Twenty-Second Sunday in Ordinary Time, Year B-2015

From Vincentian Encyclopedia
Religion that is pure and undefiled (Jas 1, 27)

Jesus wants his disciples to be clean of heart in imitation of him.

The Messiah is clean of heart. He surpasses the person who tries to remain clean of heart and intones, “How good God is to those who are pure of heart” (Ps 73). For the latter came close to stumbling for envying the wicked rich.

Jesus, on the other hand, harbors no evil thought whatsoever. Because he pierces the mystery of God, he understands quite well that his good is to make the Lord his refuge. To be near God is enough for him; none besides God delights him on earth.

The God-Sent finds no incentive in wealth; it does not lead to glory. Hence, evils do not come out from within him. The only thing that motivates him is his mission to proclaim the Good News and to cure every disease and illness. In his heart are only thoughts of love that seeks every time the good of the neighbor.

And the Master wants us disciples to be like him. He expects to see in us a clean heart where radically internalized is his self-emptying love. Such love is incompatible with all uncleanness and worldliness.

It is, therefore, not surprising that Jesus radicalizes the law and the prophets with regard to murder, adultery, divorce, oath, the law of talion, and denounces the spoiling of works of charity and piety on the part of those who do everything to show off and to attain their careerist ambitions. Without this radical internalization, our hearts will remain far from God and we will never taste the wisdom and justice of the divine commandments.

And really, what structural changes could lead to true church reform unless they are accompanied by a profound conversion? What sense of mystery that is not magical could our traditions, for example, a way of speaking, a rite, a gesture or an embroidered vestment from “the distant times between the fifth and the eighth century” awaken, if we put them ahead of mercy and justice, if we put more emphasis on our works than on God’s grace?

Moreover, how could we discern the body of Christ, if, basing ourselves on outward appearance, we honor the rich and shame those who have nothing? That we let the poor in our midst go hungry, this will surely indicate lack of faith. Only by the light of faith shall we see, according to St. Vincent de Paul, that the poor who have repulsive outward appearance are the ones that represent to us the Son of God (SV.FR XI:32).

Lord, grant us inner purity that will lead us to see you more clearly.


VERSIÓN ESPAÑOLA

22º Domingo de Tiempo Ordinario B-2015

La religión pura e intachable (Stgo 1, 27)

Jesús quiere que sus discípulos sean, a imitación de él, limpios de corazón.

El Mesías es limpio de corazón. Supera al que procura mantener limpio el corazón y entona: «¡Qué bueno es el Señor para los limpios de corazón!» (Sal 73). Pues, éste por poco da un mal paso por envidiar a los ricos perversos.

Jesús, por su parte, no abriga ningún propósito malo. Porque penetra el misterio de Dios, bien comprende que lo bueno es hacer del Señor su refugio. Le basta con estar junto a Dios; no le importa la tierra.

Para el Enviado de Dios, no es un aliciente la riqueza; ella no lleva a ningún destino glorioso. Por eso, de dentro de su corazón no salen maldades. Lo único que le motiva es su misión de proclamar la Buena Noticia y de sanar toda clase de enfermedades y dolencias. En su corazón solo hay propósitos de amor que desea cada vez el bien al prójimo.

Y quiere el Maestro que los discípulos seamos como él. Espera ver en nosotros un corazón limpio, en el que se interiorizará radicalmente su amor abnegado. Este amor es incompatible con toda inmundicia y toda mundanidad.

Así que no es de extrañar que Jesús radicalice la ley y los profetas con respecto al asesinato, el adulterio, el divorcio, el juramento, el voto, la ley del talión, y denuncie el estropeo de las obras de caridad y piedad de parte de aquellos que hacen todo para lucirse y alcanzar sus ambiciones arribistas. Sin esta interiorización radical, quedará lejos de Dios nuestro corazón y jamás saborearemos la sabiduría y la justicia de los mandamientos divinos.

Y realmente, ¿qué cambios estructurales llevarán a una verdadera reforma eclesiástica no sea que vengan acompañados de una profunda conversión? ¿Qué sentido del misterio que no sea mágico podrá despertar nuestras tradiciones, por ejemplo, una forma de hablar, un rito, un gesto o una vestimenta bordada de «los lejanos tiempos del siglo quinto al octavo», si las anteponemos a la misericordia y la justicia, si acentuamos más nuestras obras que la gracia de Dios?

¿Cómo vamos a discernir, además, el cuerpo de Cristo, si, basándonos solo en las apariencias, honramos a los ricos y avergonzamos a los que nada tienen? Que pasen hambre los pobres en medio de nosotros, esto indicará ciertamente falta de fe. Solo con las luces de la fe veremos, según san Vicente de Paúl, que los pobres con aspecto exterior repulsivo nos representan al Hijo de Dios (SV.ES XI:725).

Señor, concédenos la pureza interior que nos lleve a verte con mayor claridad.