Twenty-Fifth Sunday in Ordinary Time, Year B-2018

From Vincentian Encyclopedia
Helpless, Wounded, Not Knowledgeable, but Chosen

Jesus saves and shelters those who are helpless as are children. He puts his arms around them, heals them and feeds them with his body and blood.

For the second time, Jesus announces to his disciples his passion, death and resurrection. And no one among them dares rebuke him this time. But they do not understand just the same. It is just that now they are afraid to ask him; they would rather keep their mouths shut. This means they really do not want to understand. Surely, they cannot imagine their Teacher turning into one of the hapless and helpless victims of the Romans.

But there is much that is at stake here, too, for those who have left everything to follow Jesus. If he fails, it will dash their hope in him as the one to redeem Israel. It will also mean the end of all talk about who will be the greatest among them. The greatest, that is, among his ministers or counselors in the coming kingdom. They will, then, have to return to their former way of life, feeling helpless once again.

But to their embarrassment, such that they have to shut up again, Jesus tells the Twelve what to discuss and learn. His future ministers are to be the last and the servants of all. That is, no to selfish ambition. Very specifically, they should be like children.

Children are helpless and depend trustingly on adults that, sadly, sometimes hurt and abuse them. They are lacking in knowledge, and so do not make important decisions. By and large, they, along with the women, do not count as much as men. Children are often the last to be served, and it is not uncommon that they find themselves at the beck and call of adults.

Indeed, those who follow Jesus up close become as helpless as children, as Jesus himself.'

Jesus does say, moreover, he is one with the children. Just as he is one with the least of his brothers and sisters. Those who put their arms around them, then, put their arms around him and the One who sent him. To put it in another way, one cannot be a follower of Jesus without receiving those who are helpless. A true disciple strives to heal their wounds. The true follower of the Firstborn of the woman cannot but let the wicked serpent beset and wound him to crush its head. That is the only way one can be a source of healing for those in need of it. True disciple gives up his body and sheds his blood for the helpless.

Lord Jesus, make us put our arms around helpless children and poor people. Count us among those who choose to be rich in faith and heirs of the kingdom. May we practice the true religion that St. Vincent de Paul experienced as he personally welcomed the children and the poor (SV.EN XI:190).


23 September 2018

25th Sunday in O.T. (B)

Wis 2, 12. 17-20; Jas 3, 16 – 4, 3; Mk 9, 30-37


VERSIÓN ESPAÑOLA

Indefensos, heridos, poco entendidos, pero elegidos

Jesús es la salvación y el amparo de los indefensos como los niños. Los abraza, los sana y los nutre de su cuerpo y sangre.

Por segunda vez, anuncia Jesús a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección. Y esta vez, ninguno de ellos se atreve a increparle. Pero igual no entienden. Solo que ahora les da miedo preguntar; prefieren mantener la boca cerrada. Quiere decir esto que realmente no quieren entender. Seguramente, no pueden suponer que su Maestro se cuente entre los desafortunados e indefensos mártires a manos romanas.

Pero hay mucho en juego aquí también para aquellos que lo han dejado todo para seguirle a Jesús. Si fracasa él, quedará truncada la esperanza de ellos de que él es el futuro liberador de Israel. Su fracaso querrá decir también el fin de la discusión sobre quién es el más importante. Es decir, el más importante de los ministros o consejeros del Mesías en el futuro reino. Tendrán que echarse atrás y sentirse indefensos de nuevo.

Pero para la vergüenza acalladora de ellos, les dice Jesús a los Doce de qué han de discutir. Y qué tienen que aprender. Sus futuros ministros deben ser los últimos de todos y los servidores de todos. Es decir, han de decir no a las ambiciones envidiosas y pendecieras. Muy específicamente, tienen que ser como los niños.

Los niños son indefensos y dependen confiados de los adultos, quienes, desafortunadamente, se abusan a veces de los niños y los hieren. Poco entendidos, no hacen decisiones importantes. Junto con las mujeres, los niños, por lo general, no valen como los varones adultos. Con frecuencia, son los últimos en ser servidos, y se encuentran a disposición entera de los adultos.

De verdad, quienes siguen de cerca e íntimamente a Jesús se hacen indefensos como los niños, como Jesús mismo.

Sí, dice además Jesús que él se identifica con los niños. De la misma manera que se identifica con sus más pequeños hermanos y hermanas. Quienes los abrazan, pues, le abrazan a él y abrazan también al que le ha enviado. Por decirlo de otra forma, el verdadero discípulo procura sanar las heridas de ellos. El verdadero seguidor del Primogénito de la mujer no puede sino dejarse acechar y herir por la impía serpiente para aplastarla. No queda ningún otro modo de sanar a cuantos tienen necesidad de sanación que éste. El verdadero discípulo entrega su cuerpo y derrama su sangre por los indefensos.

Señor Jesús, haz que abracemos a los niños y pobres indefensos. Cuéntanos entre los que a quienes eliges como ricos en la fe y herederos del reino. Ojalá guardemos la verdadera religión, de la que tuvo experiencia san Vicente de Paúl al acoger él personalmente a los niños y a los pobres (SV.ES XI:120).


23 Septiembre 2018

25º Domingo de T.O. (B)

Sab 2, 12. 17-20; Stg 3, 16 – 4, 3; Mc 9, 30-37