Twenty-First Sunday in Ordinary Time, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
Oh, the depth of riches! (Rom 11, 33)

God welcomes us to his household, so that everything he has may be ours.

In his household, we are each handed a key. No matter which one we get, to receive it means to be a servant, it is to open to household members the treasures of divine love.

Unfortunately, we can be as irresponsible as the servant who, losing hope in his master, begins to abuse those he supervises and to turn into a hedonist. If we behave so, then, we shall soon find ourselves fired (or left aside as useless materials by the builder).

We can also leave like the prodigal son and suffer the fate of wastrels. Until we return to our Father, we will find ourselves in dire need.

Or we can stay home. But if we take for granted divine abundance, we will still feel empty, even though ours are the adoption, the new covenant, the God-with-us, and the table of the word and of the sacrament, the fullness of the promises.

And a servile attitude is hardly appreciative. Are we burdened by our religion? Let us try, then, the easy yoke and joyful Gospel.

Or perhaps, given some gains and certain pretensions, we feel entitled to everything. In this case, it will be good even for us Christians of strict observance to meditate on the parable of the Pharisee and the publican.

It may also be due to lack of experience of divine mercy. Obsessed with a God who does not leave unpunished even the slightest fault, we become terror-stricken. And who knows really if it is our vision of a harsh God that makes us treat others rigidly and deny them forgiveness or if it is our rigidity that makes us see a harsh God who does not forgive without punishing.

In the face of doubts, it is best to be careful, lest taking away the key of knowledge, we close the kingdom of God, because of our arrogant absolutism, to those who are trying to enter. Our intolerance can leave us fighting against God, as Gamaliel already warned. And as St. Vincent de Paul indicates, we cannot close ourselves mercilessly to those who disagree with us and then hope to win them over (Coste I:295).

We cannot be so zealous either for our traditions and prerogatives that we overlook the viri probati and the diligent women, faithful managers of everything entrusted to them, caring towards the poor. St. Vincent surely showed Moses’ and Jesus’ mind when he said: “Provided God’s work is done, it does not matter who does it” (Coste VIII:189). May the same inclusive Spirit prompt us to see to it that no one is deprived of the Eucharist.


VERSIÓN ESPAÑOLA

21º Domingo de Tiempo Ordinario A-2014

¡Qué abismo de generosidad! (Rom 11, 33)

Dios nos acoge en su casa, para que todo lo suyo sea nuestro.

En su casa, se nos entrega una llave u otra. Sin importar cuál nos toque, recibirla significa ser sirviente, es abrirles a los de casa los tesoros del amor divino.

Desafortunadamente, podemos ser tan irresponsables como el criado que, perdiendo la esperanza en su amo, empieza a maltratar a sus supervisados y a hacerse hedonista. Si así nos comportamos, pronto nos encontraremos despedidos (o descartados cual materiales inútiles por el edificador).

También podemos irnos como el hijo pródigo y sufrir lo que los derrochadores. Pasaremos necesidad hasta que volvamos al Padre.

O podemos quedarnos en casa. Pero si damos por sentada la abundancia divina, todavía nos sentiremos vacíos, aun siendo de nosotros la adopción, la nueva alianza, el Dios-con-nosotros, la mesa de la palabra y del sacramento, la plenitud de las promesas.

Y una actitud servil difícilmente aprecia. ¿Nos agobia nuestra religión? A probar, entonces, el yugo llevadero y el Evangelio gozoso.

O quizás, dados unos logros y ciertas pretensiones, nos creemos con derecho a todo. Nos convendría, entonces, incluso a los cristianos cerrados meditar la parábola del fariseo y el publicano.

Puede ser también por falta de experiencia de la misericordia divina. Obsesionados con un Dios que no deja impune ni la más nimia falta, nos aterrorizamos. Y quién sabe realmente si es nuestra visión de un Dios severo que nos hace tratar a los demás con rigidez y rehusarles el perdón, o si es nuestra rigidez que nos hace ver a un Dios severo que no perdona sin castigar.

Ante dudas, lo más prudente es precavernos, no sea que, adueñándonos de la llave del saber, cerremos, por nuestro absolutismo arrogante, el reino de los cielos a los que intentan entrar. Nuestra intolerancia puede dejarnos luchando contra Dios, como ya advirtió Gamaliel. Y como indica san Vicente de Paúl, no podemos cerrarnos despiadadamente a quienes disienten de nosotros y luego esperar ganarles a ellos (I:320).

Tampoco podemos permitir que nos consuma tanto el celo por nuestras tradiciones o prerrogativas que pasemos por alto a los viri probati y las mujeres hacendosas, fieles en la administración de todo que se les ha confiado, solícitas para con los pobres. Ciertamente demostraba san Vicente la mentalidad de Moisés y de Jesús cuando dijo: «Lo que cuenta es que la obra de Dios se lleve a cabo, sin importar por quién» (VIII:173). Ojalá el mismo Espíritu inclusivo nos impulse a procurar que nadie quede privado de la Eucaristía.