Twenty-First Sunday in Ordinary Time, Year C-2016

From Vincentian Encyclopedia
Salvation for Jews and for Gentiles of every language

Through the tender mercy of God, Jesus visits us to guide our feet into the way of salvation.

Someone asks Jesus, “Will only a few be saved?” The question suggests that the one who asks is worried about salvation.

It is possible, however, that he is self-righteous. Perhaps his disdain for others makes him pose the question in such a way that it betrays his belief that salvation is only for a few. Maybe he considers himself one of them.

But it matters little whether one asks with simplicity or with duplicity. One gets the opportunity, in any case, to learn a crucial lesson. And Jesus addresses it to all. He teaches the way of salvation to everyone.

So then, Jesus does not answer directly the inaccurate question. He uses it to point out that the right question is not the theoretical one that comes from useless curiosity and vain self-complacency, namely, “How many?” It is, rather, the practical question that impels us to repent, which is, “How should we behave so that the gate of salvation does not close down on us?”

Lest we find ourselves excluded from the Kingdom of God, we have to keep the teaching:

Strive to enter through the narrow gate.

There are those, of course, who make use of this teaching to strike fear into people’s hearts, as though fear could foster true religious observance. In contrast, Jesus urges us not to fear. When he states that some who are last will be first and some who are first will be last, he surely awakens hope in the folks whom the self-righteous despise.

Yes, God invites us all to the table in the Kingdom of God, which underscores that salvation is a gift.

No one has a right to it because of one’s birth, blood or heritage. To belong to the Kingdom is due to grace and not to our works. Not only can we not boast, but we also have to recognize we are his handiwork. And we will truly be so in an authentic Christian way if we walk with Jesus as he makes his way to Jerusalem.

Jesus, the Suffering Servant, personifies the narrow gate. His example gives us the motivation and the courage to see to it that “his footsteps may be the rule of our own in the way of holiness,” (SV.EN XII:186), of salvation. And he is the one who strengthens our drooping hands and weak knees. Moreover, he guarantees salvation to those who follow him to the end, to the giving up of the body and the shedding of blood.

Lord Jesus, may the earth know your way and all the nations your salvation.


August 21, 2016

21st Sunday in O.T. (C)

Is 66, 18-21; Heb 12, 5-7. 11-13; Lk 13, 22-30


VERSIÓN ESPAÑOLA

Salvación para judíos y para gentiles de toda lengua

Por la entrañable misericordia de Dios, nos visita Jesús para guiar nuestros pasos por el camino de la salvación.

Alguien le pregunta a Jesús: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?». La pregunta sugiere que al que la hace le preocupa la salvación.

Es posible, sin embargo, que el preguntador se tenga por justo y se sienta seguro de sí mismo. Quizás desde su desdén por los demás, plantea la pregunta que delata que para él serán pocos los que se salven. Tal vez se toma por uno de elllos.

Pero poco importa realmente si la pregunta se hace con sencillez o con doblez. Se le ofrece en cualquier caso al preguntador la oportunidad de aprender una lección decisiva. Y la dirige Jesús a todos. Enseña a todos el camino de la salvación.

Así que no responde directamente Jesús a la pregunta desacertada. Solo se sirve de ella para indicar que la acertada no es la teórica que surge de la curiosidad inútil y la vana autocomplacencia: «¿Cuántos se salvarán?». Es, más bien la práctica que nos impulsa a la conversión: «¿Cómo hemos de comportarnos para que no se nos cierre la puerta de la salvación?».

Para que no nos hallemos excluidos del Reino de Dios, tenemos que guardar la enseñanza:

Esforzaos en entrar por la puerta estrecha.

Por supuesto, no faltan quienes utilizan esta enseñanza para infundir miedo en los corazones, como si el miedo pudiese promover la verdadera observancia religiosa. En cambio, Jesús nos exhorta a no tener miedo. Al declarar él que «hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos», despierta esperanza seguramente en los despreciados por aquellos que se creen justos.

Sí, estamos todos convidados a la mesa en el Reino de Dios, lo que resalta que la salvación es un don.

Nadie tiene derecho a ella ni por nacimiento ni sangre ni herencia. Ser del Reino se debe a la gracia y no a nuestras obras. No solo no podemos presumir, sino que tenemos que reconocer que somos obra de Dios. Y lo seremos de manera cristiana auténtica si caminamos con Jesús hacia Jerusalén.

Jesús, el Siervo Sufriente, personifica la puerta estrecha. Su ejemplo nos da motivo y valentía para procurar que «sus pasos sean la regla de los nuestros en el camino de la perfección» (SV.ES XI:524), de la salvación. Y es él quien nos fortalece las manos débiles y las rodillas vacilantes. Les garantiza él además la salvación a quienes le siguen hasta el fin, hasta la entrega del cuerpo y el derramamiento de la sangre.

Señor Jesús, conozca la tierra tu camino, y todos los pueblos tu salvación.


21 de agosto de 2016

21º Domingo de T.O. (C)

Is 66, 18-21; Heb 12, 5-7. 11-13; Lc 13, 22-30