Twenty-Second Sunday in Ordinary Time, Year A-2011

From Vincentian Encyclopedia
We who live are constantly being given up to death for the sake of Jesus, so that the life of Jesus may be manifested in our mortal flesh (2 Cor. 4:11—NABRE)

Every now and then I hear one person or another lament or grumble, “Life is not fair.” From the point of view of human logic, is such a complaint wholly devoid of truth?

What reason is there that those who, like Abel, do well are murdered in cold blood while those who do evil survive like Cain? Does it make sense that so many innocent children endure oppression, hunger or sexual abuse at the same time that the Herods of this world who are responsible for such barbarity enjoy, along with their children, a very comfortable and pleasurable life of abundance? Is it fair that millions of young people can take part in a pilgrimage—it does not matter whether it is Jewish, Christian or Muslim—while Somali youths lack, through no fault of their own, the resources to meet their basic needs? Is there any valid explanation for religious persecutions, for the excesses of the Inquisition, for concentration or internment camps, for the incarceration or the execution of wrongly convicted innocent individuals? What reasoning will make understandable the reality that righteous people also perish in war, that good people are confined in hospitals, in asylums for the insane, the aged or the orphans, that they are not all wicked those forced by life’s inevitable circumstances to live in slums, the poorest and most notorious city districts of third-world countries?

Since the anguish or agony expressed in the questions posed above is more a matter of feeling than of the intellect, logical arguments are of little help. Moreover, human reason alone cannot make sense of our experiences of evil and suffering, of injustice and death. Intelligent words may move, but better is the example, which compels.

And it is for this reason that one should point to Jesus, and him crucified, as example (1 Cor. 1:23; 2:2). He did not only teach, “Whoever wishes to come after me must deny himself, take up his cross, and follow me”; his life and death served as an embodied illustration of his teaching. The Teacher emptied himself, took the form of a slave and humbled himself so as to be obedient to death, even death on a cross (Phil. 2:7-8). Fulfilling what he came for, he served others and gave his life as a ransom for many (Mt. 20:28).

Jesus’ example is the unequivocal revelation that the things we human beings customarily take to be important, without which we believe life is rendered unfair, are so scandalously different from the things he or God considers important. We are bent on saving our life at all cost, on gaining the whole world if it were possible, on receiving, on filling, enriching and asserting ourselves, on being first, on making sure we are served. Jesus, for his part, commits himself to the opposite of all this. Seeing him so and hearing him, our whole being shrinks and we are horrified like the apostle Peter. But Jesus does not give in the least bit and insists on what is his or God’s, underscoring its supreme importance by calling us “Satan.” Our Lord does not conform himself to this age. He presents himself paradoxically as the derision and reproach that count as glory, as the foolishness that is wisdom, the curse, say, of poverty that is a blessing, the laughingstock that astonishes (cf. Is. 52:13-14), as the seductive obedience that brings relief and gives free reign to the word.

Jesus offers himself too as a living sacrifice, holy and pleasing to God. In this, of course, he continues to represent the idea that is foreign and opposed to the common opinion or sense of the people, since the wholeness of the loaf or of the body supposes the breaking of the same. Remembrance entails dismemberment.

No, life is not fair. But death is, and it justifies and gives new life to those who are united to Jesus through a death like his (Rom. 6:4-5). To be or not to be is, of course, the question. Are we Christians or are we not? Or as St. Vincent de Paul would perhaps pose it [1], do we empty ourselves in order to put on Jesus Christ? It behooves us to know if we ooze the deadly poison of triumphalism or the life-giving ointment of service.


NOTE:

[4] P. Coste IX, 343.


VERSIÓN ESPAÑOLA

22° Domingo del Tiempo Ordinario, Año A-2011

A nosotros, los que vivimos, constantemente se nos entrega a la muerte por causa de Jesús, para que también su vida se manifieste en nuestro cuerpo mortal (2 Cor. 4, 11)

De vez en cuando oigo a una que otra persona lamentar o murmurar: «La vida no es justa». Desde el punto de vista de la lógica humana, ¿acaso tal queja carece de verdad del todo?

¿Qué razón dar realmente de que a los que hacen lo bueno, como Abel, se les matan a sangre fría y, por otro lado, sobreviven los que hacen lo malo, como Caín? ¿Acaso tiene sentido que sufran, o de opresión o de hambre o de abuso sexual, tantos niños inocentes al mismo tiempo que los Herodes responsables de tantas barbaridades y sus hijos gozan de una vida comodísima y muy placentera de abundancia? ¿Es justo que puedan participar millones de jóvenes a una peregrinación santa y divertida—sin que importe si sea judía, cristiana o musulmana—mientras a jóvenes somalíes, por ninguna culpa suya, les faltan recursos suficientes para sus necesidades básicas? ¿Qué explicación que valga hay de las persecuciones religiosas, de los excesos inquisitoriales, de los campos de concentración o internamiento, del encarcelamiento o la ejecución de inocentes equivocadamente convictos de crimen? ¿Qué raciocinios harán comprensible la realidad de que en las guerras perecen también los justos, de que tanto a los buenos se les confina en los hospitales, los manicomios, los asilos para ancianos, los hospicios para huérfanos, de que no son todos malos los forzados por las circunstancias inevitables de la vida a vivir en las chabolas o en los denominados «barrios chinos» de los países más pobres del tercer mundo?

Como la angustia o la agonía que se expresa en las preguntas arriba planteadas es cuestión más del sentimiento que del intelecto, muy poco sirven los argumentos lógicos. La razón humana sola, además, no es capaz de comprender el sentido de las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte. Las palabras inteligentes quizás conmuevan, pero mejor será el ejemplo, pues, éste arrastra.

Y es por eso que a Jesús, y éste crucificado, como ejemplo, se ha de apuntar (cf. 1 Cor. 1, 23; 2, 2). No sólo enseñó: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga», sino que su vida y su muerte sirvieron de ilustración encarnada de dicha enseñanza. El Maestro se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo y se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz (Fil. 2, 7-8). Cumpliendo el propósito de su venida, sirvió a los demás y dio su vida en rescate por muchos (Mt. 20, 28).

Este ejemplo de Jesús es la revelación inequívoca de que las cosas que los hombres tomamos de costumbre por importantes, sin las cuales creemos que la vida nos resultará no justa, son escandalosamente muy diferentes de las que él o Dios considera como importantes. Nos empeñamos en salvar la vida a toda costa, en ganar el mundo entero si fuera posible, en recibir, en llenarnos, en enriquecernos, en hacer valer nuestros derechos, en ser los primeros, en procurar que a nosotros se nos sirva. Jesús, por su parte, se entrega al contrario de todo esto. Viéndole así y oyéndole, todo nuestro ser se nos encoge y nos horrorizamos como el apóstol Pedro. Pero Jesús no cede ni un poquito e insiste en lo suyo o en lo de Dios, resaltando la suma importancia de ello por llamarnos «Satanás». Nuestro Señor no se ajusta a este mundo. Se presenta de modo paradójico como el oprobio y el desprecio que cuentan como gloria, como la locura que es sabiduría, como la maldición de la pobreza, por ejemplo, que es bendición, como el hazmerreir que asombra (cf. Is. 52, 13-14), como la obediencia seductora que trae alivio y da rienda suelta a la palabra.

Y Jesús se ofrece como hostia viva, santa, agradable a Dios. En esto, claro, no deja él de representar una idea extraña y opuesta a la opinión o al sentir común de la gente, ya que lo íntegro que es el pan o el cuerpo supone la fracción del mismo. Remembrar quiere decir ser desmembrado.

La vida no es justa, no. Pero la muerte sí, y les justifica y da vida nueva a cuantos se unen con Jesús en su muerte (Rom. 6, 4-5). Ahora bien, ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Somos cristianos o no somos? O como a lo mejor la plantearía san Vicente de Paúl la pregunta (XI, 236), ¿nos vaciamos de nosotros mismos para revestirnos de Jesucristo? Nos corresponde saber si destilamos el veneno mortífero del triunfalismo o el ungüento vivificador del servicio.