Twenty-First Sunday in Ordinary Time, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
Do this in remembrance of me (1 Cor. 11:24, 25—NABRE)

Elections are decision time. And Christians are urged “to strive to discharge their earthly duties conscientiously and in response to the Gospel spirit” [1]. They are taught, moreover, that their political engagement should be “shaped by the moral convictions of well-formed consciences and focused on the dignity of every human being, the pursuit of the common good, and the protection of the weak and the vulnerable” [2]. Such exhortation and such teaching indicate that the Christian’s decision whom to vote for must reflect his deciding in Christ’s favor.

The Christian asks, in the manner of St. Vincent de Paul [3], “Lord, if you were in my place, what would you do?” and bases his decision mainly on Jesus, not on Ayn Rand, for example. The Catholic prefers the social doctrine of the Church to the philosophy of individualism; he does not call greed good, but rather condemns it as a deadly sin that makes poverty worse for many more people.

Not like those disciples who left Jesus, finding hard a saying of the Teacher, the faithful disciple does not let himself be overcome by hardship. The true disciple is ready to accept something that Jews find so very shocking, namely, the identification—by the mention of the ascension—of the one thought to be Joseph’s son with the transcendent God and also embraces the folly that the cross is and hails it as the only hope. Just as the Israelites renewed, before Joshua at Shechem, their vote of confidence for their Liberator, Benefactor and Advocate as they recalled his wonderful deeds, so also the disciple, remembering always Jesus’ saving deed, proclaims his adherence to him.

And how wonderful indeed the deed of the Savior, in whom we are enriched in every way and through whose petition and in whose name we are given the Advocate, the Holy Spirit (1 Cor. 1:5; Col. 2:3; Jn. 14:16, 26). The deed of the one who loves the Church and hands himself over for her represents the love of the God who gives his only Son, so that believers may not perish but have eternal life (Jn. 3:16; 1 Jn. 3:16). This love is more wonderful still because it is showered even upon the bad and the sinners (Mt. 5:44; Rom. 5:8; Eph. 2:4).

To wonder thus at and to remember the love that is inventive unto infinity and its deed, this is granted to us by the Father in the Eucharist. We have this sacrament, says St. Vincent, so that Jesus’ absence may not occasion forgetfulness or the cooling off of our hearts [4]. Calling back into our hearts the working Word who came not to lord it over others nor to be served, but to serve and to give his life as a ransom for many (Mk. 10:42, 45), we will vote for candidates who are more like him—even though in a pluralist society, and an imperfect one too, we respect the religious freedom and the conscience of every human being, and accept the possibility that we may have to opt for the lesser evil and let, for the time being, the wheat and weeds to grow together (Mt. 13:29) [5].

NOTES:

[1] Gaudium et Spes 43.
[2] Cf. http://www.usccb.org/issues-and-action/faithful-citizenship/upload/forming-consciences-for-faithful-citizenship.pdf, 15 (accessed August 18, 2012).
[3] P. Coste XI, 348.
[4] Ibid., 146.
[5] Dignitatis Humanae 2.


VERSIÓN ESPAÑOLA

21° Domingo de Tiempo Ordinario, Año B-2012

Haced esto en memoria mía (1 Cor 11, 24. 25)

Las elecciones son tiempo para decidir. Y se nos exhorta a los cristianos a que cumplamos con fidelidad nuestros «deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evángelico». Se nos enseña además que la participación política católica es la que está constituida «por las convicciones morales de conciencias bien formadas y enfocada en la dignidad de cada ser humano, la búsqueda del bien común y la protección de los débiles y vulnerables» (cf. http://www.usccb.org/issues-and-action/faithful-citizenship/upload/spanish-faithful-citizenship.pdf, 15). Tal exhortación y tal enseñanza indican que la decisión del cristiano por quién votar debe reflejar su decisión en favor de Cristo.

El cristiano pregunta, al estilo de san Vicente de Paúl (XI, 240): «Señor, si tú estuvieras en mi lugar, ¿qué harías?», y basa su decisión mayormente en Jesús, no en Ayn Rand, por ejemplo. El católico prefiere la doctrina social de la Iglesia a la filosofía del individualismo; no llama buena la avaricia, sino que la condena como un pecado capital que les empeora la pobreza a mucho más gente.

No como aquellos discípulos que abandonaron a Jesús, encontrando duro un dicho del Maestro, el discípulo fiel no se deja vencer por la dificultad. El verdadero discípulo está listo para aceptar algo que escandaliza muchísimo a los judíos, a saber, la identificación—mediante la mención de la ascensión—del reputado hijo de José con el Dios trascendente, y abraza también la locura que es la cruz y la aclama única esperanza. Así como los israelitas, ante Josué en Siquén, renovaron su voto de fidelidad mientras recordaban las obras maravillosas de su Libertador, Bienhechor y Defensor, así también el discípulo, acordándose siempre de la obra salvadora de Jesús, proclama su adhesión a él.

¡Y qué maravillosa realmente la obra del Salvador, en el cual somos ricos en todo y por cuya solicitud y en cuyo nombre se nos da el Defensor, el Espíritu Santo! La obra del que ama a su Iglesia y se sacrifica por ella representa el amor del Dios que entrega a su Hijo, para que los creyentes no perezcamos, sino que tengamos vida eterna. Este amor es aún más maravilloso porque se derrama incluso sobre los malos y los pecadores.

Maravillarnos así y acordarnos del amor infinitamente inventivo y de su obra, esto nos lo concede el Padre en la Eucaristía. Tenemos este sacramento, según san Vicente, para que la ausencia de Jesús no ocasione olvido o enfriamiento en nuestros corazones (XI, 65). Haciéndole volver a pasar por nuestros corazones al Verbo obrero que vino no para enseñorear y ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos, votaremos por candidatos que más se parezcan a él—si bien en una sociedad pluralista, e imperfecta también, respetamos la libertad religiosa y la conciencia de cada ser humano, y aceptamos la posibilidad de que tengamos que optar por el mal menor y dejar por ahora que crezcan juntos el trigo y la cizaña.