Twenty-First Sunday in Ordinary Time, Year A-2011

From Vincentian Encyclopedia
Only we were to be mindful of the poor, which is the very thing I was eager to do (Gal. 2:10—NABRE)

Jesus’ contemporaries’ view of him apparently varied from one person to another. In a similar manner, today’s Christians’ view of Jesus—not to mention anything about the non-Christans—varies from one Christian to another. This explains in part why we Christians further attach to ourselves the adjective Baptist, Catholic, Episcopalian, Evangelical, Lutheran, Orthodox, Pentecostal, Presbyterian, Reformed or belonging to some other Christian denomination. We are so diverse, and even divided, that one sometimes wonders if Jesus was referring to our brokenness when he said, “This is my body which is broken for you” (1 Cor. 11:24) [1].

I am not denying, of course, what others, like Buechner, have said, namely, that there is no need for everyone baptized to be Christian the same way or that it is unnecessary that we practice the kind of uniformity envisioned especially by Father Etienne for every community or Province of the Congregation of the Mission. I am not opposed either to the idea of diversity indicating how very much alive we make Jesus to be nowadays or how admirably incarnate the Word is in our diverse cultures and particular situations [2].

But yes, I want to sound the alarm that there is always the danger that I may make Jesus what I like him to be, so that I end up creating him in my image and according to my likeness—a classical or existentialist hero, perhaps, or a champion of either the Ancient Regime or of the modern or the post-modern world, or the Christ of the Council of Trent or of the Second Vatican Council, or whatever figure that does justice to my expectations—and becoming, in the process, like the idols I fabricate for myself (Ps. 115:4-8). And they run the risk of so doing not only the dictators of relativism but also the absolutists who fight them, as well as both those who are sympathetic to radical changes and those opposed to them. It seems to me, then, that it is worth repeating that there should be unity in necessary things, freedom in doubtful things, and charity in all things.

And this last one is what matters most of all (Rom. 13:9-10; 1 Cor. 13:13; Gal. 5:14) and serves as motive for agreement even among those who otherwise disagree in other things, and for both those who are on one side of the debate regarding the matter of the primacy and infallibility of the Roman Pontiff and those on the other side. The question of to whom the office of master of the palace belongs is certainly important. But even more important is that, whoever may be the person on whose shoulder the key of the palace is placed, he, concerned about the needs of every member of the household and not given solely, like Shebna, to fostering his own interests and ambition, his own promotion and glory, duly distributes to everyone the goods that come from God’s riches, wisdom and knowledge, inexhaustible all of them. The faithful and wise steward sees to it that there is greater blessing for the whole household to the extent that the more fortunate serve the less fortunate (cf. Rom. 11:11-12).

While we continue living in this world, we will probably never arrive at full agreement about Jesus’ true identity, given especially that we have never had the fortune of seeing the Lord in the flesh or of receiving him into our homes. But this does not mean we cannot be in agreement about being able to see and serve Jesus, the way the sisters Martha and Mary did, since he himself (as St. Augustine of Hippo reminds us) revealed himself to us, affirming, “Whatever you have done to the least of my brothers, you did to me” [3]. The same affirmation led St. Vincent de Paul to the conviction that to serve the poor, our masters and lords, is to go to God, to serve Jesus Christ, and that charity is above all rules [4].

And in the end, according to St. Robert Bellarmine [5], on the last day, when the general examination takes place, there will be no question at all on the texts of Aristotle, the aphorisms of Hippocrates, or the paragraphs of Justinian. Charity will be the whole syllabus, since the school of Christ, of the one who offers his body as bread broken for us poor, is none other than the school of charity.

NOTES:

[1] Cf. “Denominations” in Frederick Buechner’s 1988 book, Whistling in the Dark: An ABC Theologized.
[2] Cf. the quotation from Albert Schweitzer in Father Robert P. Maloney’s “Cinco Rostros de Jesús,” at http://somos.vicencianos.org/blog/2011/08/cinco-rostros-de-jesus/ (accessed August 17, 2011).
[3] Cf. the non-biblical reading in the Office of Readings for July 29, the memorial of St. Martha, Liturgy of the Hours.
[4] P. Coste IX, 249; X, 331, 595.
[5] Cf. http://www.corpuschristiparish.com/church/inspirational_quotes/254.pdf (accessed August 17, 2011).


VERSIÓN ESPAÑOLA

21° Domingo del Tiempo Ordinario, Año A-2011

Sólo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, cosa que yo estaba deseoso precisamente de hacer con diligencia (Gal. 2, 10)

Diferían por lo visto de una persona a otra las ideas de la gente durante el tiempo de Jesús sobre quién era él. De manera parecida, en nuestro tiempo, difirien de un cristiano a otro—por no mencionar nada de los no cristianos—las ideas que nosotros tenemos sobre la identidad de Jesús. Lo que en parte explica por qué los cristianos nos calificamos también como anglicanos, baptistas, católicos, evangélicos, luteranos, ortodoxos, pentecostales, presbiterianos, reformados o miembros de no sé qué otra parcialidad cristiana. Así de diversos somos, y aún separados, que quizás damos motivo para que se pregunte si Jesús no se refería también a nuestra división cuando dijo: «Esto es mi cuerpo que es partido por vosotros» (1 Cor. 11, 24).

No estoy negando, desde luego, lo que ya han dicho otros, a saber, que no hay necesidad de que los bautizados todos seamos cristianos en la misma manera o que no es necesario que se nos imponga la uniformidad semejante a la deseada por el Padre Etienne para cada comunidad o provincia de la Congregación de la Misión. Ni me opongo tampoco a la idea de que la diversidad pueda indicar tanto lo vivo que nosotros hoy día le hacemos a Jesús como lo admirablemente encarnado es en nuestras culturas diversas y situaciones particulares el Verbo.

Pero sí se ha de advertir que siempre hay peligro de que a Jesús le haga yo como me gusta que él sea, de modo que acabe con crearle a mi propia imagen y conforme a mi semejanza—sea un héroe o clásico o existencialista, sea un protagonista o del Anciano Régimen o del tiempo moderno o posmoderno, sea el Cristo o del Concilio de Trento o del Concilio Vaticano II, sea una que otra figura que hace justicia a mis expectativas—y, a continuación, con volverme igual a los ídolos que me fabrico (Sal. 115/114, 4-8). Y corren riesgo de esto, creo, no sólo los dictadores del relativismo sino también los absolutistas en contra de dichos dictadores, tanto los a favor de cambios radicales y los adversos a ellos. Me parece a mí, pues, que vale que se repita que en lo necesario debe haber unidad, en lo dudoso, libertad, y en todo, caridad.

Y esta última es lo que importa sobre todo (Rom. 13, 9-10; 1 Cor. 13, 13; Gal. 5, 14) y sirve de motivo de acuerdo aún para quienes no se comulgan unos con otros referente a demás cosas, tanto para los que están en un lado del debate sobre la primacía y la infalibilidad del Pontífice Romano como para aquellos que se encuentran en el otro lado. Es importante ciertamente la cuestión de a quién le corresponde el oficio de mayordomo. Pero más importante todavía es que, quienquiera que sea el que tenga la llave del palacio colgada de su hombro, éste, preocupándose por las necesidades de todos y no dedicado solamente, como Sobná, a la promoción de sus intereses y ambiciones, su ascenso y gloria, haga el debido reparto de bienes de las riquezas, sabiduría, conocimiento, profundos e inagotables, de Dios. El mayordomo fiel y prudente se asegura de que sea más grande la bendición para todos al asistir los más afortunados a los menos afortunados (cf. Rom. 11, 11-12).

Es probable que mientras sigamos viviendo en este mundo los cristianos nunca llegaremos a un pleno acuerdo sobre la identidad verdadera de Jesús, dado especialmente que no hemos tenido la dicha de poder ver al Señor en carne y hueso y hospedarle en nuestra propia casa. Pero esto no quiere decir que no podemos ponernos de acuerdo de que podemos verle y servirle a Jesús, en la manera en que lo hicieron las hermanas Marta y María, puesto que el mismo Señor se nos reveló, afirmando (como nos lo recuerda san Agustín de Hipona en el sermón 103): «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis». Esta misma afirmación le llevó a san Vicente de Paúl a la convicción de que servir a los pobres, nuestros amos y señores, es ir a Dios y servir a Jesucristo, y que la caridad está por encima de todas las reglas (IX, 25, 42, 43, 125, 240, 862, 916, 1015, 1125).

Y al fin y al cabo, según san Roberto Belarmino, en el último día, cuando llegue el examen final, no se preguntará nada de los textos de Aristóteles ni de los aforismos de Hipócrates ni de los párrafos de Justiniano. Sólo se tratará de la caridad como la materia completa y única, ya que la escuela de Cristo, del que ofrece su cuerpo como pan partido por nosotros los pobres, no es sino la escuela de la caridad.