Twenty-Fifth Sunday in Ordinary Time, Year A-2011

From Vincentian Encyclopedia
Are you so stupid? After beginning with the Spirit, are you now ending with the flesh? (Gal. 3:3—NABRE)

Seniority in a community, association, board or company connotes fidelity, perseverance and commitment. For this reason, they are deservedly honored with a celebration, even if simple, those who get to reach 25, 50, 75 or more years in priestly or religious ministry, marriage or certain employment.

Unfortunately, there is no lack of those with seniority who, instead of proclaiming the greatness of the Lord and singing the Te Deum, congratulate themselves vainly and stupidly, to use a Vincentian phrase [1], and recite a long litany of accomplishments, saying to themselves, “They will praise you, for you do well for yourself” (Ps. 49:19). They forget the unfathomable and unbelievable goodness of God, whose ways and thoughts are above human ways and thoughts. It does not occur to these self-complacent, conceited or, maybe, simply absent-minded folks, to reflect on the question in 1 Cor. 4:7, “What do you possess that you have not received?” Bent on asserting their supposed rights, they expect to receive better and greater compensation and demand that they not be made equal to the late-comers. So then, because they have an “an evil eye,” that is to say, so stingy, exceedingly self-centered and blinded by envy, they lose sight of the generosity and the grace of God, who takes the initiative to invite all to become part of his holy people, and on whom everybody depends, and before whom we are all poor and needy, beggars really.

As beggars are not choosers, the poor take what they are offered and do not grumble against the almsgiver. The poor proclaimed blessed by Jesus do not imitate those who tested God repeatedly and tried him though they had seen his wonderful works (Ps. 95:9). The poor do not take themselves so seriously as to consider themselves to be first, and to have seniority, and self-righteously set themselves apart from others, especially, the publicans, the sinners and the unclean (Lk. 5:30; 18:1). The poor know very well what St. Vincent de Paul knew, namely, that unless God is in the mix, human effort is bound to spoil everything [2]. Without either wide phylacteries or long tassels to wear, the poor never show themselves to be deserving of places of honor at banquets, or seats of honor in synagogues, or of respectful greetings in marketplaces (Mt. 23:5-7). It is enough for them that Christ is magnified in them, whether by life or by death. Like St. Paul, as seen by St. Augustine, the blessed poor do not seek what is theirs but what is Christ’s [3].

And being last, the poor are devoured as if they were bread, and hence they do not murmur nor are they shocked when they hear the hard saying about the bread and drink of life, which are the flesh and blood of Jesus (Ps. 14:4; 53:4; Jn. 6:41, 51-55). He, contrary to human ways and thoughts, did not come to be served but to serve and to give his life as a ransom for many; he has thus become the greatest and the first, because he had become the least and the last, the servant, of all (Mt. 20:26-28).

NOTES:

[1] Common Rules of the Congregation of the Mission XII, 3, 4.

[2] P. Coste XI, 342, 346, 441; XII, 106, 166.

[4] Cf. the non-biblical reading in the Office Readings, Liturgy of the Hours, for Wednesday of the Twenty-Fourth Week in Ordinary Time.


VERSIÓN ESPAÑOLA

25° Domingo del Tiempo Ordinario, Año A-2011

¿Tan tontos sois, que, habiendo comenzado por espíritu, termináis ahora en carne? (Gal. 3, 3)

El ser decano de una comunidad, asociación, junta o compañía debido a que uno les lleva a otros más tiempo o años, esto connota fidelidad, perseverancia y dedicación. Por eso se les festeja merecidamente, si bien de manera sencilla, a los que consiguen cumplir 25, 50, 75 o más años en el presbiterado,ministerio religioso, matrimonio o cierto empleo.

Desafortunadmente, no faltan decanos que en lugar de proclamar la grandeza del Señor y cantar el Te Deum, se felicitan a sí mismos—con complacencia vana y tonta, por usar frases vicentinas (RC XII, 3, 40)—y recitan una larga letanía de éxitos, diciéndose: «Todos te alaban, pues, te van muy bien las cosas» (Sal. 49/48, 19). Olvidan éstos la bondad insondable e increíble de Dios, cuyos caminos y planes son más altos que los nuestros. A ellos, engreídos , presumidos, o quizás simplemente despistados, no se les occurre reflexionar sobre la pregunta en 1 Cor. 4, 7: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» Empeñándose en hacer valer sus supuestos derechos, esperan recibir mayor y mejor remuneración y exigen que a ellos, los primeros, no se les trate igual que a los últimos. De modo que teniendo «ojo malo», es decir, tan tacaños, demasiado centrados en sus propios intereses y beneficios y ciegos de envidia, pierden de vista la generosidad y la gracia de Dios que toma la iniciativa de invitar a todos a formar parte de su comunidad santa, del cual todo el mundo depende, y delante de quien los hombres somos todos pobres y necesitados, mendigos realmente.

Como a buen hambre no hay pan duro, los pobres toman lo que se les ofrece y no murmuran contra el limosnero. Los pobres proclamados dichosos por Jesús no imitan ni a los que una y otra vez tentaron a Dios y le pusieron a prueba a pesar de haber visto ellos las maravillosas obras divinas (Sal. 95/94, 9). Los pobres no se dan demasiada importancia que se toman por primeros, por decanos, por gente con superioridad moral y se apartan de los demás, especialmente de los publicanos, los pecadores y los inmundos (Lc. 5, 30; 18, 1). Saben muy bien los pobres lo que sabía san Vicente de Paúl, a saber, que a no ser que Dios ponga su mano, el esfuerzo humano va a estropearlo todo (XI, 236, 238, 314, 409, 458). Sin tener ni filacterias grandes ni ropas con borlas vistosas que ponerse, los pobres jamás se presentan como dignos ni de los puestos de honor en los banquetes, o los primeros asientos en la sinagogas, ni de los saludos de respeto de parte de la gente (Mt. 23, 5-7). Les basta con que en ellos se glorifique Cristo, sea por la vida o por la muerte de ellos. Como el san Pablo de san Agustín de Hipona, los pobres bienaventurados no buscan lo suyo sino lo de Jesús.

Y a los pobres, los últimos, se les devora como si fueran pan, y es por eso que no murmuran ni se escandalizan al oír la enseñanza dura sobre el pan y la bebida de vida que son la carne y la sangre de Jesús (Sal. 14/13, 4; 53/52, 4; Jn. 6, 41. 51-55). Éste, al contrario de los caminos y planes humanos, no vino para ser servido sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos; se ha convertido así en el más grande y el primero, porque se había hecho el más pequeño y el último, el esclavo, de todos (Mt. 20, 26-28).