Thirty-Second Sunday in Ordinary Time, Year A-2011

From Vincentian Encyclopedia
Whoever loves his brother remains in the light (1 Jn. 2:10—NABRE)

We are told in the parable that the bridegroom was long delayed. It is an admission that the coming in glory of our Savior Jesus Christ has been delayed indefinitely.

Hopefully, our love does no grow cold on account of this delay or because of the increase of wickedness (Mt. 24:12). In the first place, if it seems the Lord is slow to fulfill his promise, wisdom makes clear nevertheless that with the Lord one day is like a thousand years and a thousand years like one day, and that he seeks very patiently our repentance and salvation (2 Pt. 3:8-9; Wis. 11:23-26; Ez. 18:23; 33:11). In the second place, the proliferation of evil may signal the imminence of the coming of the Lord (2 Thes. 2:1-8).

May we not settle either for a hope in Christ that is limited to this life only or be content with eating and drinking for tomorrow we die (1 Cor. 15:19, 32). Let not our stomach or what is shameful or something earthly be our God (Phil. 3:19).

Nor should we be like those who decided to settle down in a valley and build themselves a great monument as though the earth were the only place where one could find the lasting city and there were no other city to come to look for (Gen. 11:1-9; Heb. 13:14). May we neither lose sight of the city of the living God nor fail to approach it (Heb. 12, 22) due to our being under the spell of untouchable church institutions and structures, magnificent cathedrals, churches and buildings, and indispensable religious rites and symbols. For the truth is that our citizenship is in heaven, and from there we await a savior, the Lord Jesus Christ (Phil. 3:20).

And may those who hold positions of stewardship or service in the Church conduct themselves responsibly. It cannot be that they do as that servant who, saying to himself that his master is delayed in coming, “begins to beat the menservants and the maidservants, to eat and drink and get drunk” (Lk. 12:45).

But of utmost importance for all of us who firmly believe that someday we will meet the Lord, in order to be always with him, is that we love one another intensely and are hospitable to one another without grumbling (1 Pt. 4:7-9). To hold unwaveringly to our confession that gives us hope means to rouse one another to love and good works (Heb. 10:23-24). It wouldl be folly to allow our lamps of good works to go out. But we will show ourselves wise and imbued with burning and undying love if, like St. Vincent de Paul, we do not feel excused from our duty to work for the salvation of the poor, no matter our situation in life and whether the fight against poverty is deemed out of fashion or not [1].

And the wise do not stay away from the assembly nor they make any judgment before the appointed time, that is to say, until the Lord comes (Heb. 10:25; 1 Cor. 4:5). When, eating the bread and drinking the cup, they proclaim the death of the Lord until he comes, the wise do not pass premature judgments on other participants. They have the same concern for one another and they wait for each other (1 Cor. 11:17-33; 12:12-27).


NOTE:

[1] P. Coste XI, 136; http://famvin.org/en/2011/10/29/poverty-fight-called-out-of-fashion-but-catholics-urged-to-persist/ (accessed October 31, 2011).


VERSIÓN ESPAÑOLA

32° Domingo del Tiempo Ordinario, Año A-2011

Quien ama a su hermano permanece en la luz (1 Jn. 2, 10)

Se nos dice en la parábola que el esposo tardaba. Se admite, pues, que la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo se ha retrasado indefinidamente.

Ojalá no por la tardanza del Hijo del Hombre en regresar en su gloria se enfríe nuestro amor, ni por el aumento de la maldad (Mt. 24, 12). En primer lugar, si nos parece que el Señor tarda en cumplir su promesa, la sabiduría deja claro, sin embargo, que un día es como mil años para el Señor y mil años como un día, y que él busca con mucha paciencia nuestro arrepentimiento y nuestra salvación (2 Pt. 3, 8-9; Sab. 11, 23-26; Ez. 18, 23; 33, 11). En segundo lugar, es posible que la proliferación de la iniquidad señale la inminencia de la venida del Señor (2 Tes. 2, 1-8).

Que tampoco nos conformemos con tener nuestra esperanza en Cristo como si ésta fuera sólo para este mundo, o con comer y beber, que mañana vamos a morir (1 Cor. 15, 19. 32). No tomemos por nuestro dios nuestros propios apetitos, ni cualquier cosa vergonzosa o algo terrenal (Fil. 3, 19).

Ni seamos como aquellos que decidieron establecerse en una llanura y construirse allí un gran monumento como si fuera la tierra el único lugar donde se encontraría la ciudad permanente y no existiese otra venidera (Gen. 11, 1-9; Heb. 13, 14). Que no perdamos de vista a la ciudad del Dios viviente ni dejemos acercarnos a ella (Heb. 12, 22) debido a que nos tienen embelesados las instituciones y estructuras eclesiásticas intocables, las catedrales, iglesias y edificios munificentes, y los ritos y símbolos religiosos imprescindibles. Pues la verdad es que somos ciudadanos del cielo, donde está el Señor Jesucrito y de donde esperamos con anhelo que él regrese como nuestro Salvador (Fil. 3, 20).

Y que se porten responsablemente los que ocupan puestos de administración o servicio en la Iglesia. No puede ser que ellos sean como aquel empleado que, pensando que su amo tarda en llegar, «empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse» (Lc. 12, 45).

Pero los más importante de todo para todos los que creemos firmemente que algún día vamos al encuentro del Señor, para estar siempre con él, es que sigamos amándonos unos a otros y que practiquemos la hospitalidad sin murmurar (1 Pt. 4, 7-9). Mantenernos firmes en la esperanza quiere decir fijarnos los unos en los otros para estimularnos a la caridad y a las buenas obras (Heb. 10, 23-24). Necedad sería el dejar que se apaguen nuestras lámparas de buenas obras. Pero sensatos y con amor ardiente e inextinguible nos mostraremos si, como san Vicente de Paúl, no nos sentimos excusados de nuestra obligación de trabajar por la salvación de los pobres, sea lo que sea nuestra situación y se considere de moda o no la lucha contra la pobreza (XI, 57).

Y los sensatos no desertan de las asambleas ni juzgan a nadie antes de tiempo, es decir, antes de que el Señor vuelva (Heb. 10, 25; 1 Cor. 4, 5). Cuando proclaman ellos, comiendo el pan y bebiendo de la copa, la muerte del Señor hasta que venga, no pasan juicios prematuros sobre los otros participantes. Por igual se preocupan y se esperan unos por otros (1 Cor. 11, 17-33; 12, 12-27).