Twenty-Fifth Sunday in Ordinary Time, Year B-2015

From Vincentian Encyclopedia
Those who cultivate peace (Jas 3, 18)

Jesus, the just one, takes refuge in God. He will never be put to shame even if condemned to a shameful death.

The religious leaders want him dead. They find him obnoxious; his life as an itinerant preacher and healer, not like theirs, shows that he values what they devalue and he has regard for those disregarded by them.

It annoys them besides that Jesus blasphemes, boasting that God is his Father, that he demands radicalism in the fulfillment of the law and the prophets, that he does not keep the Sabbath and dispenses with tradition, putting into question their observance, their doctrines.

The religious authorities are even more troubled because they fear that Jesus’ popularity may give rise to an uprising that will drive the Romans to suppress it brutally and, finally, to annihilate the Jewish nation. And since Jesus seeks to reform the Temple worship and even speaks of the hour when there will be no temple needed to worship God, perhaps they ask themselves, “What would become of us whose livelihood comes from the Temple?”

No, Jesus accusers are not lacking in motive. Nor is he so naïve as to ignore the danger his mission entails. So, he warns his disciple, “The Son of Man is to be handed over to men and they will kill him, and three days after his death the Son of Man will rise.” That the resurrection is also predicted, this reveals his conviction that God will take care of him.

Thus does the Teacher intensely instruct his disciples by themselves. They have to know that if he is persecuted, they will be persecuted too. But the instruction turns out unintelligible to them. Could it be that they are not asking, preferring instead not to know anything more about death, because of their fear of it?

What is certain is that we find it difficult to understand the Teacher’s instruction. We still do not grasp what St. Vincent de Paul did, namely, “There is nothing good that does not meet with opposition” (SV.FR IV:12). Our lack of understanding is evident in our use of titles, “Most Reverend,” “Your Excellency,” “Your Eminence,” Pontifex Maximus, as well as in clericalism and careerism (see also EG 277).

And our difficulty is not just a question simply of refusing to be the most unimportant or the servant of the servants, failing thus to imitate Jesus. At times it is also about imitating unwittingly the accusers of Jesus, imposing on others harshly, taking ourselves to be the only and absolute measure of what is true, just, Christian, Catholic.

Would it not be better to remember Gamaliel’s advice on behalf of the persecuted and to sow communion, and not excommunication, to build up the body of Christ, instead of tearing it down?

Deliver us, Lord, from all exaggerated sense of our own importance.


VERSIÓN ESPAÑOLA

25º Domingo de Tiempo Ordinario B-2015

Los que procuran la paz (Stgo 3, 18)

A Dios se acoge el justo Jesús. Jamás quedará defraudado aunque condenado a una muerte ignominiosa.

Lo quieren muerto los dirigentes religiosos. Les resulta incómodo; su vida distinta de predicador y sanador itinerante demuestra que él valoriza lo que ellos desvalorizan y estima a los desestimados por ellos.

Les molesta además que Jesús blasfeme, gloriándose de tener por padre a Dios, que exija radicalidad en el cumplimiento de la ley y los profetas, que no guarde el sábado y prescinda de las tradiciones, poniendo en cuestión la observancia de ellos, sus doctrinas.

La autoridades religiosas se sobresaltan aún más porque temen que la popularidad de Jesús dará paso a una rebelión que impulse a los romanos a suprimirla brutalmente y, finalmente, a aniquilar la nación judía. Y como Jesús busca reformar el culto del templo, y hasta habla de la hora en que ya no habrá necesidad de ningún templo para dar culto a Dios, quizás se preguntan ellos: «¿Qué será de nosotros que vivimos del templo?».

No, no les falta motivo a los acusadores de Jesús. Ni es un ingenuo él para ignorar el peligro que su misión entraña. Por eso, advierte a los discípulos: «El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará». Que también se prediga la resurrección, esto manifesta su convicción de que hay quien se ocupa de él.

Así intensamente les instruye a solas el Maestro. Tienen que saber que si a él se le persigue, a ellos asimismo se les perseguirá. Pero la instrucción resulta ininteligible. ¿Será que no preguntan, prefiriendo no saber más de la muerte, por miedo a ella?

Lo cierto es que nos cuesta realmente entender la instrucción del Maestro. Aún no percibimos lo que san Vicente de Paúl, a saber, «No hay ningún bien que no sea combatido» (SV.ES IV:124). Nuestra incomprensión queda descubierta en nuestro uso de títulos: «Reverendísimo», «Excelentísimo», «Eminentísimo», Pontifex Maximus, y también en el clericalismo y el carrerismo (véase también EG 277).

Y nuestra dificultad no es cuestión simplemente de rehusar ser el más insignificante o el siervo de los siervos, fallando así en imitar a Jesús. A veces se trata también de imitar, sin darnos cuenta, a los acusadores de Jesús, imponiéndonos severamente a los demás, tomándonos por la única y absoluta medida de lo verdadero, lo justo, lo cristiano, lo católico.

¿No será mejor acordarnos del consejo de Gamaliel en favor de los perseguidos y sembrar la comunión, y no la excomunión, edificar el cuerpo de Cristo, en lugar de derribarlo?

Líbranos, Señor, de todo sentido exagerado de nuestra propia importancia.