Twenty-Fourth Sunday in Ordinary Time, Year A-2017

From Vincentian Encyclopedia
Forgive as our heavenly Father forgives

Jesus calls us to repentance and forgiveness. And we heed his call in so far as we are ready to forgive our brothers and sisters.

The Gospel teaches that we are to avoid those who refuse to listen even to the community. But the teaching is no reason not to forgive those who sin against us.

That is because highlighted immediately thereafter is the importance of forgiveness. We must forgive not only seven times but seventy times seven. In that way, too, Lamech’s seventy-sevenfold revenge meets its exact opposite.

To avenge oneself the way of Lamech means, in effect, unlimited revenge. It is clear, then, that we must likewise forgive without any limit those who sin against us. And we know nothing really of the prodigal Lord’s healing forgiveness unless we are willing to forgive our kin.

In other words, those receiving forgiveness and getting right with God are so joyful they leave without nourishing any anger. The Lord’s forgiveness gives them a new lease on life; they feel raised up and wholly belonging to him. They, then, cannot but forgive spontaneously and show tender compassion to others. Lack of magnanimity puts into question the authenticity of repentance and forgiveness.

And those who feign repentance and forgiveness will have to account for their insincerity. Perhaps one may say that it is their business if they like to lie and ruin themselves. But the thing is that, because of them, those who do not believe revile the name of the Lord. Insincere believers conceal rather than reveal the authentic face of God, whose distinctive feature is mercy (SV.EN XI:328).

Lord Jesus, teach us to forgive. And turn us into leaven of unity and peace in our communities. Reconciled with one another, may we bring you pleasing offering.


17 September 2017

24th Sunday in O.T. (A)

Sir 27, 30 – 28, 7; Rom 14, 7-9; Mt 18, 21-35


VERSIÓN ESPAÑOLA

Perdonar como perdona nuestro Padre celestial

Jesús nos llama a la conversión y el perdón. Y permanecemos atentos a su llamamiento en la medida en que estamos listos para perdonar a nuestros hermanos.

Enseña el Evangelio que no hemos de relacionarnos con los que rehúsan hacer caso incluso a la comunidad. Pero la enseñanza no es razón para no perdonar a los que nos ofenden.

Es que se nos resalta inmediatamente la importancia del perdón. No solo hay que perdonar hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Así se le opone exactamente además a la venganza hasta setenta veces siete de Lamec.

Vengarse de manera de Lamec quiere decir, efectivamente, vengarse sin límite. Queda claro, pues, que sin límite asimismo hemos de perdonar a cuantos nos ofenden. Y realmente nada sabemos del perdón saludable del Señor pródigo no sea que estemos dispuestos a perdonar a nuestros hermanos.

En otras palabras, llenos de alegría, los perdonados y puestos a bien con Dios no salen guardando algún rencor. El perdón del Señor les infunden nueva vida; se sienten resucitados, siendo ellos solo de él. No pueden, pues sino perdonar espontáneamente y abrir las entrañas a los demás. Ausente esta magnanimidad, se pone en duda la autenticidad de la conversión y el perdón.

Y a quienes fingen la conversión y el perdón se les tomará estrecha cuenta de su insinceridad. Quizá se diga que allá ellos si les gusta mentir y arruinarse. Pero por su causa, mientras tanto, resulta blasfemado el nombre del Señor entre los no creyentes. Los creyentes insinceros velan más que revelan el genuino rostro de Dios, lo propio del cual es la misericordia (SV.ES XI:253).

Señor Jesús, enséñanos a perdonar. Y haz que seamos fermento de unidad y de paz en nuestras comunidades. Que reconciliados unos con otros te pesentemos ofrenda grata.


17 Septiembre 2017

24º Domingo de T.O. (A)

Eclo 27, 30 – 28, 7; Rom 14, 7-9; Mt 18, 21-35