Thirty-Second Sunday in Ordinary Time, Year C-2016

From Vincentian Encyclopedia
Resurrection giving encouragement and hope

Jesus is the resurrection and the life. That is why we should not lose hope.

Some Sadducees try to show that, in view of levirate marriage, belief in the resurrection is absurd. In rebuttal, Jesus unmasks their lack of logic and their ignorance.

First, he rejects their logic. What is absurd is to presume that what we do in the present life will be what we will do in the coming life. But no, the risen from the dead do not marry and remarry. They no longer have to multiply, for in the world beyond there is no earth to fill or subdue. Their number does not decrease because of death, for they can no longer die and are like angels.

To be like angels means, in part, to look always upon the face of the heavenly Father. Hence, one can say that the ecstasy of the children of the resurrection comes from their intimate contemplation of God. Ecstasy is not a product, then, of conjugal intimacy. And in the presence of the reality of Christ’s perfect union with his Church, one has no need for the sacrament of matrimony.

Secondly, Jesus questions the Sadducees’ knowledge. They only accept the doctrinal authority of the Pentateuch. Yet they seem to ignore Ex 3, 6.

Jesus does not say, of course, that there is explicit reference to the resurrection in these five books. But he makes clear that the resurrection is understood in the cited passage. Jesus plays with the present tense in “I am [not I was] the God of Abraham ….” This leads Jesus to conclude that God is God of the living, not of the dead.

Affirming the resurrection, Jesus offers us hope.

We humans are poor, corruptible, and inclined to hopelessness. But Jesus’ Good News about the resurrection encourages us. Our unfaithfulness should not even discourage us. That is because the throne of God’s mercy is the greatness of the faults he forgives (SV.EN XI:130). In effect, Jesus challenges us also to affirm the resurrection and to be credible witnesses of his own resurrection. Do we affirm what he affirms? Are we credible witnesses?

Does not our worrying too much about our physical well-being indicate that we are quite satisfied with earthly goods? Do we really think of what is above? Do we not remain in our hopelessness that shows itself in the current politics of division and of blame? Are we as brave as the seven brothers and their mother, showing thus our belief in the resurrection? Do we really believe that the Lord will strengthen us and guard us from the evil one?

Lord Jesus, make us embody the Eucharistic proclamation, “Lord, by your cross and resurrection you have set us free.”


6 November 2016

32nd Sunday O.T. (C)

2 Mac 7, 1-2. 9-14; 2 Thes 2, 16 – 3, 5; Lk 20, 27-38


VERSIÓN ESPAÑOLA

Resurrección alentadora y esperanzadora

Jesús es la resurrección y la vida. Por eso, los cristianos no perdemos la esperanza.

Tratan unos saduceos de demostrar que creer en la resurrección es absurdo en vista de la ley del «levirato». Contestándoles, Jesús pone al descubierto su falta de lógica y su ignorancia.

En primer lugar, rechaza él su lógica. Lo absurdo es presuponer que se hará en la vida futura lo que se hace en la vida presente. Pero no, los resucitados no se casan. Ya no tienen que multiplicarse, dado que en el más allá no hay tierra que llenar ni someter. Ni disminuye el número de ellos a causa de la muerte, porque ya no pueden morir, son como ángeles.

Ser como ángeles significa, en parte, contemplar continuamente el rostro del Padre celestial. Por eso, se puede decir que el éxtasis del participante en la resurrección proviene de la contemplación íntima de Dios. El éxtasis, entonces, ya no es producto de la intimidad conyugal. Y ante la realidad de la unión perfecta de Cristo con su Iglesia, uno no tiene necesidad del sacramento del matrimonio.

En segundo lugar, cuestiona Jesús el conocimiento de los saduceos. Ellos no admiten más autoridad doctrinal que el Pentateuco, del cual forma parte el Éxodo. Sin embargo, parecen ignorar Ex 3, 6.

No dice Jesús, desde luego, que en estos cinco libros hay referencia explícita a la resurrección. Pero él deja claro que en el pasaje citado se sobrentiende la resurrección. Juega Jesús con el tiempo presente en «Yo soy [no yo era] el Dios de Abrahán … ». Esto hace a Jesús concluir que Dios es Dios de vivos, no de muertos.

Afirmando inequivocadamente la resurreción, Jesús nos ofrece esperanza.

Los hombres somos pobres, corruptibles e inclinados a la desesperanza. Pero nos anima la Buena Noticia de la resurrección. Ni por nuestras infidelidades debemos perder la esperanza. Es que el trono de la misericordia de Dios es la grandeza de las faltas que él perdona (SV.XI:64). Efectivamente, Jesús nos desafía también a afirmar con él la resurrección y a ser testigos creíbles de su propia resurrección. ¿Afirmamos de verdad lo que Jesús? ¿Somos nosotros testigos creíbles?

¿No indica la preocupación desordenada por nuestro bienestar físico que estamos bien satisfechos con los bienes materiales de la tierra? ¿Aspiramos realmente a los bienes de arriba? ¿No permanecemos en nuestra desesperanza que va manifestándose en la política actual de división y de culparse unos a otros? ¿Somos tan valientes como los siete hermanos y su madre, descubriendo así nuestra fe en la resurrección? ¿Creemos realmente que el Señor nos dará fuerzas y nos librará del Malo?

Señor Jesucristo, haz que encarnemos la proclamación eucarística: «Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor».


6 noviembre 2016

32º Domingo T.O. (C)

2 Mac 7, 1-2. 9-14; 2 Tes 2, 16 – 3, 5; Lc 20, 27-38