Twenty-Second Sunday in Ordinary Time, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
Let us rid ourselves of every burden and sin that clings to us, ... keeping our eyes fixed on Jesus (1 Heb. 12:1, 2—NABRE)

Eccl. 7:29 may be translated to read: “God made man simple, but the latter complicated his life by resorting to many calculations.”

Part of the complication is the tradition of the elders observed by the Pharisees. We Catholics also have the tradition of ecclesiastical discipline, of moral and canonical provisions, even if we may think that Jesus’ reprimands are addressed to his critics and never to us.

And neither the Pharisees nor the Christians, unwittingly turned Pharisees, are reprimanded on the grounds that their traditions are bad in themselves. In the first place, thanks to tradition, we have the Bible, from which are excluded writings relegated, by the same tradition, to the apocryphal collection. In the second place, the purpose of the traditions is good and reasonable, which is to see to it that God’s statutes and decrees are observed unadulterated and are explained, so that those who keep them are saved and become wise and intelligent by knowing God, being close to him and conforming to his will. Traditions can also be the manifestation of the legitimate development of doctrine, which should not be hindered, according to St. Vincent of Lerins [1]. And given that there is an interplay between what is inside us and what is outside us, it is possible that the external and routine following of traditions may either prevent one’s complete loss of inner values or evoke in one the lost inner values that will replace the evils within that defile a person.

But capable that we human beings are—as St. Vincent de Paul repeatedly warns us [2]—of spoiling everything, we sometimes misuse traditions by disregarding God’s commandment in order to cling to them. This means that what is intended to reveal the authentic face of God and religion conceals it instead. We thus lose sight of Jesus, the initiator of true worship (Jn. 4:23), the fulfillment of the Law and the prophets (Mt. 5:17), our life, our death, our hiding place, our fullness, our model and the rule of the mission, according to St. Vincent the Paul [3]. To exchange Jesus’ pure teaching for glosses that come from convoluted worldly calculations, this is certainly reprehensible and unreasonable. It also an encumberance to our living a holy life, holiness being a solid proof of the power of the Gospel that is lived “without gloss,” to use St. Francis of Assisi’s phrase [4]. It is timely, therefore, that we are reminded of the simplicity of the religion that is pure and undefiled before God and the Father.

To practice such religion is to welcome humbly the word that can save us and to do it. It is to eat the bread and drink of the cup with due discernment of the body of the Lord in the orphans, the widows, the hungry, the thirsty, the strangers, the naked, the sick, the imprisoned.

NOTES:

[1] Cf. the non-biblical reading in the Office of Readings for Friday of the Twenty-Seventh Week in Ordinary Time, Liturgy of the Hours.
[2] P. Coste XI, 271, 273, 343, 346; XII, 106.
[3] Ibid. I, 295; XI 53, 212; XII, 130.
[4] Cf. http://www.mercaba.org/DIESDOMINI/T-O/22B/marco_domingo_22b.htm (accessed August 26, 2012).


VERSIÓN ESPAÑOLA

22° Domingo de Tiempo Ordinario, Año B-2012

Quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, ... fijos los ojos en Jesús (Heb 12,1. 2)

Una traducción de Ecl. 7, 29 dice: «Dios hizo sencillo al hombre, pero éste se complicó con muchas razones».

La tradición de los mayores, guardada por los fariseos, forma parte de las complicaciones. Tradición de disciplina eclesiástica, de disposiciones morales y canónicas, tenemos también los católicos que quizás nos inclinamos a pensar que las reprimendas de Jesús se dirigen sólo a sus críticos y nunca a nosotros.

Y no se les reprende a los fariseos, o a los cristianos hechos fariseos sin darse cuenta, porque son malas por sí sus tradiciones. En primer lugar, gracias a la tradición, tenemos la Biblia que excluye los escritos relegados, por la misma tradición, a la colección apócrifa. En segundo lugar, es bueno y razonable el propósito de las tradiciones, el de procurar que los mandatos y preceptos de Dios se guarden no adulterados y se expliquen, para que los observantes sean salvados y se hagan sabios e inteligentes, conociendo a Dios, acercándose a él y conformándose con lo que él quiere. Las tradiciones pueden manifestar también el progreso legítimo del dogma que, según san Vicente de Lerins, no se debe impedir. Y dado además que lo que está dentro de nosotros y lo que está fuera se influyen uno a otro, es posible que las tradiciones seguidas sólo externamente y por rutina o prevengan la pérdida completa, de parte de uno, de los valores internos, o evoquen en uno los valores internos perdidos que tomarán el lugar de las maldades dentro del corazón humano, las que hacen impuro a uno.

Pero capaces que somos los hombres, como nos advierte repetidamente san Vicente de Paúl, de estropearlo todo, nos servimos mal a veces de las tradiciones por dejar a un lado el mandamiento de Dios para aferrarnos a ellas. Esto quiere decir que lo que tiene por motivo el revelar el genuino rostro de Dios y de la religión lo vela más bien. Así perdemos de vista a Jesús, el iniciador del verdadero culto, el cumplimiento de la ley y los profetas, nuestra vida, nuestra muerte, nuestro escondite, nuestra plenitud, nuestro modelo y la regla de la misión, según san Vicente de Paúl (I, 320; XI, 129, 429). Cambiar la enseñanza pura de Jesús por las glosas que salen de muchas razones mundanas intrincadas, esto sí que es reprensible e irrazonable. Esto nos impide también llevar una vida santa, la cual es prueba sólida del poder del Evangelio vivido sencillamente y «sin glosa», por usar una frase de san Francisco de Asís. A buena hora se nos recuerda, pues, que es sencilla la religión pura e intachable a los ojos del Dios Padre.

Practicar tal religión es aceptar dócilmente la palabra que es capaz de salvarnos y llevarla a la práctica. Es comer el pan y beber de la copa con debido discernimiento del cuerpo del Señor en los huérfanos, las viudas, los hambrientos, los sedientos, los forasteros, los desnudos, los enfermos, los encarcelados.