Twelfth Sunday in Ordinary Time, Year A-2017

From Vincentian Encyclopedia
See the Master, and you see the Father

Jesus alone makes us see the Father fully.

We can see the Father fully, even here below, through his only Son. He is in the bosom of the Father there above.

That is because the only Son has become flesh and dwelt among us in Jesus. He is the same as the one who is in the bosom of the Father in the beginning. At present, he is in the Father and the Father is in him.

So, to see Jesus, who is the same yesterday, today, and forever, is to see the Father. To see the weak and helpless Jesus is to see the Lord who is our strength and stronghold. When Jesus helps us, the Lord God helps us. If “God-with-us” is on our side, we are not afraid. What can anyone do to us? That is why Jesus urges us not to fear those who kill the body but cannot kill the soul. They cannot do anything to anyone in whom Jesus abides. Jesus rose from death. So, mockers at Golgotha could not fully delight with ill will in the distress and shame of the Crucified. Gloaters who say, “Let’s see if he slips, so we can dupe him,” do so uselessly.

In other words, it is better to trust in the Lord than to rely on humans. It is better to entrust our cause to Jesus and his poverty, weakness and foolishness, than to trust in princes and their wealth, strength and wisdom.

What profit would there be for us to gain the whole world and forfeit our life?

We strive to guard against all greed. Greed dulls the feeling of the rich fool and numbs his tenderness. He falls in love with himself. In contrast to Adam who wonders, the rich man sees himself his own helpmate. That is why he is less human.

And nameless, unfulfilled, is the rich man who lacks concern. The poor man, on the other hand, has the name Lazarus, “God is my help.” That is because God rescues the life of the poor from the power of the wicked. Eternal life is the outcome likewise of those who make their distrust of human strength the basis of the trust that we have to put in God (cf. SV.EN III:143).

We cannot see either Jesus or the Father unless we see those crucified with Christ in the outskirts. Heaven remains closed to those who do not acknowledge them before human beings. And lack of concern means that one does not share yet in the grace of the one person Jesus Christ.

Lord, make us see the Eucharist as the source and summit of the procession of people going to and coming from those in need (cf. SV.EN IX:192).

25 June 2017

12th Sunday in O.T.

Jer 20, 10-13; Rom 5, 12-15; Mt 10, 26-33


VERSIÓN ESPAÑOL

Ver al Señor Jesús es ver al Padre

Solo Jesús nos hace ver al Padre plenamente.

Podemos ver plenamente al Padre, incluso acá abajo, por el Hijo unigénito. Éste está en el seno del Padre allá arriba.

A Dios, ciertamente, ninguna creatura humana lo ha logrado ver jamás. Quien lo da a conocer es el Unigénito.

Es que el Unigénito se ha hecho carne y ha acampado entre nosotros en la persona de Jesús. Él es el mismo que está en el seno del Padre en el principio. En el presente, está en el Padre y el Padre en él.

Así, pues, ver a Jesús, el mismo ayer y hoy y por los siglos, es ver al Padre. Ver a Jesús débil e indefenso es ver a Dios que es nuestra fuerza y nuestro baluarte. Auxiliándonos Jesús, nos auxilia el Señor Dios del Universo. Estando de nuestra parte «Dios-con-nosotros», no tememos; pues, ¿qué podrán hacernos los hombres?

Jesús nos exhorta, por eso, a no temer a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No podrán con el que con quien está el Señor. Porque resucitó Jesús, los burladores de Gólgota no por completo se complacieron maliciosamente de la desgracia y la vergüenza del Crucificado. En vano se regodean los amigos falsos que dicen: «A ver si se deja seducir».

En otras palabras, es mejor refugiarnos en el Señor que fiarnos de los hombres. Es mejor encomendar nuestra causa a Jesús y su pobreza, debilidad, locura, que confiar en los magnates y su riqueza, fuerza, sabiduría.

¿De qué nos sirve ganar el mundo entero si nada nos quedará sino ver arruinada nuestra vida?

toda codicia procuramos guardarnos. Ella embota el sentir del rico insensato y le cierra las entrañas. Se enamora él de sí mismo. A diferencia de Adán que se maravilla al ver a Eva, el rico se toma por ayuda adecuada. Él es, pues, menos humano.

Y queda sin nombre, sin realizarse, el hombre rico. En cambio, el pobre se llama Lázaro, «el ayudado por Dios». Es que Dios libra la vida del afligido que lo invoca de manos de los impíos. La vida eterna además es el desenlace de cuantos hacen de su desconfianza en las fuerzas humanas el fundamento de la confianza que se debe poner en Dios (cfr. SV.ES III:124).

No podemos ver ni a Jesús ni al Padre sin ver a los crucificados con Cristo en las periferias. Sin ponernos de su parte ante los hombres, nos queda cerrado el cielo. Y la indiferencia indica que uno no es partícipe aún de la gracia que corresponde solo a Jesucristo.

Señor, concédenos ver la Eucaristía como fuente y cumbre de toda procesión de cuantos van a gentes necesitadas y vienen de ellas (cfr. SV.ES IX:232).


25 Junio 2017

12º Domingo de T.O.

Jer 20, 10-13; Rom 5, 12-15; Mt 10, 26-33