Twenty-Eighth Sunday in Ordinary Time, Year C-2016

From Vincentian Encyclopedia
Samaritans, Jews and other peoples glorifying the Lord

Jesus is our peace. He breaks down, then, the wall of enmity among Jews, Samaritans and other peoples.

Jews and Samaritans hate each other. Consequently, one group takes the other to be incapable of doing anything good. When such enmity prevails, a scorned person’s good deed provides scorners an opportunity to learn.

Jesus takes advantage of the Samaritan’s saving and thankful faith to show that salvation is for everyone—Jews, Samaritans, Gentiles. In effect, he warns likewise that it is indeed quite possible that Samaritans and prostitutes enter the kingdom of God ahead of those who despise them.

The warning remains relevant.

Of course, there is no lack today, in the society or in the Church, of self-righteous people. These believe they have a right to everything good, and they insist on their privileges that are due to their race or their hierarchical rank. Hence, they have no reason to thank anyone.

These individuals flaunt their wealth, moreover, and tirelessly repeat, “I am rich.” They claim, too, that they possess the whole truth and that they always tell it, at the same time that they call liar every opponent. They think they know everything and that they alone can fix things.

And they always find people to use as their accursed Samaritans. These people are the foreigners who, accusers claim, cross borders to commit heinous crimes. Accusers think, therefore, that a great chasm or a very high wall will protect them from these criminals. And it never dawns on these “self-made” individuals that their wealth may be due in part to poor immigrants.

Much less are these affluent folks capable of admitting something like what St. Vincent de Paul said. He admitted that “we live … on the sweat of poor people,” and that the bread that we eat comes to us “from the labor of the poor (SV.EN XI:190-191).

In imitation of Jesus

The saint served as a bridge between the rich and the poor. The self-satisfied, on the other hand, divide.

The latter want a great chasm or a very high wall. They divide to conquer, which is the policy of those who come so that others may serve them.

The former, in contrast, imitated the one who had come to serve. Those who understood nothing of the healing of Naaman tried to kill the Servant. And in the end, Jesus gave his body up and shed his blood to ransom even Samaritans. He remains faithful even to the unfaithful, for he cannot deny himself.

Grant us, Lord, to partake of the feast of rich food and choice wines that you provide for all peoples.

October 9, 2016

28th Sunday in O.T. (C)

2 Kgs 5, 14-17; 2 Tim 2, 8-13; Lk 17, 11-19


VERSIÓN ESPAÑOLA

Samaritanos, judíos y otros pueblos alabando a Dios

Jesús, nuestra paz, derriba el muro de enemistad entre los judíos, los samaritanos y los demás pueblos.

Los judíos y los samaritanos se odian unos a otros. Por tanto, un grupo toma al otro por incapaz de hacer algo bueno. Cuando prevalece tal enemistad, la buena acción de un despreciado constituye una oportunidad para enseñarles a los despreciadores.

Aprovecha Jesús la fe salvadora y agradecida del samaritano para indicar que la salvación es para todos: judíos, samaritanos, gentiles. Efectivamente, advierte él asimismo que es posible de verdad que los samaritanos y las prostitutas entren en el reino de Dios antes que aquellos que los desprecian.

La advertencia sigue siendo válida.

Hoy día, desde luego, no faltan autocomplacientes ni en la sociedad ni en la Iglesia. Ésos se creen con derecho a todo bien e insisten en sus privilegios por razón de raza o rango jerárquico. Por eso, no tienen por qué dar gracias a alguien.

Esos individuos ostentan su riqueza y no se cansan de repetir : «Yo soy rico». Declaran también que poseen toda verdad y que la dicen siempre, al mismo tiempo que llaman mentiroso a todo oponente. Creen que se lo saben todo y que son los únicos que pueden arreglar las cosas.

Y siempre encuentran a gente que les sirva de samaritanos proscritos. Esas gentes son los extranjeros a quienes se les acusa de cruzar fronteras para cometer crímenes atroces. Creen, pues, los acusadores que un abismo inmenso o un muro muy alto los protegerá de tales criminales. Nunca se les ocurre a los autosuficientes pensar que tal vez su opulencia se deba en parte a inmigrantes pobres.

Ni menos serán capaces esos acomodados de admitir algo parecido a lo dicho por san Vicente de Paúl. Admitió éste que «vivimos … del sudor de los pobres», que el pan que comemos nos «viene del trabajo de los pobres» (SV.ES XI:121).

A imitación de Jesús

El santo servía de puente entre los ricos y los pobres. Los satisfechos de sí mismos, por su parte, dividen.

Los últimos quieren un abismo inmenso o un muro muy alto. Dividen para vencer, la política de los que vienen para que le sirvan los demás.

El primero, en cambio, imitaba al que había venido para servir. Hubo un atentado contra éste de parte de los que nada entendían de la sanación del sirio Naamán. Al final, entregó Jesús su cuerpo y derramó su sangre para rescatar incluso a los samaritanos. Permanece fiel incluso a los infieles, porque no puede negarse a sí mismo.

Concédenos, Señor, participar en el festín de manjares suculentos y vinos añejos que tienes preparado para todos los pueblos.

9 de octubre de 2016

28º Domingo de T.O. (C)

2 Re 5, 14-17; 2 Tim 2, 8-13; Lc 17, 11-19