Twenty-First Sunday in Ordinary Time, Year C-2013

From Vincentian Encyclopedia
If we persevere, we shall also reign with him (2 Tim 2, 12)

Jesus is not like those negligent pastors who fail to strengthen the weak parishioners by not telling them to brace themselves for trials (St. Augustine). Nor is he like the televangelists preaching prosperity. He discloses to us that we have to enter through the narrow gate.

Such a disclosure is consistent with his previous teachings on the disciple's self-denial and daily cross and on the kingdom’s demand for complete dedication that neither gets delayed nor looks back. It likewise refers concretely to the earlier warning that to follow him who has nowhere to lay his head is to ask for something to eat, to look for a place to stay and to knock on neighbors’ doors (J.A. Pagola).

Indeed, to be an itinerant and mendicant preacher in solidarity with the poor is required by God’s kingdom. Jesus will note later, “It is easier for a camel to pass through the eye of a needle than for a rich person to enter the kingdom of God.” And the hearers will ask astonished, “Then who can be saved?”; the Teacher will reassure them, “What is impossible for human beings is possible for God.”

The same Jesus, then, who opens our eyes to the truth that it is hard to enter the kingdom of God also reveals that we have no reason to get discouraged. He advices us not to waste our time and energy worrying about whether only a few or many will be saved, whether or not we will be counted among the blessed by the Father. Better if we focus our efforts on living in accordance with the demands of the Gospel. “Justification by association” or being where people go is not enough; personal commitment is indispensable. The righteousness of the scribes and Pharisees does not suffice either.

Yes, he warns us that a major obstacle to entering the kingdom is our boastful self-sufficiency or the unhealthy trust we put in ourselves: in our belonging to this or that religion, tradition, nation; in our social standing or career; in our possessions; in our “process of growing self-awareness” that is based on an ideological “psychologizing” or in our practices, adopted perhaps from both the “higher spirituality, generally disembodied” of the Gnostics and “Pelagian restorationism” (Pope Francis). Relying thus on myself and feeling self-sufficient, I run the risk of looking out only for my interests and saying foolishly to myself, “I, and no one else” (Is 47, 8. 10).

But no one should presume to think himself to belong to the remnant, the chosen few who will be saved. God can bring out royal and priestly children from despised peoples. The one for whom all things are possible can raise up countless worshippers in Spirit and truth from the east and the west, from the north and the south, poor and humble, tried like beloved and well-brought up children, who will recline at table in the kingdom of God.

These will not reduce the transcendent God to a household or local god, Mount Zion’s or Mount Gerizim’s. But they will meet him wherever they are, for this strong God was made flesh in weak Jesus. He is there where two or three or more are gathered together in his name, as in the Eucharist. He is there, too, where are found the poor who, according to St. Vincent de Paul, keep the true religion, a living faith, in the midst of sufferings, and who set a good example for someone who locks himself up in his comfort zone, his room, his books, his Mass (Coste XI, 201).


VERSIÓN ESPAÑOLA

21º Domingo de Tiempo Ordinario C-2013

Si perseveramos, reinaremos con él 2 Tim 2, 12)

Jesús no es como los pastores negligentes que dejan de fortalecer a feligreses débiles por no decirles que se preparen para las pruebas (san Agustín). Ni es como los predicadores de la prosperidad que se ven en la televisión. Él desvela que tenemos que entrar por la puerta estrecha.

Esta revelación conforma con las enseñanzas previas sobre la abnegación y la cruz diaria del discípulo y sobre la dedicación total exigida por el Reino, la que no se deja detener ni mira atrás. Se refiere también en concreto a la advertencia de antes de que seguir al que no tiene donde reclinar la cabeza significa pedir de comer, buscar acogida y llamar a la puerta de los vecinos (J.A. Pagola).

De verdad, ser predicador itinerante y mendicante en solidaridad con los pobres es requerido por el Reino. Más adelante comentará Jesús: «Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios». Y replicarán asombrados los oyentes: «Entonces, ¿quién puede salvarse?»; les tranquilizará el Maestro, diciendo: «Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios».

El mismo Jesús, pues, que nos abre los ojos a la verdad de que es difícil entrar en el Reino de Dios también revela que razón no hay para que nos desalentemos. Nos aconseja no perder nuestro tiempo ni nuestra energía preocupándonos de si serán pocos o muchos los que se salven, de si nos contaremos o no entre los benditos del Padre. Mejor si enfocamos nuestros esfuerzos en vivir según las exigencias del Evangelio. La «justificación por asociación» o ir donde está la gente no basta; es imprescindible la responsabilidad personal. Tampoco es suficiente la justicia de los letrados y fariseos.

Nos advierte, sí, que un mayor obstáculo al acceso del Reino es nuestra autosuficiencia jactanciosa o la confianza insana que ponemos en nosotros mismos: en nuestra pertenencia a tal o cual religión, tradición, nación, etnicidad; en nuestra posición social o carrera; en nuestras posesiones; en nuestra «dinámica de autoconocimiento» basada en una «ideologización psicológica» y en nuestras prácticas adoptadas quizás tanto de «la espiritualidad superior, bastante desencarnada» de los gnósticos como del «restauracionismo pelagiano» (Papa Francisco). Así fiándome de mi mismo o sintiéndome autosuficiente, corro el riesgo de encerrarme en mis intereses, e, insensato, pensar y decir: «Yo y nadie más» (Is 47, 8. 10).

Pero nadie debe hacerse ilusiones creyéndose uno del resto, de los pocos elegidos que se salvarán. Dios es capaz de sacar hijos regios y sacerdotales de pueblos menospreciados. El que lo puede todo suscitará del Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, incontables adoradores en espíritu y verdad, pobres y humildes, probados como hijos amados y bien criados, los cuales se sentarán a la mesa en el Reino.

Éstos no reducirán al Dios transcendente a un anito o lar ni a un dios local, de Monte Sión o de Monte Garizín. Pero se encontrarán con él dondequiera que estén, porque este Dios fuerte se encarnó en Jesús débil. Está allí donde dos, tres o más se reúnen en su nombre, como en la eucaristía. Está allí también donde se hallan los pobres que, según san Vicente de Paúl, conservan, en medio de sufrimientos, «la verdadera religion, la fe viva» y son un buen ejemplo para el que se encierra en su comodidad, su cuarto, sus libros, su misa (XI, 120).