Twenty-First Sunday in Ordinary Time, Year A-2020

From Vincentian Encyclopedia
Keys to the Kingdom of Heaven

Jesus has the key to the kingdom. He is God’s Servant who comes to serve, to open and close. He gives to those who are his own the keys of service.

It looks like Peter knows quite well what people say about Jesus. But he does not go where they are, for he says that Jesus is the Christ, the Son of the living God. And right away, he is called blessed and he receives the keys to the kingdom. Jesus also gives him, with a guarantee, the power to bind and loose.

Peter is blessed for what the Father makes known to him. So, then, the keys that he receives, along with the power to bind and loose, are not a prize. Rather, they make up the gift of call, out of God’s riches.

Jesus, though, does not call a man of wealth or a scholar of the law but a lowly fisherman. He seats him with princes (Ps 113, 8). Yet his title of Prince or Primate lies in being the last of all and the servant of all (Mk 9, 35).

And so, to have the keys, or authority, means to serve the Christian community. The same is true with the power to bind and loose, to forgive and retain sins. To say “yes” or “no” to teachings, to set up and follow steps to correct and prevent. Yes, Peter’s calling is to be the servant of the servants of God.

To hold the keys, to bind and loose, means confession of faith.

The one with whom Jesus shares such task can only do it if one stays true to the confession of faith. And it is not so much a matter of words as of deeds. That is to say, one must confess Jesus with one’s life.

To confess our faith with our lives means to empty ourselves of ourselves to put on Jesus Christ (SV.EN XI:311). It is to take off all self-righteousness and have Jesus’ outlook, lowliness and selflessness. For it turns out that there are, on the one hand, many who call themselves Christians and yet show the traits of the Pharisees, like rigidity. And, on the other hand, few are those who call themselves Christians and show at the same time traits that match those of Jesus.

And those who serve as holders of keys, and those who bind and loose, have Jesus as their driving force. That means, he is their “why” for which to be, to have, to do.

They revere, too, those who bring the presence of the Son of God (SV.EN XI:26). They go near them with the same respect that they show when they receive holy communion.

Lord Jesus, you give the keys of the kingdom not to one man but to the whole Church as one (St. Augustine). Grant that we who make up the Church keep the gate of salvation open, especially for those whom the world deems throwable.


23 August 2020

21st Sunday in O.T. (A)

Is 22, 19-23; Rom 11, 33-36; Mt 16, 13-20


VERSIÓN ESPAÑOLA

Llaves del reino de los cielos

Jesús tiene la llave del reino. Él es el Siervo de Dios que viene para servir, para abrir y cerrar. Da a los suyos las llaves del servicio.

Pedro, por lo visto, se mantiene al tanto de lo que dice la gente sobre Jesús. Pero no está donde va la gente, pues dice que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y nada más decir esto, a él se le declara bienaventurado y recibe él las llaves del reino. Jesús, actuando como garante, le da también al discípulo el poder de atar y desatar.

Y es bienaventurado Pedro, pues el Padre le da una revelación. Por lo tanto, las llaves que se le dan, junto con el atar y desatar, no son un premio. Constituyen, más bien, la gracia de la vocación que viene de la riqueza de Dios.

Pero no llama Jesús a un rico ni a un letrado de la ley, sino a un pescador humilde. Lo hace sentar con los príncipes (Sal 113, 8). Con todo, su título de príncipe o primado está en ser el último y el siervo de todos (Mc 9, 35).

Así pues, las llaves, o la autoridad, son para servir a la comunidad cristiana. Lo mismo se cabe decir del poder de atar y desatar, de perdonar y retener los pecados. De aprobar y desaprobar las enseñanzas, de tomar y seguir las medidas de correción y de prevención. Se le llama, sí, a Pedro para que sea el siervo de los siervos de Dios.

Tener las llaves, atar y desatar, supone la confesión de fe.

El que en quien delega Jesús ese tarea solo la podrá cumplir si se mantiene firme en su confesión de fe. Y no es cuestión tanto de palabra cuanto de obra. Es decir, hay que confesar a Jesús con la vida.

Confesar con la vida quiere decir vaciarnos de nosotros mismos para revestirnos de Jesucristo (SV.ES XI:236). Es quitarnos todo fariseísmo para ponernos la actitud, la humildad y la abnegación de Jesús. Pues resulta que, por una parte, son muchos los que se dicen cristianos pero muestran rasgos propios de los fariseos, como la rigidez. Y pocos son, por otra parte, los que se dicen cristianos y muestran a la vez rasgos conformes a los de Jesús.

Y los que cumplen con el servicio de las llaves y de atar y desatar tienen a Jesús por su fuerza motriz. Es decir, Jesús es la razón de todo su ser, poseer y hacer.

Siempre reverencian ellos también a los que representan al Hijo de Dios (SV.ES XI:725). Se les acercan, sí, con la misma reverencia que muestran cuando reciben la sagrada comunión.

Señor Jesús, las llaves del reino de los cielos las recibe no un hombre único, sino la Iglesia única (san Agustín). Haz que los que formamos la Iglesia dejemos abierta la puerta de la salvación, especialmente a los que el mundo toma por prescindibles.


23 Agosto 2020

21º Domingo de T. O. (A)

Is 22, 19-23; Rom 11, 33-36; Mt 16, 13-20