Twenty-Ninth Sunday in Ordinary Time, Year A-2011

From Vincentian Encyclopedia
You belong to Christ, and Christ to God (1 Cor. 3:23—NABRE)

Today’s gospel reading makes clear that those sent by the Pharisees and their strange bedfellows, the Herodians, cannot care less about Jesus’ opinion. There they are simply to entrap Jesus by way of a moral question, which gives itself away as dishonest since it comes accompanied by flattery. They seek only a yes or no answer and are certain they have Jesus cornered. It does not matter which answer he gives: if he answers yes, he will appear to be an enemy of the people and a collaborator of the foreign imperial regime; and if no is his answer, he can be accused of subversion.

But neither their flattery nor their trap does Jesus’ opponents any good. Flattery has no effect on Jesus. Clearly, he is not anything like those who make use of it, ill-deemers because they are ill-doers. And the Teacher unmasks likewise the evil intention and the hypocrisy of the inquisitors who fall into the pit they dig and are caught in the snare they hide (cf. Ps. 9:16).

It is because they bring him, without any difficulty, a denarius that bears Caesar’s image and has the inscription that proclaims the Roman emperor divine and the supreme pontiff. This goes to show they are hypocrites indeed, since by having in their possession the coin that pays the tax, and by making use of it, they are, in effect, acknowledging their conformity to the demands of the occupying power and signifying that they no longer find troublesome compromising thus the Law of Moses. Insofar as they have drawn close to the pagan culture of Rome, they really have no choice but to give back to Caesar what belongs to Caesar.

But the same logic that recognizes Caesar’s ownership of the things that bear his image also requires that to God be given ownership of all human beings, all of them—male and female—created in his image and subsequently appointed stewards of other created things (Gen. 1:26-28) [1]. This divine sovereignty over all of us, including the powerful like the Persian King Cyrus, for example, surpasses whatever sovereignty or ownership that may belong to us human beings. Thus, in accordance with the teaching of the Catechism of the Catholic Church, based on the sayings, “Render therefore to Caesar the things that are Caesar’s, and to God the things that are God’s” and “We must obey God rather than men” (Acts 5:29), citizens are “obliged in conscience not to follow the directives of civil authorities when they are contrary to the demands of the moral order, to the fundamental rights of persons or the teachings of the Gospel” [2]. This is to say simply that our reason for being is to reflect God above, and more than, everybody else.

And we Christians live up, of course, to our reason for being to the extent that we reflect Christ, the image of the invisible God, the firstborn of all creation (Col. 1:15). But do we not serve more as mirrors to Jesus’ adversaries, becoming an approximation of the Pharisees, the scribes, the chief priests, the elders of the people, or the pagan Romans, in their manner of thinking, speaking, living, dressing, behaving and ruling and being the furthest from the least who surely, though not clearly, makes Jesus present? Are we not more comfortable, for example, with vocabularies that are proper to the sacred priesthood of Roman Antiquity, which connote positions of power or preeminent ranks, than with New Testament words that indicate offices of service? When the Son of Man comes, will he recognize us? May we never be told ever, after doing perhaps so many wonderful deeds, “I never knew you,” or “Amen, I say to you, I do not know you” (Mt. 7:22-23; 25:12).

There is reason, therefore, that we are instructed to work out our salvation with fear and trembling and to be blameless and innocent in the midst of a crooked, perverse and greedy generation (Phil. 2:12-15). And it is not that the Church is not indefectible, for surely the gates of hell shall not prevail against it (Mt. 16:18). Just as God has not rejected his people Israel but rather has left a remnant, chosen by grace (Rom. 11:1-5), so the Church will not fail. But are we going to be counted among the chosen few?

Included in the Christian remnant will only be those who are not their own (cf. 1 Cor. 6:19), those who, belonging to God and not to themselves—to make use of the thinking of St. Vincent de Paul—accept all God-given works and are aware that, if God adds to their work, he will also add to their strength [3]. These show themselves chosen by God, yes, by their work of faith, their labor of love, and their endurance in hope of Jesus Christ, their Lord. They belong to the Body that is given up for them at the celebration of the Eucharist.

NOTES:

[1] D. Hamm, S.J., “Dodging Faith’s Call,” America (March 27, 2006).

[2] No. 2242.

[3] P. Coste XII, 93.


VERSIÓN ESPAÑOLA

29° Domingo del Tiempo Ordinario, Año A-2011

Vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios (1 Cor. 3, 23)

El evangelio de hoy deja bien claro que a los enviados por los fariseos y a sus compañeros extraños, los herodianos, no les importa ni un comino qué opinión tenga Jesús. Allí están simplemente para tenderle una trampa en forma de una pregunta moral que se nota deshonesta por el halago que la acompaña. Buscan sólo la respuesta de sí o no y están seguros de que a Jesús le tienen acorralado. Por sí o por no, igual les dará: si Jesús contesta sí, él se va a manifestar como enemigo del pueblo y colaboracionista del régimen imperialista extranjero; y si dice no, acusable será de filibusterismo antirromano.

Pero no les sirve a los oponentes de Jesús ni el halago ni la trampa. Él no se deja llevar por el halago. Nada se parece Jesús, claro, a aquellos que lo usan que piensan, como el ladrón, que todos son de su condición. Y asimismo desenmascara el Maestro la mala intención y la hipocresía de los inquisidores, los cuales caen en su propia trampa y se atrapan en la red que tienden (cf. Sal. 9, 16).

Es que sin ninguna dificultad le traen un denario cuya cara es la imagen del César y que tiene la inscripción que le proclama divino y pontífice máximo al emperador romano. Esto quiere decir que realmente son hipócritas ellos, pues, por poseer la moneda del impuesto y servirse de ella, reconocen efectivamente que se han avenido a las exigencias del poder ocupante y no tienen ya ningún incoveniente en comprometer de esa forma la Ley de Moisés. En la medida en que ya se han aproximado a la cultura pagana de Roma, no tienen ninguna otra opción sino la de darle al César lo que es suyo.

Pero la misma lógica que reconoce el dominio del César sobre las cosas que llevan su imagen también requiere que se le dé a Dios el dominio sobre los hombres, creados todos—varones y hembras—a la imagen de Dios y constituidos a continuacion como administradores de otras cosas creadas (Gen. 1, 26-28). Este dominio divino sobre todos nosotros, incluyendo a los potentes como el rey persa Ciro, por ejemplo, es total y sobrepasa todo dominio que a los hombres nos corresponda. De acuerdo, pues, con la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica (no. 2242), basada en las máximas: «Dadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» y «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch. 5, 29), los ciudadanos tenemos «obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio». Esto es decir sencillamente que nuestra razón de ser es el reflejar a nuestro Creador sobre todo y más que a nadie.

Y, desde luego, los cristianos vivimos de acuerdo con nuestra razón de ser si reflejamos a Cristo Jesús, la imagen del Dios invisible, primogénito de toda creación (Col. 1, 15). Pero, ¿acaso no hacemos de espejo más bien de los adversarios de Jesús, aproximándonos a los fariseos, los escribas, los sumos sacerdotes, los ancianos del pueblo, o los paganos romanos, en su manera de pensar, hablar, vivir, vestir, actuar, dominar, y apartándonos de los más pequeños que representan ciertamente, aunque no claramente, a Jesús? ¿No estamos a gusto, por ejemplo, con usar los vocablos propios del sacerdocio sagrado de la Antigüedad romana, los cuales conotan puestos de honor o rangos preeminentes, más que las palabras del Nuevo Testamento que indican oficios de servicio? Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿nos reconocerá? Después de tantas obras maravillosas que quizás hayamos hecho, ojalá no se nos diga jamás: «Nunca os he conocido» o «Os lo aseguro: no os conozco» (Mt. 7, 22-23; 25, 12).

Así que con razón se nos aconseja que nos ocupemos en nuestra salvación con temor y temblor, y que seamos intachables y puros en medio de una generación torcida, depravada y codiciosa (Fil. 2, 12-15). Y no es que la Iglesia no sea indefectible, pues el poder del infierno ciertamente no la derrotará (Mt. 16, 18). Así como Dios no ha desechado a su pueblo Israel sino que ha apartado un remanente escogido por gracia (Rom. 11, 1-5), tampoco permitirá que deje de ser la Iglesia. Pero, ¿se nos contará a nosotros entre los pocos escogidos?

Solamente se incluyen en el remanente cristiano los que prueban de verdad que no son sus propios dueños (1 Cor. 6, 19), los que, siendo para Dios y no para ellos mismos—por servirme del pensar de san Vicente de Paúl—aceptan cualquier trabajo que Dios les dé y se dan cuenta de que si Dios aumenta su trabajo, él también aumenta sus fuerzas (XI, 398). Éstos se muestran elegidos por Dios sí por medio de la actividad de su fe, el esfuerzo de su amor y el aguante de su esperanza en Jesucristo, su Señor. Son del Cuerpo que se entrega por ellos en la Eucaristía.