Twenty-Fifth Sunday in Ordinary Time, Year B-2021

From Vincentian Encyclopedia
Foolish and Slow to Believe, and Afraid

Jesus alone is Lord, the Most High, for there is no better and more lowly servant of all than he. Hence, to mistake his greatness with that of the world is to be foolish before him.

As it turns out, Jesus is right to ask his disciples to tell no one that he is the Christ. Peter’s confession is on the mark, but he does not know what to be the Christ means. For after all, it shocks him to hear Jesus announce for the first time his death and resurrection. He and the other disciples show they are foolish and slow to understand.

And it is for naught, it seems, that Jesus has seen to it that no one knows about their journey. For the tempo forte he gives the foolish seems to be of little use. For those who walk with him to Jerusalem do not listen. They do not catch up as they argue about who is the greatest; what we today call clericalism or careerism slows them down.

Hence, it is no surprise that they do not understand what he teaches them for the second time. Namely, that “the Son of Man is to be handed over to men and they will kill him. And three days after his death, he will rise.” Yet they dare not ask. Maybe it shames them to admit that they are foolish, not smart.

If this is what goes on with them, then, they need even more the teaching about being great and little. The Twelve need it most. But they should seat down, in a house, that is to say, in a setting where they can stay calm and close to one another. They will thus be indeed Jesus’.

To be foolish and afraid is to have no share with Jesus, not to let him wash our feet.

For us to be among his true disciples means to let him show us that he is the last of all. The servant of all, the Just one who is condemned to death for our sake. He welcomes children. He may well like them for their lack of guile and guilt. But he places a child in our midst, most of all, since it is poor, weak and helpless. Besides, to it belongs the last place.

Till we learn to welcome Jesus as the servant of all, we will not know mercy and forgiveness. He will not be our all (SV.EN V:537). We will not hand over ourselves to him. And we will fall, —worse for us—, into the hands of men (2 Sam 24, 14; Sir 2, 18). In place of clinging to him, we will flee as if from a fire that devours (Is 33, 14). In shame and despair for our awful sins, before the awesome holy One.

We must feel that we are at the same time the poorest and the most showered with his mercy (SV.EN XI:130). He will thus be our reason to be and act for the poor (see also H. O’Donnell whom T.F. McKenna cites).

No, we will not let our passions, greed and cravings for greatness ruin us. Rather than think we are wise, we will be among the foolish and little ones (Rom 12, 5-17; SV.EN XII:222). For we do not want to spoil the Good News.

Lord Jesus, make us foolish to the end like you. That is to say, to give up our bodies and shed our blood on the cross for the poor. Not like the foolish who hoard wealth unjustly (Jer 17, 11).


12 September 2021

25th Sunday in O.T. (B)

Wis 2, 12. 17-20; Jas 3, 16 – 4, 3; Mk 9, 30-37


VERSIÓN ESPAÑOLA

Necios y torpes para creer, y temerosos

Jesús es el solo Señor, el solo Altísimo, pues no hay mejor y más humilde servidor de todos que él. Por lo tanto, seremos necios ante él si confundimos su grandeza con la del mundo.

Resulta que tiene razón Jesús para prohibir a sus discípulos decir a nadie de que él es el Mesías. Tan acertada que es su confesión, Pedro no sabe qué quiere decir ser Mesías. Es que tropieza tras oír a Jesús hablar por primera vez de su muerte y su resurrección. Él y los demás discípulos son necios aún y torpes para entender.

Y, por lo visto, es por nada que el Maestro ha procurado que nadie supiese por donde andarían. Pues el tempo forte que da él a esos necios y torpes parece servir de poco. Es que los que caminan con él a Jerusalén no le escuchan. Y se regazan por discutir quién es el más grande; los ralentiza lo que hoy se llama el clericalismo o carrerismo.

No es de sorprender, por lo tanto, que no entiendan la enseñanza que se les da por segunda vez. A saber: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán. Y, después de muerto, a los tres días resucitará». Pero les da miedo a los discípulos hacer pregunta. Quizás les da vergüenza admitir que son cortos y necios.

Si eso es lo que pasa con ellos, necesitan aún más, pues, la enseñanza sobre la grandeza y la pequeñez. Y la necesitan más los Doce. Pero se tienen que sentar, en casa, es decir, en un ambiente tranquilo e íntimo. Solo así serán muy de Jesús.

Ser necios y temerosos es no tener parte con Jesús, es rehusar que nos lave él los pies.

Contarnos entre sus verdaderos discípulos quiere decir dejar que él se nos dé a conocer como el último de todos. El servidor de todos, el Justo que se condena a muerte por nosotros. El que acoge a los niños. Puede ser que le gusten ellos, pues son amables por su candor e inocencia. Pero, más que nada, él pone en medio de nosotros a un niño, pues éste es pobre, débil e indefenso. De él también es el último lugar.

Hasta que aprendamos a acoger a Jesús como servidor de todos, no conoceremos la misericordia y el perdón. No será él nuestro todo (SV.ES V:511). No nos entregaremos en sus manos. Y caeremos, —lo que nos será peor—, en manos de hombres (2 Sam 24, 14; Eclo 2, 18). Pues en vez de aferrarnos a él, nos huiremos como de un fuego voraz (Is 33, 14). Avergonzados y desesperados por nuestros horrendos pecados, ante el tremendo solo Santo.

Nos hemos de sentir, sí, los más pobres ante Jesús y a la vez los más colmados de su misericordia (SV.ES XI:64). Así, será él nuestra razón de ser y hacer en pro de los pobres (véase también el escrito de H. O’Donnell al que se refiere T.F. McKenna).

No, no dejaremos que nos arruinen los deseos de placer, la codicia y las apetencias de grandezas. En vez de presumirnos sabios, nos dejaremos atraer y conmover por los necios y los humildes (Rom 12, 15-17; SV.ES XI:561). Pues no queremos pervertir la Buena Noticia.

Señor Jesús, haz que seamos necios hasta el extremo, como tú. Es decir, hasta entregar el cuerpo y derramar la sangre en la cruz por los pobres. No como los necios que amasan riqueza de modo modo justo (Jer 17, 11).


12 Septiembre 2021

25º Domingo de T.O. (B)

Sab 2, 12. 17-20; Stg 3, 16 – 4, 3; Mc 9, 30-37