar a las guerras y los conflictos, a la fractura y el deterioro de las familias y el abandono resultante de los niños, a la injusticia y la pobreza, al saqueo de la tierra y la destrucción del medio ambiente.

Nuestra liberación de dichas maldades depende, sí, de nuestra permanencia en el Verbo, existente en el principio, hecho carne y acampado entre los pobres y los miserables. De él aprenderemos ser compasivos como nuestro Padre es compasivo. La compasión del Padre que Jesús personifica—por citar una vez más al Padre Pagola—no se deja engañar por la dictada «Paz romana», un eufemismo para la brutalidad imperial, ni por la falacia del dicho individualista de «¡Sálvese quien pueda!», ni por las distorciones de pasajes como el de «Dadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

La compasión de Jesús otorga a los pobres la autoridad de evangelizarnos y de llamarnos a la conversión, —«Dios no puede cambiar el mundo sin que nosotros cambiemos»—, y de juzgarnos al fin. La compasión cristiana encuentra su lugar entre los últimos e indignada se turba y se conmueve profundamente frente a la miseria, de tal manera que se atreve a decirles la verdad a los poderosos mentirosos e inicuos. La compasión no se contenta con ser simplemente «obras de misericordia», o beneficiencia pública; aboga también por la actuación política que erradique el sufrimiento.

Y la compasión auténtica nos impele a luchar contra el olvido de los que se están quedando sin nada y a hacer, por consiguiente, lo que el Señor quiere que hagamos en su memoria. Los que así dan culto al Crucificado, y se elevan con él y los crucificados de hoy, atraen a otros hacia él. Como lo descubrieron san Vicente de Paúl y el beato Federico Ozanam, la mejor apología por el cristianismo es ir a los pobres. Los defensores de los pobres son más convincentes que los defensores del dogma.