Twentieth Sunday in Ordinary Time, Year B-2018

From Vincentian Encyclopedia
Flesh and Blood of the New and Everlasting Covenant

Jesus Christ offers us his flesh as true food and his blood as true drink. If we eat his flesh and drink his blood, we have life within us.

This time, Jesus does not spark murmuring but a quarrel. They quarrel among themselves those who do not understand how Jesus can give them his flesh to eat.

Jesus does not fail to answer those who are asking for explanation. First, he warns them that unless they eat his flesh and drink his blood, they do not have life within them. He, then, states that those who eat his flesh and drink his blood have eternal life. He further adds that he will raise them on the last day. And he offers other motives.

Clearly, Jesus does not take back his teaching. Rather, he doubles down on it, steadfastly and unequivocally: “My flesh is true food, and my blood is true drink.” He leaves out, however, the question of how. In other words, he does not give them the explanation they want.

And it is just as well. We who take offense, grumble, quarrel or refuse to believe, hardly find any explanation convincing. Often, our prejudices, presuppositions or old knowledge hinder us. This suggests, then, that to understand, one has to believe.

And so, better to accept the invitation, “Come, and you will see,” or “Taste and see the goodness of the Lord.” After all, the proof of the pudding is in the eating. Or, appetite comes with eating. Those who give, trying the Lord, will receive from him plentiful blessing (Mal 3, 10). They will see, then, that to give is to receive.

Those who accept Jesus’ invitation see how life-giving are his flesh and blood. They get to understand that to die is to live.

Jesus reveals the mystery of his person to those who, taking the leap of faith, go to him. He makes them see that foolishness means wisdom, loss salvation, self-emptying fullness, the cross exaltation, life death. He opens their eyes as they eat his flesh and drink his blood. Just as he opened the eyes of the two disciples at Emmaus.

Just as Jesus opened the eyes of the one who finally surrendered himself decidedly to him and to the poor. The latter, filled with the Spirit and remaining in Jesus, became a mystic of charity. He loved God and saw to it that others love him, too (SV.EN XII:215). He got to recognize Jesus and to state unequivocally, “Jesus Christ is our father, our mother and our all (SV.EN V:537).

Lord Jesus, draw us and make us come to you. We will thus grasp the full meaning of your teaching that your flesh is true food and your blood, true drink.


19 August 2018

20th Sunday in O.T. (B)

Prov 9, 1-6; Eph 5, 15-20; Jn 6, 51-58


VERSIÓN ESPAÑOLA

Carne y sangre de la nueva y eterna alianza

Jesucristo nos ofrece su carne como verdadera comida y su sangre como verdadera bebida. Si comemos su carne y bebemos su sangre, tenemos vida eterna.

Esta vez no provoca Jesús una crítica, sino una disputa. Disputan entre sí quienes no se explican cómo puede él darles de comer su carne.

No deja de contestar Jesús a los que piden explicación. Les advierte que no tienen vida en sí mismos los que no comen su carne ni beben su sangre. Afirma, luego, que quienes comen su carne y beben su sangre tienen vida eterna. Añade además que él los resucitará en el último día. Y les ofrece otros motivos.

Queda claro que Jesús no retira su enseñanza controversial. La reitera, más bien, resuelta e inequívocamente: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». Deja, sin embargo, a un lado la cuestión de cómo. En otras palabras, él no les da la explicación que buscan.

Y mejor que así sea. Es que a los que desconfiamos, murmuramos, disputamos o rehusamos creer, a nosotros difícilmente nos resulta convincente una explicación. Con frecuencia, nos obstaculizan nuestros prejuicios, presuposiciones o viejos conocimientos. Da a entender esto que, para comprender, hay que creer.

Nos conviene, entonces, aceptar la invitación: «Venid y veréis», o «Gustad y ved qué bueno es el Señor». Después de todo, el movimiento se demuestra andando, o el apetito viene al comer uno. Los que dan, probándole al Señor, recibirán de él bendición sin medida (Mal 3, 10). Así verán ellos que dar es recibir.

Quienes aceptan la invitación de Jesús ven lo vivificadoras que son su carne y su sangre. Logran comprender que morir significa vivir.

Jesús revela el misterio de su persona a los que, dando el salto de fe, acuden a él. Los hace ver que la necedad significa sabiduría, la perdición salvación, el anonadamiento plenitud, la cruz exaltación, la muerte vida. Les abre, sí, los ojos, mientras comen ellos su carne y su sangre. Así como les abrió los ojos a dos discípulos en Emaús.

Así como le abrió también Jesús los ojos al que finalmente se entregó resueltamente a él y a los pobres. Éste, dejándose llenar del Espíritu y habitando en Jesús, se hizo místico de la caridad. Amó a Dios y procuró que lo amasen también los demás (SV.ES XI:553). Y consiguió reconocer a Jesús y declarar inequívocamente: «Jesucristo es nuestro padre, nuestra madre y nuestro todo» (SV.ES V:511).

Señor Jesús, atráenos y haznos venir a ti. Así captaremos el pleno sentido de tu enseñanza de que tu carne es verdadera comida y tu sangre, verdadera bebida.


19 Agosto 2018

20º Domingo de T.O. (B)

Prov 9, 1-6; Ef 5, 15-20; Jn 6, 51-58