Twenty-Fourth Sunday in Ordinary Time, Year C-2019

From Vincentian Encyclopedia
Mercy That We Find Hard to Understand

Jesus Christ is the incarnation and personification of divine mercy (DM 2). Dwelling among us, he hopes that God’s mercy will rub on us human beings.

Sinners draw near to listen to Jesus. He welcomes them, and he even eats with them, which bothers the Pharisees and scribes. Mercy is not their strength, though it is one of the weightier things (Mt 23, 23). They see sinners as lost causes.

But Jesus does not give up on anybody. He holds out hope even for those who complain against him. So, he addresses to them three parables about mercy.

The Teacher asks a rhetorical question in both the first and second parable. He suggests that those who serve God, without disobeying any of his orders, can come to understand mercy. They only have to imagine themselves the owners of the missing sheep or coin. Surely, owners spare no effort to find what they have lost.

And those who find bothersome Jesus’ behavior will understand even more if they put themselves in the shoes of the very good father. He welcomes the wayward son without chiding him. He tenderly takes him back not as a son, not as a hired worker. He holds a feast because the dead has come to life again, the lost is found.

Undoubtedly, God owns the world and all its peoples. He is also a providing father (Ps 24). That is why he brings forth bread from the earth, so that his children may have their fill, and wine to cheer their hearts (Ps 104). And because he sees that all he has made is good, he makes sure that they stay so.

Rightly, then, does the sinner’s death not please him (Ez 18, 23; 33, 11). He keeps relenting in his threats of punishment and treating sinners mercifully. And such great mercy is due to his being God, not man (Hos 11, 9).

So then, mercy is God’s essential trait (SV.EN XI:328).

Lord Jesus, make God's mercy rub on us, the mercy we can see and touch in you and through you, through your deeds and words (DM 2). And, finally, through your death on the cross and your resurrection. Seat us sinners at your table, repentant and at peace, through you, with the Father and with one another.


15 September 2019

24th Sunday in O.T. (C)

Ex 32, 7-11. 13-14; 1 Tim 1, 12-17; Lk 15, 1-32


VERSIÓN ESPAÑOLA

Misericordia que nos cuesta entender

Jesuscristo es la encarnación y la personificación de la misericordia divina (DM 2). Habitando entre nosotros, él espera contagiarnos la misericordia de Dios.

Se acercan a Jesús los pecadores a escucharlo. Y los acoge e incluso come con ellos, lo que molesta a los fariseos y los escribas. Estos observantes descuidan la misericordia, aunque ella forma parte de lo más importante (Mt 23, 23). Dan ellos por perdidos a los pecadores.

Jesús, en cambio, no da por perdido a nadie. Abriga esperanzas siquiera para los que murmuran contra él. Por eso, les dice tres parábolas sobre la misericordia.

Hace el Maestro una pregunta retórica tanto en la primera como en la segunda parábola. Así indica que pueden lograr entender la misericodria quienes sirven a Dios, sin desobedecer nunca una orden suya. Solo necesitan imaginarse dueños de una oveja o moneda perdida. Los dueños seguramente buscan sin cejar hasta encontrar lo que han perdido.

Entenderán aún más quienes critican el comportamiento de Jesús si pueden ponerse en el lugar del padre sobremanera bueno. El padre acoge sin recriminación al hijo pródigo. Y lo recibe con ternura como hijo, no como jornalero. Celebra además un banquete, porque el muerto revive y es encontrado el perdido.

Indudablemente, Dios es dueño del orbe y de todos sus habitantes (Sal 24). Es Padre providente también. Por eso, saca pan de los campos para saciar a sus hijos e hijas, y vino para alegrarles el corazón (Sal 104). Y como ve que es muy bueno todo lo que ha hecho, asegura que todo se mantenga así.

Con razón, pues, Dios no se complace en la muerte del pecador (Ez 18, 23; 33, 11). Va arrepitiéndose de las amenazas contra los pecadores y compadeciéndose de ellos.

Y tal gran misericordia se debe a que él es Dios, no un hombre (Os 11, 9). Así que lo propio de Dios, sí, es la misericordia (SV.ES XI:253).

Señor Jesús, contágianos la Misericordia de Dios, la que se nos hace visible y palpable en ti y por ti, a través de tus acciones y palabras (DM 2). Y mediante, finalmente, tu muerte en la cruz y tu resurrección. Haznos a los pecadores sentar en tu mesa, arrepentidos y reconciliados, por ti, con el Padre y unos con otros.


15 Septiembre 2019

24º Domingo de T.O. (C)

Éx 32, 7-11. 13-14; 1 Tim 1, 12-17; Lc 15, 1-32