Twenty-Fifth Sunday in Ordinary Time, Year C-2013

From Vincentian Encyclopedia
There was no needy person among them (Acts 4, 34)

As one who manages well his household, Jean de Paul sends his son Vincent to school. He sees in the boy promising qualities that may well help the family get out of poverty.

The youth succeeds. He is ordained priest at age 19. He loses no time in searching for what will be good for himself and his family, for clerical advantages, for influential friendships. Despite the “disasters” that have robbed him of the chance for the hankered-after promotion, he continues to hope that God will soon grant him “the means of an honorable retirement” that will allow him to spend the rest of his days near his mother (Coste I, 18)—leading, of course, a well-managed life so as not to suffer the shortages plaguing peasants.

But by God’s designs, Vincent’s talents are not to be squandered. Providence makes him learn by experience that no guarantee of protection against calumnies or anxieties is given to one locked up in his own interests. He makes it known to him that only those who wholly commend themselves into God’s hands and show their faith, even if through simple gestures, are established in truth and certainty. Above all, God reveals to him the stewardship exemplified by Jesus.

Such stewardship has nothing to do with serving mammon, with looking out for one’s own interests, with securing for oneself material or physical comfort, with worrying about food, clothing and other things that one needs to live. Christian stewards look out for others’ interests and seek first the kingdom of God and his righteousness, which guarantees that they will be given the other things besides.

Stewards after Jesus’ heart are poor and absolutely depend on God. They do not refuse to be numbered among the poor. They insist rather on being in solidarity with them, denouncing the unscrupulous who, focused solely on making profit, trample upon the needy and destroy the poor. Clever stewards forgive debts, for the presence of the poor in the land, need, should serve, not to divide, but rather to unite (Dt 15, 5. 7. 11). They, of course, offer supplications, prayers, petitions and thanksgivings, so that we may all lead a quiet and tranquil life. But they do not neglect to proclaim to all, especially to those responsible for the future of the human community, that there is no peace without justice, no justice without forgiveness (Pope John Paul II).

And if we Christians genuinely partake of the Eucharist, which comes from love that is inventive to infinity, to cite St. Vincent (XI, 146), then we will do everything possible so that it may not be said of us who claim to be children of the light that the children of this world are more prudent than us. Imitating St. Vincent, a very creative person though in a gentle and almost imperceptible way, we will strive to evangelize the poor by words and by works, comforting them, providing for their spiritual and temporal needs, assisting them and having them assisted in every way, by ourselves and by others (XII, 87).


VERSIÓN ESPAÑOLA

25º Domingo de Tiempo Ordinario C-2013

Ninguno pasaba necesidad (Hch 4, 34)

Como quien maneja su hogar con acierto y promueve los intereses de la familia, Juan de Paúl manda a su hijo Vicente a estudiar. Nota en el muchacho cualidades promotedoras que quizás ayuden a la familia a salir de la pobreza.

El joven tiene éxito. Se ordena de presbítero a los 19 años. No tarda en buscar el bien personal y familiar, las ventajas clericales, las amistades influyentes. A pesar de los «desastres» que le «han arrebatado el ascenso» anhelado, sigue esperando que Dios le «concederá pronto el medio de obtener un honesto retiro» que le permita emplear el resto de sus días junto a su madre (I, 88-89)—llevando, por supuesto, una vida bien manejada para no sufrir nada de la escasez que azota a los campesinos.

Pero según los designios de Dios, los talentos de Vicente no se derrocharán. La Providencia le hace aprender por experiencia que no se le da a un encerrado en sus intereses ninguna garantía de protección contra las calumnias o las ansiedades. Le da a conocer que se establecen en la verdad y la seguridad solo quienes se encomiendan por completo en las manos de Dios y demuestran su fe, si bien mediante gestos sencillos. Sobre todo, Dios le revela la mayordomía ejempificada por Jesús.

Tal mayordomía nada tiene que ver con estar al servicio del dinero, con buscar intereses propios, con procurar el bienestar material o corporal, con andar preocupado por la comida, el vestido y otras cosas necesarias para vivir. El administrador cristiano vela por los intereses de los demás y busca sobre todo el reino de Dios y su justicia, lo que garantiza que lo demás se le dará por añadidura.

El mayordomo de los que le gustan a Jesús es pobre y depende de Dios en absoluto. No se niega a ser contado entre los pobres. Insiste más bien en mantenerse solidario con ellos, denunciando a los sin escrúpulos que, centrados solo en obtener ganancias, exprimen a los pobres y despojan a los miserables. El administrador listo perdona deudas, que la presencia de los pobres en la tierra, o la necesidad, debe servir, no para separar, sino para unir (Dt 15, 5. 7. 11). Hace, desde luego, oraciones, plegarias, súplicas y acciones de gracias, para que todos podamos llevar una vida tranquila y apacible. Pero no omite proclamar a todos, especialmente a cuantos tienen en sus manos el destino de la comunidades humanas, que no hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón (Papa Juan Pablo II).

Y si los cristianos participamos auténticamente de la eucaristía proveniente del «amor infinitamente inventivo», por citar a san Vicente (XI, 65), entonces haremos todo lo posible para que no se diga de los que pretendemos ser hijos de la luz que los hijos de este mundo son más sagaces que nosotros. Imitando a san Vicente, bien creativo aunque de manera suave y casi imperceptible, nos esforzaremos por evangelizar a los pobres de palabra y de obra, cuidándolos, aliviándolos, remediando sus necesidades tanto espirituales como temporales, asistiéndoles y haciendo que sean asistidos de todas las maneras, por nosotros y por los demás (XI, 65, 393).