Twenty-Fourth Sunday in Ordinary Time, Year A-2011

From Vincentian Encyclopedia
As the Lord has forgiven you, so must you also do (Col. 3:13—NABRE)

Proclaims Lamech: “If Cain is avenged seven times, then Lamech seventy-seven times” (Gen. 4:24). Jesus makes clear, on the other hand, that we have to pardon a brother who sins against us not seven times only but seventy-seven times, that is to say, forgiveness is limitless.

Lamech’s proclamation has echoed down through the centuries and captivated many, for sure, notwithstanding the demand of the principle of “eye for an eye, tooth for a tooth” for retributive justice (Ex. 21:23-24). In our days, for instance, seventy-seven times and even more has vengeance been exacted on the perpetrators and promoters of the terrorist attacks on 9/11 for some 3,000 victims.

But given that vengeance, with its wrath and anger, has not attained its supposed goal of peace, inspite of the excessive cost of war in terms of precious lives lost and valuable resources expended (not to mention to mention the hidden costs of war, like the trauma suffered by soldiers and civilians alike that has repercussions in families and societies [1], or such unintended consequences as the exodus nowadays of Christians from Iraq), isn’t time to try at least Jesus’ teaching? As pointed out and argued by Most Rev. Robert W. McElroy, auxiliary bishop of San Francisco, a great danger there is in vengeance is “that major warfare has become not an exceptional necessity but an ongoing way of life,” a war without end, something that little by little may pass as something normal [2].

What is normative, of course, for Christians is to pardon seventy-seven times, to offer no resistance to one who is evil, to turn the other cheek as well to one who strikes us on our right cheek, to hand our cloak also to anyone who goes to law with us over our tunic, to go for two miles with someone who presses us for service for one mile, to give to one who asks of us and not to turn our back on one who wants to borrow. (Mt. 5:39-42). And we Christians are required to live forgiving from our heart also, yes, terrorists and violent abusers of children and women. These, without doubt, deserve appropriate severe penance and are not at all deserving of forgiveness.

But who really among us, everyone with reason to be penitent, deserves forgiveness, considering that our debt to God is so huge there is no way we can pay it? We all have to go away, beginning with the elders, without throwing the first stone (Jn. 8:1-11). Forgiveness is truly a matter of grace, the same one that we give and the same one that we receive—there is only one forgiveness as there is one love, so that just as one cannot love God and hate his brother, so one who does not forgive cannot be forgiven; love being thus one, to forgive and to be forgiven, to ask forgiveness of each other, is an excellent way to maintain unity, as St. Vincent de Paul confirmed in a conference [3]. Forgiveness is a free gift of God who proves his love for us in the sacrifice that Jesus, the Lord of both those who are forgiven and those who forgive, offered on our behalf for the forgiveness of sins.

NOTES:

[1] “Hidden Costs of War,” America (November 8, 2004).
[2] “War without End,” America (February 21, 2011) 11-13.
[3] P. Coste IX, 105.


VERSIÓN ESPAÑOLA

24° Domingo del Tiempo Ordinario, Año A-2011

El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo (Col. 3, 13)

Proclama Lamec: «Si siete veces es vengado Caín, entonces Lamec lo será setenta veces siete» (Gen. 4, 24). Jesús, por otro lado, deja bien claro que tenemos que perdonarle al hermano que nos ofenda no sólo siete veces sino setenta veces siete, es decir, sin límites.

La proclamación de Lamec ha resonado a través de los siglos y ha cautivado a muchos, no obstante la exigencia del principio de «ojo por ojo, diente por diente» en pro de la justicia retributiva (Ex. 21, 23-24). En nuestros días, por ejemplo, setenta veces siete, y aún más, se ha vengado de los perpetradores y los promotores de los atentados del 11-S de hace diez años por la muerte de unas 3.000 personas.

Pero dado que la venganza furiosa y colérica no ha alcanzado su supuesta meta de paz, a pesar del costo excesivo de la guerra tanto en vidas preciosas perdidas como en recursos valiosos expendidos (por no mencionar nada de tales costos ocultos de la guerra, como el trauma de que sufren militares y civiles que no carece de repercusiones en la familia y la sociedad, ni de las consecuencias no intencionadas, como el éxodo de los cristianos de Iraq hoy día), ¿acaso no es hora ya de que probemos por lo menos la enseñanza de Jesús? Como lo indica y demuestra Monseñor Robert W. McElroy, obispo auxiliar de San Francisco, en California, un gran peligro de la venganza es el de que la guerra grande de hoy, en lugar de ser considerada como el último recurso, necesario a veces pero excepcional, se haya convertido en un modo continuo de la vida, una guerra sin fin, algo que poco a poco se pueda pasar por normal.

Lo normativo realmente para los cristianos es el perdonar setenta veces siete, el no hacer frente al que nos agravie, el presentar la otra mejilla al que nos abofetee en la mejilla derecha, el darle también la capa al que nos ponga pleito para quitarnos la túnica, el acompañar dos millas a quien nos obligue caminar una milla, el darle a quien nos implore, el no dar la espalda al que nos pida prestado (Mt. 5, 39-42). Y a los cristianos se nos requiere vivir perdonándoles de corazón también sí a los terroristas y abusadores violentos de niños y mujeres. Éstos se merecen, sin duda, apropiadas penitencias severas y no se merecen el perdón de ninguna manera.

Pero, ¿quién de nosotros que todos tenemos motivos para arrepentirnos se merece realmente el perdón ya que nuestra deuda muy enorme con Dios es imposible de pagar? Todos nos tenemos que ir escabullendo, empezando por los más viejos, sin poder tirar la primera piedra (Jn. 8, 1-11). De verdad, es cosa de gracia el perdón, el mismo que damos y el mismo que recibimos—un solo perdón hay, como hay un solo amor, de modo que como uno no puede amar a Dios y odiar al hermano, asimismo no puede ser perdonado quien no perdona; siendo uno el perdón, perdonar y ser perdonado, el pedirse perdón una persona a otra, es un medio excelente de unión, como lo confirmó san Vicente de Paúl en una conferencia (IX, 114). El perdón es un don gratuito de Dios quien demuestra su amor para con nosotros en el sacrificio que Jesús, el Señor tanto de los perdonados como de los que perdonan, ofreció por nosotros para el perdón de los pecados.