Thirty-Third Sunday in Ordinary Time, Year C-2019

From Vincentian Encyclopedia
Overcome through Him Who Loves Us

Christ Jesus fully reveals the love of God. And since no one and nothing at all can separate us from this love, we more than overcome.

Does not the reality or possibility of natural disasters and social unrests frighten us? Do we, then, not wonder if we could save our lives and overcome? And does it not cross our minds that maybe Jesus’ words in today’s Gospel are now coming true?

If all this frightens us, then, we shall not overcome. We can easily fall prey to sects that worry too much about the end of the world. But Jesus tells us not to follow the self-righteous who say, “The time has come.”

Jesus, moreover, does not want us to be frightened. Even his words of warning are spirit and life (Jn 6, 63), giving us not cowardice but courage (see 2 Tim 1, 7). They are part, yes, of the Good News.

And so, there is good news when Jesus foretells destruction. For it tells us that he loves his own people. So much so that he weeps for them and Jerusalem, with its temple that is so much part of the Jewish consciousness.

Jesus wants his people to enjoy true peace. And that is why, wholly true to Jeremiah’s prophecy (7, 2-7), he tells them not to fool themselves. They are not to put their trust on something of which nothing will be left someday. In other words, their false sense of security has to go. It means, among other things, that temple worship needs to give way to worship in Spirit and truth. And such worship entails doing justice and caring for the poor (Is 58, 6-7).

We shall overcome by clinging steadfastly to Jesus.

The destruction of so much of our “temple” upsets many of those who grew up in Christian countries. The low and high Masses in Latin. Golden vessels, silken vestments, elaborate rituals. The grip and sway that the Church has on and over society.

But there is good news in this also: we can go back to basics. To giving ourselves to the teaching of the apostles. To being a community of believers of one heart and mind, where there is no needy person. Where every day is a World Day of the Poor. And to the breaking of bread and to the prayers. We can, then, be the Church of the poor again, clinging to Jesus above all and keeping the true religion (SV.EN.XI:190). Honoring him in the person of the poor (see St. John Chrysostom).

And there is, moreover, good news in persecution, imprisonment, trials and hatred because of Jesus’ name. In toil and drudgery, too. For all this will make for our bearing witness to him, happy to suffer for the sake of his name.

Lord Jesus, may you truly be our temple. And make us your sacrament, the house of God on earth and the gate of heaven, so that we may overcome.


17 November 2019

33rd Sunday in O.T. (C)

Mal 3, 19-20a; 2 Thes 3, 7-12; Lk 21, 5-19


VERSIÓN ESPAÑOLA

Vencedores por aquel que nos ama

En Cristo Jesús se manifiesta plenamente el amor de Dios. Y como nadie, nada, en absoluto podrá apartarnos de ese amor, más que vencedores somos.

Ante la realidad o la posibilidad de desastres naturales y disturbios sociales, ¿no nos preguntamos si nos salvaríamos? ¿Si ganaríamos nuestras almas y seríamos vencedores? Y, ¿no se nos ocurre también que quizás ya se estén cumpliendo las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy?

Si esto nos atemoriza, entonces fácilmente podremos caer presas de las sectas obsesionadas por el fin del mundo. Pero nos manda Jesús no ir tras los con pretensiones de superioridad moral que dicen: «Está llegando el tiempo».

Jesús, además, nos exhorta a no tener pánico. Incluso sus palabras de advertencia son espíritu y vida (Jn 6, 63), infundiendo no cobardía sino valentía (véase 2 Tim 1, 7). Forman parte, sí, de la Buena Nueva.

Así que es buena noticia la predicción de Jesús sobre la destrucción. Pues se nos indica que él ama a su pueblo. Tanto que llora por su pueblo y por Jerusalén, con su templo que forma gran parte de la conciencia judía.

Desea Jesús la verdadera paz para los judíos. Por eso, dando plenitud a la profecía de Jeremías (7, 2-7), les dice que no se engañen a sí mismos. No han de poner la confianza en algo del que nada quedará un día. En otras palabras, tiene que desaparecer su falso sentido de seguridad. Significa esto que, entre otras cosas, el culto del templo debe ceder el paso al culto en Espíritu y verdad. Y tal culto supone hacer justicia y cuidar a los pobres (Is 58, 6-7).

Seremos vencedores aferrándonos a Jesús con perseverancia.

La destrucción de muchos elementos de nuestro «templo» molesta a muchos de nosotros que nos criamos en países cristianos. Las misas solemnes y no solemnes en latín. Vasos de oro, vestiduras de seda, ritos elaborados. El control y la influencia que ejerce la Iglesia en la sociedad.

Todo esto es buena noticia asimismo: podemos volver a lo fundamental. A la perseverancia en la enseñanza de los apóstoles. A formar una comunidad de creyentes con un solo corazón y una sola alma, donde no hay ningún pobre. Donde todos los días constituyen Jornada Mundial de los Pobres. A la perseverancia en la fracción del pan y en las oraciones. Podremos ser de nuevo la Iglesia de los pobres, aferrada a Jesús sobre todo y guardando la verdadera religión (SV.ES XI:120) y honrándole en la persona de los pobres (san Juan Crisóstomo).

Son buena noticia además las persecuciones, los encarcelamientos, las pruebas y los odios por causa del nombre de Jesús. Y también los cansancios y las fatigas. Todo esto nos servirá de ocasión para dar testimonio de él, contentos nosotros por sufrir por su nombre.

Señor Jesús, que seas de verdad nuestro templo. Y haz de nosotros tu sacramento, la casa de Dios y la puerta del cielo en la tierra. Así seremos vencedores.


17 Noviembre 2019

33º Domingo de T.O. (C)

Mal 3, 19-20a; 2 Tes 3, 7-12; Lc 21, 5-19