Twenty-Eighth Sunday in Ordinary Time, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
God will fully supply whatever you need (Phil 4, 19)

God invites us to a sumptuous banquet. Do we accept the invitation with respectful gratitude?

The banquet is an image of the heavenly kingdom that Jesus ushers in and to which he calls us solely by his grace and without partiality. Many prophets and righteous people longed, during their lifetime, to hear the call and see the inauguration of the kingdom, but what they longed for was not granted them. So, blessed are we, for we see and hear Jesus invite us. All the more reason we have, then, to say yes and render him the respect he deserves.

To be part of the kingdom means intimate fellowship with the Lord and unsurpassable and inexhaustible abundance. It is to dwell with the Shepherd who strengthens the weak, enlightens the uncertain and troubled, and prepares a banquet for his chosen ones even in a hostile environment. If God is with us, we will lack nothing and will be invincible.

It is in our best interest to belong to the kingdom. One must take care, then, about seeking one’s own advantage, which often leads to insensitivity to the one who invites. No interest should be put ahead of God’s kingdom; the claim of the kingdom is absolute.

No, we cannot sacrifice on the altar of unfettered capitalism or unsustainable consumerism the life, the freedom, the happiness and the dignity of people, even of those who are deemed without value or use, but are precious in God’s eyes. We cannot put up, in the name of human law and homeland security, walls that exclude, forgetting that “we must obey God rather than men.” Those entrenched in their exclusivism, capitalist, consumerist or of any kind, hardly heed calls to liberality.

We cannot be infected either with affluenza. Too affluent, we become incapable of telling right from wrong and remain numb to the exploitation of workers or the defrauding of the widows, orphans and foreigners. We are forbidden to oppose, insult, persecute, calumniate or demonize those who live and preach the truth, justice, love, mercy and faithfulness.

And authentic participation in the Eucharistic banquet is the proof of acceptance of the invitation. Such participation means welcoming everybody, especially the poor, and putting no one to shame. If we now embody the just and supportive love that we hope to enjoy in heaven, then given to us indeed in the Eucharist is a pledge of future glory. St. Vincent de Paul is right in saying that “charity toward the neighbor is an infallible sign of the true children of God,” the true children of the kingdom (Coste XIII:423). Charity is the required wedding garment of respect.

Lord, grant us the grace to accept your invitation and to contemplate you, love you and serve you in the person of the poor.


VERSIÓN ESPAÑOLA

28º Domingo de Tiempo Ordinario A-2014

Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia (Fil 4, 19)

Nos invita Dios a un banquete suntuoso. ¿Aceptamos con gratitud respetuosa la invitación?

El banquete es imagen del reino celestial que Jesús instaura y al cual nos llama por solo su gracia y sin acepción de personas. Muchos profetas y justos, durante su vida mortal, desearon oír la llamada y ver la inauguración del reino, pero no se les concedió su deseo. Por eso, dichosos nosotros, porque vemos y oímos a Jesús invitarnos. Así que razón de más para decirle que sí y rendirle el respeto que merece.

Ser del reino significa dulce intimidad con el Señor y abundancia insuperable e inagotable. Es acampar con el Pastor que fortalece a los débiles, alumbra a los inciertos y atribulados, y prepara una mesa para sus escogidos, aun en un ambiente hostil. Si Dios está con nosotros, nada nos faltará y seremos invencibles.

Pertenecer al reino redunda, sí, en nuestro mejor interés. Cuidado, entonces, con procurar lo propio, lo que con frecuencia lleva a la insensibilidad al que convida. Ningún interés se ha de anteponer al reino de Dios; tiene el reino supremacía absoluta.

No, no podemos, en nombre ni de la ley humana ni de la seguridad nacional, levantar murallas de exclusión, olvidándonos de que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Los atrincherados en su exclusivismo, capitalista, consumista o de otro tipo, difícilmente se hacen caso de las invitaciones a la liberalidad.

Ni mucho menos podemos contagiarnos con «afluencia». Demasiado acomodados, nos hacemos incapaces de distinguir lo malo de lo bueno y nos quedamos adormecidos ante la explotación de obreros o la defraudación de viudas, huérfanos y forasteros. Se nos prohíbe oponernos, insultar, perseguir, calumniar o demonizar a los que viven y predican la verdad, la justicia, el amor, la misericordia, la fidelidad.

Y la participación auténtica en el banquete eucarístico es la prueba de la aceptación de la invitación. Tal participación significa acoger a todos, especialmente a los pobres, y no avergonzar a nadie. Si personificamos ahora el amor justo y solidario de que esperamos gozar en el cielo, entonces en la Eucaristía se nos da de verdad una prenda de la gloria futura. Con razón dice san Vicente de Paúl que «la caridad para con el prójimo es una señal infalible de los verdaderos hijos de Dios», verdaderos hijos del reino (X:574). La caridad es el requerido traje de fiesta respetuoso.

Señor, concédenos la gracia de aceptar tu invitación y de contemplarte, amarte y servirte en la persona de los pobres.