Twenty-Eighth Sunday in Ordinary Time, Year A-2011

From Vincentian Encyclopedia
Blessed are those who have been called to the wedding feast of the Lamb (Rev. 19:9—NABRE)

Through the Lord God’s invitation, we have come to the messianic feast. We are taking the place of those who had been invited first but then insulted the king by ignoring and even mistreating and killing the royal and loyal emissaries, the prophets. Through the transgression, then, of those who were invited first, salvation has come to us gentiles (Rom. 11:11).

And we are many who have been invited so that we fill the banquet hall. We hope, of course, that we will be counted among the few who are chosen. If God has deigned to invite us to take the place of those the original invitees, let us not be as presumptuous like them lest we end up being replaced by others too. Have we come wearing the proper wedding garment?

As God’s chosen ones, holy and beloved, we are to put on heartfelt compassion, kindness, humility, gentleness, patience, and love, above all, which is the bond of perfection (Col. 3:12-14). Anyone coming to the wedding feast without the wedding garment will be cast into the darkness outside. And even if one without the proper dress manages to stay, eating and drinking will do him no good, “for anyone who eats and drinks without discerning the body, eats and drinks judgment on himself” (1 Cor. 11:17-34).

And if we who make up the people or the Church of God, and are partakers of the Lord’s feast, find ourselves weak and infirm, could it be because, not guided by humility, we regard ourselves as more important than others and, focused on our own interests, we look out only for our profit, advance and position of honor and power, so that we do not wait for one another, show contempt for the Church of God, make the poor feel ashamed and let them go hungry, while we fill ourselves with rich food and choice wines? Have we not forgotten perhaps that the feast God provides is for all peoples, that the Church is not just for us but for others as well, and, for this reason, lack credibility and fail to convince despite our words being unequivocal, absolute, eloquent and moving?

The well-being of the Church, its vitality, its growth, depends on God, of course. The Church can do everything in him who strengthen it. But God makes use mainly of the humble and the poor, gathered and found at the crossroads, who love truly and so much—it does not matter whether they are Christians or not—that they are willing to accept death in order to save others, just as the Lamb who was slain did [1].

God makes use of servants like Father Arthur J. Kolinsky, C.M. [2]. In the life of this simple, joyful, committed and beloved missionary was revealed the truth of the Vincentian saying: “When love dwells in a soul, it takes full possession of its faculties. It does not rest. It is a fire that is unceasingly active.” How Father Artie delighted indeed in partaking—properly dressed, of course, but not in the style either of those dressed in fine clothing who live in palaces or of those who wear special insignias and put on robes with long tassels—of the food and feasts of the poor and how rich, pure and delicious he found them!

NOTES:

[1] Cf. http://iglesiadescalza.blogspot.com/2011/09/vatican-ii-lost-and-betrayed.html (accessed October 6, 2011).

[2] Cf. http://library.constantcontact.com/download/get/file/1102296457537-210/homily_arturo.pdf; http://www.youtube.com/watch?v=U87TcYw7Tz0 and http://www.youtube.com/watch?v=gN0Y76gk148&feature=related (accessed October 8, 2011).


VERSIÓN ESPAÑOLA

28° Domingo del Tiempo Ordinario, Año A-2011

¡Dichosos los que han sido convidados a la cena de las bodas del Cordero! (Apoc. 19, 9)

Por la invitación del Señor Dios, hemos venido al banquete mesiánico. Tomamos los lugares de aquellos primeros invitados quienes, insultándole al rey celestial, no hicieron caso a la invitación y hasta persiguieron y mataron a los emisarios reales y leales, los profetas. Por la transgresión, pues, de los primeros invitados, se nos ha abierto a nosotros los gentiles la puerta de la salvación (Rom. 11,11).

Y somos muchos los llamados para relevar a otros así que llenamos el salón del banquete. Esperamos, desde luego, que a nosotros se nos cuente entre los pocos escogidos. Si Dios se ha dignado a reemplazarles a los primeros convidados con nosotros, entonces no nos hagamos tan presentuosos como ellos que también acabemos con ser reemplazados. ¿Hemos entrado nosotros vestidos de fiesta?

Nuestro uniforme, como elegidos de Dios, santos y amados, ha de ser la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión, el amor, sobre todo, que es el ceñidor de la unidad consumada (Col. 3, 12-14). Quien viene al banquete sin este debido traje de boda será arrojado fuera, a las tinieblas. Y aún si éste logra quedarse en el banquete, no le servirá para nada el comer y beber, pues, el que come y bebe sin discernir el cuerpo acabará comiendo y bebiendo su propia condena (1 Cor. 11, 17-34).

Y si los que somos el pueblo o la Iglesia de Dios, y partícipes del banquete del Señor, nos encontramos débiles y enfermos, ¿no sería porque, no dejándonos guiar por la humildad, nos consideramos superiores a los demás y, encerrados en nuestros intereses, velamos sólo por nuestros provechos, ascensos y puestos de honor y poder, de modo que no nos esperamos unos a otros y menospreciamos a la Iglesia de Dios y avergonzamos a los pobres y les dejamos pasar hambre mientras nos saciamos de manjares suculentos y de vinos de solera generosos? ¿Acaso no nos hemos olvidado de que es para todos los pueblos el banquete del Señor, de que la Iglesia no es solamente para nosotros sino para otros también, y por eso, por muy inequívocas, absolutas, elocuentes y conmovedoras que sean nuestras palabras, nos sigue faltando la credibilidad o a muy pocos conseguimos convencer?

La salud de la Iglesia, su vitalidad y su crecimiento, por supuesto, depende de Dios. En aquel que la conforta todo lo puede la Iglesia. Pero Dios se sirve principalmente de los humildes y pobres, reunidos y encontrados en los cruces de los caminos, que tanto y verdaderamente aman—sin que importe si sean cristianos o no—que están dispuestos a aceptar la muerte para salvar a otros, como lo hizo el Cordero que se sacrificó (http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2011/09/10/concilio-tracionado-concilio-perdido-igldsia-religion-vaticano-papas-curia.shtml).

Se sirve Dios de siervos como el Padre Arturo J. Kolinsky, C.M. En la vida de este sencillo, alegre, dedicado y querido misionero paúl se demostró la verdad del dicho vicentino: «La caridad, cuando mora en un alma, toma posesión completa de todas sus potencias. Nunca descansa. Es un fuego que actúa sin cesar». ¡Cómo le encantaba de verdad al Padre Arturo ser partícipe—debidamente vestido de fiesta, claro, pero no al estilo ni de los que viven en los palacios y usan ropas de lujo ni de los que llevan insignias especiales y usan ropas con borlas vistosas—de las comidas y fiestas de los pobres y cuán enjundiosas, ricas y deleitables las encontraba!