Twenty-Fourth Sunday in Ordinary Time, Year C-2016

From Vincentian Encyclopedia
Sinners we human beings all are

Jesus is one with us sinners. Just like his Father, he takes no pleasure in our death, but rather in our conversion, that we may live.

Jesus is concerned about sinners, which shocks the Pharisees and the scribes. They complain, “This man welcomes sinners and eats with them.”

Jesus does not deny he is friends of sinners. He defends himself, however, using examples from human experience.

First, he indicates that only those who do not know a sheep-owner’s concern for every sheep find welcoming sinners questionable. In the same vein, those who do not understand the happiness of a woman who has just found a lost coin consider eating with sinners problematic. In contrast, those who know God’s concern for his children find welcoming sinners natural and understandable.

Secondly, Jesus suggests that it will be hard to know him as a kind brother if we think we are deserving of God’s grace. And it is easy to come to the belief that God owes us something because of our strict observance of the commandments.

That is how the elder son thinks. He expects something more from his father for his years of obedient service. He is the one who deserves a banquet, and not the one who has wasted patrimonial assets. According to this thinking, there are the deserving and the undeserving. In effect, then, one fosters division.

But if truth be told, grace is not due to us. Did we deserve it because of our works, then grace would not be grace. God even lavishes his grace on blasphemers. And the new Moses dismisses the promise, “I will make you a great nation,” which perhaps is the reason why St. Vincent de Paul says, “It is not enough for me to love God if my neighbor does not love him” (SV.EN XII:215). And one more thing—if we deserve anything, it is the punishment that comes with our sins.

In need of a savior

God watches us and sees that we all stray, depraved, everyone. There is not a good man left, not even one. And the fuller and more acute our awareness of the human condition of sin and death, the more prompt and resolute our proclamation, “Thanks be to God through Jesus Christ our Lord.” The more conscious we are, as St. Vincent, of our absolute poverty and complete unrighteousness before God, with greater readiness we will abandon ourselves to divine mercy (cf. SV.EN III:143).

We address to Jesus Christ the acclamation, “You alone are the holy One!” Hence, he alone can save us. Moreover, he is within our reach, since his tent is in the same camp as our tents. He calls us to conversion and new life. He eagerly longs that we partake of his banquet, sign and seal of the New Covenant.

Lord Jesus, grant that we reflect your mercy by welcoming sinners.


September 11, 2016

24th Sunday in O.T. (C)

Ex 32, 7-11. 13-14; 1 Tim 1, 12-17; Lk 15, 1-32


VERSIÓN ESPAÑOLA

Pecadores somos todos los hombres

Jesús se mantiene solidario con nosotros pecadores. No se complace, al igual que su Padre, en nuestra muerte, sino en que nos convirtamos y vivamos. Se desvive Jesús por los pecadores, lo que provoca escándalo de parte de los fariseos y los escribas. Murmuran entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús no niega que es amigo de los pecadores. Pero se defiende, usando ejemplos de la experiencia humana.

Primero, indica que acoger a los pecadores les resulta cuestionable solo a quienes desconocen la preocupación de un dueño de ovejas por cada oveja suya. De igual manera, los que no entienden la alegría de una dueña de monedas, al hallar una moneda perdida, toman por problemático comer con los pecadores. En cambio, quienes conocen la solicitud de Dios por sus hijos consideran natural y comprensible que uno acoja a los pecadores.

En segundo lugar, da a entender Jesús que difícilmente podemos conocerlo como hermano bondadoso si nos creemos merecedores de la gracia de Dios. Y fácilmente podemos llegar a pensar que Dios nos debe algo debido a nuestra observancia estricta de los mandamientos.

Así piensa el hijo mayor. Algo más espera de su padre, porque se lo merece por tantos años de servicio obediente. Él se merece un banquete, y no aquel que ha despilfarrado bienes patrimoniales. Según este pensar, hay merecedores y no merecedores. Efectivamente, pues, queda promovida la división.

Pero a decir la verdad, la gracia no se debe a nosotros. Si la mereciéramos por nuestras obras, entonces la gracia ya no sería gracia. Dios derrocha su gracia incluso en los blasfemos. Y el nuevo Moisés no hace caso de la promesa: «De ti haré un gran pueblo», lo que quizás da razón a san Vicente de Paúl para decir: «No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo» (SV.ES XI:553). Y una cosa más: si algo merecemos, será el castigo que conllevan nuestros pecados.

En necesidad de un salvador

Dios nos observa y ve que todos extraviamos igualmente obstinados. No hay quien obre bien, ni uno solo. Y más plena y profunda nuestra consciencia de la condición humana de pecado y muerte, más pronta y resuelta nuestra proclamación: «¡Gracias a Dios por Jesucristo Señor nuestro!». Más conscientes somos, como san Vicente, de nuestra pobreza absoluta e injusticia completa ante Dios, con mayor disposición nos abandonaremos a la misericordia divina (cf. SV.ES III:234).

A Jesucristo dirigimos la aclamación: «¡Tú solo eres santo!» Por eso, solo él nos puede salvar. Y él está a nuestro alcance, ya que acampa entre nosotros. Nos llama a la conversión y la vida nueva. Desea enormemente que participemos de su banquete, señal y sello de la Nueva Alianza.

Señor Jesús, concédenos reflejar tu misericordia acogiendo a los pecadores.


11 de septiembre de 2016

24º Domingo de T.O. (C)

Ex 32, 7-11. 13-14; 1 Tim 1, 12-17; Lc 15, 1-32