Twenty-Fourth Sunday in Ordinary Time, Year B-2015

From Vincentian Encyclopedia
I will demonstrate my faith to you from my works (Jas 2, 18)

In Jesus, the Suffering Servant, God’s invisible and pure love becomes visible and exposes itself to the corruptibility of the flesh.

No one has ever seen God; the only Son is the one who makes him known. Hence, God’s love is revealed in Jesus’ love.

Jesus loves in word and deed. He shows his love by teaching calmly and leisurely those who are like sheep without a shepherd. His teaching has the authority that is missing in those who preach but do not practice as well as the radicalism that is necessary so that one may fulfill perfectly the law and the prophets and go beyond self-righteousness.

For love of the sheep, the Good Shepherd makes them recline on green pasture so that they may eat and have their fill. He looks for them when they stray. He cures every disease and illness, and eats with tax collectors and sinners, for he has come precisely for the sick and the sinners. He is not afraid to get dirty.

The specter of death does not make Jesus turn back, notwithstanding his feeling distressed and troubled. The opposition on the part of the elders, the chief priests and the scribes, who are bent on maintaining the status quo, does not stop him from continuing to welcome the excluded, to announce God’s love to the least, to offer forgiveness and salvation to sinners (José Antonio Pagola).

Finally, the one who has become sin and a curse for us is utterly spent for the sake of the hapless. He loves us to death, and thus becomes exactly like the abandoned who have nothing but their complete trust in God.

Needless to say, the love of God, proven very clearly in the Suffering Servant’s love, impels us to love as the latter has loved us, to go to the outskirts, to be shepherds who smell like sheep. Our love cannot stop at good wishes or lofty thoughts; it has to bear much fruit, as St. Vincent de Paul indicates (SV.FR XI:40). Abundant fruit shows our faith and our confession of Jesus as the Christ to be alive and authentic.

It will not be enough for us either to memorialize Christ’s self-emptying love in the Eucharist, if we do not avail of every opportunity to help the poor in every way (SV.FR XII:87-88). And if we really have Bl. Frédéric Ozanam’s desire “to embrace the world in a network of charity,” would it bother us that the government provides social safety net to the helpless?

Lord, give us the grace to love in deed and truth.


VERSIÓN ESPAÑOLA

24º Domingo de Tiempo Ordinario B-2015

Por las obras, te probaré mi fe (Stgo 2, 18)

En Jesús, el Siervo Sufriente, se hace visible y se expone a la corruptibilidad de la carne el amor invisible y puro de Dios.

A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único es quien lo da a conocer. De ahí que el amor de Dios se descubra en el amor de Jesús.

Jesús ama de palabra y de obra. Demuestra su amor enseñando calma y detenidamente a los que son como ovejas sin pastor. Su enseñanza tiene tanto la autoridad que les falta a los que no hacen lo que dicen como la radicalidad necesaria para que se cumplan plenamente la ley y los profetas y se supere la justicia farisaica.

Por amor a las ovejas, el Buen Pastor las hace recostar además en verdes prados para que ellas se alimenten hasta saciarse. Las busca cuando se descarrían. Sana toda clase de enfermedades y dolencias, y come con publicanos y pecadores, pues, ha venido precisamente por los enfermos y los pecadores. No tiene miedo de ensuciarse.

Ni se echa atrás Jesús ante el espectro de la muerte, no obstante sus sentimientos de terror y angustia. La oposición de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, empeñados en mantener el statu quo, no le impide a seguir acogiendo a los excluidos, anunciando el amor de Dios a los últimos, ofreciendo perdón y salvación a los pecadores (José Antonio Pagola).

Finalmente, se desgasta todo entero por los desgraciados el que por nosotros se ha hecho pecado y maldición. Nos ama hasta la muerte, y así se hace exactamente como los desamparados que no tienen nada más que su confianza total en Dios.

Demás está decir que el amor de Dios, demostrado muy claramente en el amor del Siervo Sufriente, nos apremia a amar como éste nos ha amado, a salir a las periferias, a ser pastores con olor a oveja. Nuestro amor no puede detenerse en buenos deseos o grandes sentimientos; tiene que dar mucho fruto, como indica san Vicente de Paúl (SV.ES XI:733). Por tal fruto abundante se muestran vivas y auténticas la fe y la confesión de Jesús como el Mesías.

No nos bastará tampoco con conmemorar el amor abnegado de Cristo en la Eucaristía si no aprovechamos toda oportunidad de asistir a los pobres de todas las maneras (SV.ES XI:393). Y si realmente tenemos el deseo del beato Federico Ozanam de «abrazar al mundo en una red de caridad», ¿acaso nos molestará que el gobierno propocione la red de seguridad social a los desvalidos?

Danos, Señor, la gracia de amar con obras y según la verdad.