Twenty-Eighth Sunday in Ordinary Time, Year A-2020

From Vincentian Encyclopedia
Guests at the Kingly Wedding Feast

Jesus is the fullness of God’s revelation. And so through him, we get to know fully that God wants us all to be his pleasing guests.

As it turns out, those who are to be the guests at the start are not worthy. And that is why the king thinks it fit to turn into guests those who are on the crossroads.

We, of course, say that those who are to be the guests at the start stand for God’s chosen people. And the guests that come from the crossroads refer to the Christian community. It sees itself as the new people of God.

And those that make up this community are Jews that lack schooling. They are rough, rude, crude, ignorant. Not a few Gentiles, besides, join this “people of the earth.” So, the banquet is for everyone. Just as the feast of rich food and choice wines that Isaiah promises is for all peoples.

And we are, no doubt, happy that we are among God’s guests. But we cannot stop there. It is better that we take heed of the whole story, so that we grasp the lesson fully.

The full lesson for the guests

Part of the full lesson is that we Christians should not do as those whom God wants to be the guests at the start. They turn him down and do not prove to be worthy. Nor should we boast that we are the new Israel. For in the first place, it is not up to us or to our will or effort, but up to God’s mercy (Rom 9, 16). Some of the branches, yes, are broken off and we are grafted in their place (Rom 11, 17). But just the same, we who are the shoot of a wild olive do not hold up the root. Instead, the root holds us up (Rom 11, 18).

In the second place, God expects us who come from the crossroads to wear wedding garments. To do so means to empty ourselves of ourselves to put on Jesus Christ (SV.EN XI:311). That is to say, to empty ourselves of all selfishness that makes us less human. And to put on heartfelt mercy, kindness, humility, gentleness and patience (Col 3, 12).

And those who so empty themselves and put on Jesus Christ are truly human and not animals (SV.EN XII:222). When they eat, then, they are not like animals who only want to have their fill. Animals growl and even bite to drive others away.

But those who are as human as Jesus seek communion. And so, they make others more human, for they even them their flesh to eat and their blood to drink. They know how to live, then, as humans should, in need and in plenty, and to leave God for God (SV.EN IX:252).

Lord Jesus, grant to us, your guests, to watch closely what you have ready for us. In that way, we will know how to ready for you, in turn, the same kind of meal (St. Augustine).


11 October 2020

28th Sunday in O.T. (A)

Is 25, 6-10a; Phil 4, 1-14. 19-20; Mt 22, 1-14


VERSIÓN ESPAÑOLA

Convidados al banquete nupcial real

Jesús es la plenitud de la revelación de Dios. Por él, por lo tanto, se nos da a conocer plenamente que Dios quiere que seamos todos sus gratos convidados.

Resulta que los primeros convidados a la boda del hijo del rey no se la merecen. Y es por eso que tiene a bien el rey que se hagan sus convidados los que se hallan en los cruces de los caminos.

Decimos, desde luego, que los primeros convidados representan al pueblo elegido de Dios. Y los convidados de los cruces de los caminos se refieren a la comunidad cristiana. Ella se toma por el nuevo pueblo de Dios.

Y forman parte de esa comunidad los judíos sin educación. Son rústicos, groseros, no civilizados e ignorantes. Se le juntan también a esa «gente de la tierra» no pocos gentiles. Así que el banquete es para todos. Al igual que es para todos los pueblos el festín de manjares suculentos y de vinos de solera que el profeta Isaías promete.

Nos alegramos, claro, de que se nos cuenta entre los convidados de Dios. Pero en esto no nos hemos de detener. Mejor que tengamos en cuenta la historia entera para captar la lección completa.

La lección completa para los convidados

Forma parte de la lección completa que los cristianos no hagamos lo que los primeros convidados. Es que se resisten a Dios y, por lo tanto, no se merecen su banquete. Ni que presumamos de ser el nuevo Israel. Pues, en primer lugar, no depende de nuestra voluntad ni esfuerzo, sino de la misericordia de Dios (Rom 9, 16). Se cortan, sí, algunas ramas y se nos injerta a los gentiles en su lugar (Rom 11, 17). Pero igual, los que somos olivo silvestre no sustentamos la raíz; la raíz nos sustenta a nosotros (Rom 11, 18).

En segundo lugar, se espera de los convidados de los cruces de los caminos que nos vistamos de fiesta. Y vestirnos de fiesta quiere decir vaciarnos de nosotros mismos para revestirnos de Jesucristo (SV.ES XI:236). Es decir, vaciarnos de todo egoísmo que nos deja menos humanos. Y revestirnos de la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura y la comprensión (Col 3, 12).

Y los así vaciados de sí mismos y revestidos de Jesucristo no faltan de humanidad ni son bestias (SV.ES XI:561). No comen, pues, al igual que las bestias que solo buscan matar el hambre. Ellas gruñen y aun muerden para ahuyentar a las demás.

En cambio, los humanos al igual que Jesús buscan la comunión. Y así hacen más humanos a los demás. Es que incluso les dan a comer su carne y a beber su sangre. Saben, pues, vivir humanos en la pobreza y en la abundancia, y dejar a Dios por Dios (SV.ES IX:297).

Señor Jesús, concede a tus convidados fijarnos en lo que nos tienes preparado. Y así sabremos preparar para ti, a nuestra vez, algo semejante (san Agustín).


11 Octubre 2020

28º Domingo de T. O. (A)

Is 25, 6-10a; Fil 4, 1-14. 19-20; Mt 22, 1-14