Thirty-Third Sunday in Ordinary Time, Year A-2011

From Vincentian Encyclopedia
Just so, your light must shine before others (Mt. 5:16—NABRE)

The parable in today’s gospel reading teaches that the period of waiting for our Savior Jesus Christ, who will arrive only “after a long time,” is not the time to do nothing. The warning is addressed, I suppose, to “those who are conducting themselves … in a disorderly way, by not keeping busy but minding the business of others” (2 Thes. 3:11). But the warning is specifically for all those to whom the Lord has handed over the good news.

What the Lord has entrusted—it can properly be called ‘tradition’ on the basis of the original Greek word [1]—has to be spread so that more people may be gained for the Lord. Entrusting his possessions to us, the Lord trusts us and recognizes our ability and the level of ability of each one. We will offend him if, not letting go of our fear and our lack of confidence in ourselves, we do not do anything with what has been passed on to us.

To keep away the Gospel, then, from the unlettered, for fear they may run the risk of misunderstanding it, is not permitted. Forbidden too is to bury the Gospel and try to render it innocuous—something that does not challenge anyone and whose demands can easily be explained away conveniently, something that is not pertinent since it is up there in the sky or far away across the sea or down there in the abyss (cf. Rom. 10:6-8). It is, on the other hand, required that we search for ways, at once simple, understandable and convincing, to bring the good news to the poor and the illiterate.

Such search supposes the solicitude and diligence of the worthy wife in the first reading as well as the wisdom and creativity of that scribe instructed in the kingdom of heaven who brings out from the storeroom both the new and the old (Mt. 13:52).

We are afraid of the new as well as of the old, aren’t we? They are not few, those who, concerned about the truth of doctrine and the rightness of morality or feeling threatened in some way, cannot tolerate studies of the Sacred Scripture that yield novelties like certain historical approximations [2] and theologies that aim at the liberation of the poor and of women. These studies are despised and are not given sufficient time and ample opportunity for everything to be carefully tested in view of retaining what is good and avoiding every kind of evil (cf. 1 Thes. 5:20-22).

Anyway, we are told to be enterprising in one way or another with the Gospel. Christians cannot have the static attitude of the Sadducees that makes for the divine word being perceived as insipid [3]. We also guard against the extremely exuberant imagination of the Pharisees that gives rise to human tradition replacing God’s commandment. We firmly believe, yes, that the Gospel is living and effective, it prunes and cleanses, it refreshes and satisfies (Heb. 4:12; Jn. 15:3; Is. 55:10-11). Like St. Vincent de Paul—as pointed out by Jacques Delarue—the Gospel and life should be our two fundamental sources [4]. To trade with the Gospel so that the number of Christ’s followers may increase means to see to it that the whole of the Gospel is put into the whole of our lives.

The Gospel and life thus integrated, our proclamation will not just be by words but also by deeds, which will go to show that we are children of the Light, whose outstanding radiance is emitted in the giving up of his body and the shedding of his blood.


NOTES:

[1] The New Jerome Biblical Commentary (Englewood Cliffs, NJ: Prentice-Hall, Inc., 1990) 42:144.
[2] Cf. http://www.ncronline.org/node/20835 (accessed November 11, 2011).
[3] The New Jerome Biblical Commentary.
[4] The Holiness of St. Vincent de Paul, trans. (London: Geoffrey Chapman Ltd., 1960) 51.


VERSIÓN ESPAÑOLA

33° Domingo del Tiempo Ordinario, Año A-2011

Alumbre así vuestra luz a los hombres (Mt. 5, 16)

La parábola en el evangelio de hoy enseña que el período de espera de nuestro Salvador Jesucristo, quien llegará sólo «al cabo de mucho tiempo», no es el tiempo para no hacer nada. La advertencia se dirige, por supuesto, a los que «viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada» (2 Tes. 3, 11). Pero la advertencia es expresamente para todos a quienes el Señor ha encargado la buena noticia.

El encargo del Señor—«tradición» apropiadamente se puede llamar también a base de la palabra griega original—se ha de propagar para que se gane más gente para el Señor. Él, dejándonos encargados de sus bienes, se fía de nosotros y reconoce nuestra capacidad y el nivel de capacidad de cada uno. Ofenderemos a nuestro Señor si, debido a que no nos hemos dejado de nuestro miedo y de nuestra desconfianza de nosotros mismos, no hacemos nada con lo que él nos ha entregado.

No es permitido, pues, mantener alejado el Evangelio de los iletrados por temor de que corran riesgo de entenderlo mal e incorrectamente. Se prohíbe asimismo esconder el Evangelio y tratar de hacerlo inocuo—algo que no desafía a nadie y para cuyas exigencias se puede encontrar fácilmente una explicación conveniente, algo que no nos atañe porque está arriba en el cielo o más allá del océano o abajo en el abismo (cf. Rom. 10, 6-8). Por otro lado, se requiere que se busque cómo anunciar la buena noticia a los pobres y analfabetos de manera tanto sencilla como inteligible y convincente.

Tal búsqueda supone la solicitud y la diligencia de la mujer hacendosa de la primera lectura y la sabiduría y la creatividad del escriba que entiende del reino de los cielos, el que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo (Mt. 13, 52).

De lo antiguo y de lo nuevo tenemos miedo, ¿cierto? No son pocos los que, preocupados por la verdad de la doctrina y la rectitud de la moralidad o sintiéndose amenazados de algún modo, no pueden soportar unos estudios de la Sagrada Escritura que resultan en ciertas novedades como unas aproximaciones históricas o una teología dedicada a la liberación o de los pobres o de las mujeres. Se desprecian estos estudios y a ellos no se les otorgan tiempo suficiente y oportunidad amplia para que todo se examine bien a fin de quedarnos con lo bueno y evitar lo malo (1 Tes. 5, 20-22).

De todos modos, se nos dice que hemos de ser emprendedores de una manera u otra con el Evangelio. Los cristianos no podemos tener la actitud estática de los saduceos que contribuye a que se perciba sosa la palabra divina. También nos precaveremos de la demasiado exuberante imaginación de los fariseos que da lugar a que se cambie el mandamiento de Dios por tradiciones humanas. Creemos firmemente sí que el Evangelio es vivo y eficaz, poda y purifica, refresca y sacia (Heb. 4, 12; Jn. 15, 3; Is. 55, 10-11). Como san Vicente de Paúl—de acuerdo con lo escrito sobre él por Jacques Delarue—el Evangelio y la vida han de ser nuestras dos fuentes principales. Negociar con la tradición de Cristo para que aumente el número de los cristianos quiere decir procurar que el Evangelio entero sea parte íntegra de toda nuestra vida.

Así integrados el Evangelio y nuestra vida, nuestra proclamación será no sólo por palabras sino también por obras, lo que demostrará que somos hijos de la Luz que arroja su sobresaliente resplandor en la entrega de su cuerpo y en el derramamiento de su sangre.