Twenty-Second Sunday in Ordinary Time, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
Living sacrifice (Rom 12, 1)

Facing and accepting death, Jesus’ takes our place and carries what we human beings, bogged down in our human way of thinking, refuse to carry.

Suffering and death are unavoidable. But we do not like them. Nor does Jesus, though they are avoidable to him, since no one takes his life from him, but rather he lays it down freely.

Jesus shows his displeasure with suffering and death as he relieves the afflictions of the people and raises the dead. Later on, in the face of his imminent death, he will sweat blood. He will pray that the cup be taken away from him, without failing to add, however, “Not my will but yours be done.”

Clearly, Jesus, resisting the headwind that knocks us down human beings, left to our human way of thinking, to our stubbornness of heart and to our own designs, accepts his passion and death in order to be faithful to his mission. He will rather die than betray his mission. He is not about to turn his back on the cloud of witnesses who, for telling and living the truth, suffered martyrdom and thus proved themselves his prophets, from the righteous Abel to John the Baptist. And so, Jesus despises shame and endures the cross.

Needless to say, he does not do so to appease a vindictive God who thirsts for the blood of his opponents or that of their vicar. It is not the Father who makes inevitable his Son’s going to Jerusalem to suffer much and die there; it is rather human beings, because among ourselves, as St. Vincent de Paul observes, “It is very difficult to do any good without conflict (Coste I:81).

We humans, yes, send Jesus to his cruel death, due to our opposition to the truth, justice, and the love that is supportive and compassionate, because we insist on looking out only for our own interests. Jesus is a victim of human selfishness and greed. Yet precisely because he allows himself to be our victim, Jesus saves us, exemplifying that by losing one’s life, one finds and saves it.

And of course, more than anybody else, we who claim to be his disciples are urged to carry our crosses and follow our Teacher. He wants us to be living sacrifices like him and with him, giving our body up and shedding our blood. He seduces us to be the world’s laughingstock, poor, weak, foolish, to put ourselves on collision course with those who do not think as God does.


VERSIÓN ESPAÑOLA

22º Domingo de Tiempo Ordinario A-2014

Hostia viva (Rom 12, 1)

Enfrentando y aceptando la muerte, Jesús hace las veces de los hombres y carga con lo que nosotros, estancados en nuestro modo de pensar humano, rehusamos cargar.

El sufrimiento y la muerte son inevitables. Pero no los queremos. Tampoco le gustan a Jesús, si bien le son evitables, porque nadie le quita la vida, sino que él la entrega libremente.

Jesús muestra su disgusto de ellos al remediar las aflicciones de la gente y al resucitar a los muertos. Más adelante, ante la inminencia de su muerte, sudará sangre. Rezará que el cáliz se aparte de él, aunque sin dejar de añadir: «Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».

Queda claro que Jesús, resistiéndose al viento en contra que nos derriba a los hombres, abandonados a nuestro modo de pensar humano, a nuestro corazón obstinado y a nuestros antojos, acepta su pasión y muerte para ser fiel a su misión. Prefiere ser ejecutado antes que traicionar su misión. No está para darle la espalda a la nube ingente de testigos quienes, por decir y vivir la verdad, sufrieron el martirio, y así se acreditaron profetas de él, del justo Abel hasta Juan Bautista. Así que desprecia Jesús la ignominia y soporta la cruz.

Huelga decir que no lo hace para aplacar a un Dios vengador que tiene sed de la sangre de sus oponentes o la del vicario de ellos. No es el Padre quien hace necesario que el hijo vaya a Jerusalén a padecer mucho y morir allí, sino los hombres, que entre nosotros, como observa san Vicente de Paúl, «es muy difícil hacer algún bien sin contrariedades» (I:143).

Los hombres, sí, le mandamos a Jesús a su muerte cruel, a causa de nuestra oposición a la verdad, la justicia, al amor solidario y compasivo, por insistir en encerrarnos en nuestros intereses. Jesús es víctima del egoísmo humano, de la codicia. Pero precisamente por dejarse ser víctima nuestra, Jesús nos salva, ejemplificando que por perder la vida, uno la encuentra y la salva.

Y a los que pretendemos ser discípulos, a nosotros, más que a nadie, se nos exhorta, desde luego, a cargar con nuestra cruz y seguirle al Maestro. Nos quiere hostias vivas como él y con él, entregando nuestro cuerpo y derramando nuestra sangre. Nos seduce a ser el hazmerreír del mundo, pobres, débiles, necios, a situarnos libremente en un curso de colisión con los que no piensan como Dios.