Thirty-Third Sunday in Ordinary Time, Year B-2015

From Vincentian Encyclopedia
He took his seat at the right hand of God (Heb 10, 12)

Jesus is our hope.

In difficult, painful and failed times, we are tempted to despair even of humanity’s future. But sometimes, joyful and proud of our accomplishments and of scientific advances, we presume that the planned tower will inevitably reach heaven.

Jesus stands in the midst of those who are tempted. He does not want us to sin by presumption. Being “tarnished by pessimism or sin” does not fit who we are as people saved in hope.

Nor is it becoming of us to presume “that humanity can and must do what no God actually does or is able to do” (Spe Salvi 42). Such presumptuous claim gives birth to “the greatest forms of cruelty and violations of justice.” That selfishness can spoil the good there is in things, in the sciences, too, is illustrated in the parable of the rich fool.

The one who comes to our assistance is the Hope of Israel (Acts 28, 20). He inspires hope: the first disciples follow him right away; whole town comes before him, expecting one form of healing or another; thousands go after him to the desert, hoping to see his signs and hear his teachings.

He teaches us not to worry about our needs, to trust in our heavenly Father who knows what we need and will surely provide for us, so provident that he is, and so powerful that he accomplishes what human beings cannot. He expects those who hope in Providence to sell their belongings and give alms, not to worship money.

But Jesus teaches above all by exemplifying the life devoted first and completely to God’s kingdom and justice. He empties himself of everything, becoming poor to enrich us. So evident is his trust in God that the religious leaders use it to mock him: “He trusted in God; let him deliver him now if he wants him.”

And the Just One will hope in God to the end: “Father, into your hands I commend my spirit.” The final outcome will prove that indeed those who put their hope in God, neither despairing nor congratulating themselves vainly and presumptuously, “will always be under God’s protection” (CRCM II, 2; XII, 3). They will know that tribulation and darkness point to and usher in the vision of the glorious Son of Man.

We humans will attain the hoped for outcome only if we follow the way of the Suffering Servant. The Eucharist, memorial of Christ’s passion and pledge of future glory, makes this clear.

Lord, grant us the resiliency of hope.


VERSIÓN ESPAÑOLA

33º Domingo de Tiempo Ordinario B-2015

Está sentado a la derecha de Dios (Heb 10, 12)

Jesús es nuestra esperanza.

En tiempos difíciles, dolorosos y fracasados, somos tentados a desesperarnos incluso del futuro de la humanidad. Pero a veces, se nos tienta, gozosos y orgullosos de nuestros éxitos y de los adelantos científicos, a presumirnos de que inevitablemente llegue hasta el cielo la torre proyectada.

En medio de los tentados se pone Jesús. No quiere que pequemos por desesperación. Ofuscarnos «por el pesimismo y por el pecado» no concuerda con nuestra forma de ser como personas salvadas en esperanza.

Tampoco corresponde con nuestra forma de ser la presunción «de que la humanidad pueda y deba hacer lo que ningún Dios hace ni es capaz de hacer» (Spe Salvi 42). De tal pretensión presuntuosa nacen «las más grandes crueldades y violaciones de la justicia». Que tan fácilmente pueda el egoísmo estropear lo bueno que hay en las cosas, en las ciencias también, esto queda ilustrado en la parábola del rico necio.

El que viene a auxiliarnos es la Esperanza de Israel (Hch 28, 20). Él infunde esperanza: le siguen enseguida los primeros discípulos; se presenta ante él población entera, en espera de una curación u otra; van tras él hasta el desierto miles de gente, esperando ver sus signos y oír sus enseñanzas.

Nos enseña a no afanarnos por nuestras necesidades, a confiar en nuestro Padre celestial que sabe qué cosas necesitamos y nos las propiciará seguramente, tan providente que es, y tan poderoso que realiza lo imposible para los hombres. Y se espera de los que esperamos en la Providencia que vendamos sin miedo nuestros bienes y demos limosna, que no demos culto al dinero.

Pero Jesús enseña sobre todo ejemplificando la vida dedicada primera y totalmente al reino y la justicia de Dios. Se despoja de todo, haciéndose pobre para enriquecernos. Tan patente es su confianza en Dios que más adelante se servirán de ello los dirigentes religiosos para burlarse de él: «¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora».

Y el Justo hasta el fin tendrá puesta su esperanza en Dios: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Su desenlace comprobará que realmente quien espere en Dios, sin desesperación ni complacencia vana y presuntuosa, «vivirá siempre bajo la protección de Dios» (RCCM II, 2; XII, 3). Sabrán que las tribulaciones y las tinieblas señalan y dan paso a la visión del glorioso Hijo del Hombre.

Llegaremos los hombres al desenlace esperado solo si seguimos el camino del Siervo Sufriente. Esto lo deja claro la Eucaristía, conmemoración de la pasión de Cristo y prenda de la gloria futura.

Señor, concédenos la esperanza que nos dé la capacidad de recuperación.