Thirty-Fourth Sunday in Ordinary Time, Year B-2015 - Jesus Christ, King of the Universe

From Vincentian Encyclopedia
He has made us into a kingdom (Rev 1, 6)

Christ is King because he serves and gives his life for all in a perfect and unsurpassable way; he is first by being the last and the servant of all.

It is an amazing kingship, out of the ordinary, out of this world. In the world, as is well known, those who are ordinarily recognized as rulers lord over their subjects.

Hence, Jesus clarifies, while giving witness to the truth before someone who does not know what truth is: “My kingdom is not of this world.” If it were, he explains, his attendants would be fighting for him.

Christ’s kingdom does not come from this world, though it is surely here. Nor is it like worldly kingdoms, where everything is resolved by the violent and savage principle that “might is right.” Things that pertain to God’s kingdom “are gentle and peaceful, inclining us lovingly toward the good he desires of us,” to use a phrase from St. Vincent de Paul (SV.FR IV:596).

And in the kingdom that is embodied by the Son of God, hungry, thirsty, naked, sick, a stranger, a prisoner among us, those who matter are the poor. It is as though these persons are a sacrament of the humble beginning of the unstoppable kingdom (cf. SV.FR II:281; V:487). Assisting them, we are assured of the inheritance of the kingdom.

It must also be noted that the mysteries of the kingdom are not revealed to the learned, but to the childlike. And instructed about the kingdom, these bring out of the storeroom things old and new; they hardly pit the present against the past. They imitate their King who renews all things in himself, seeing to it that they are in accord with what his Father has wanted from the beginning.

And Christ the King does not only have a predilection for the underdogs of the world, compensating the late arrivals in the vineyard as generously as he does the early arrivals, underscoring thus the complete contrast between the petty meritocracy of the world and the overflowing goodness of God (cf. this papal homily). He indicates, moreover, that those assured of the gift of the kingdom shall lack nothing, which gives them the courage to meet the challenge, “Sell your belongings, and give alms.”

Indeed, those who are that courageous are guaranteed an imperishable and inexhaustible treasure in heaven. And since they still hope, they do not judge before the appointed time; they let the weeds and the wheat grow together until harvest time, when those who will not inherit the kingdom will be definitively separated from those who will inherit it.

Hopeful and vigilant we proclaim, Lord, your death until you return. Make us sit at your table when you come.


VERSIÓN ESPAÑOLA

Él nos ha convertido en un reino (Apoc 1, 6)

Cristo es Rey porque de manera perfecta e insuperable sirve y da su vida en rescate por todos; es el primero por ser el último y el servidor de todos.

Es una maravilla su realeza, extraordinaria, ultramundana. En el mundo, como bien se sabe, los de ordinario reconocidos como jefes tiranizan a sus súbditos.

Es por eso que Jesús, al dar testimonio de la verdad ante alguien que no sabe qué es ella, aclara: «Mi reino no es de este mundo». Explica que si su reino fuera del mundo, su guardia habría luchado por él.

No proviene de este mundo el reino de Cristo si bien está aquí ciertamente (comentarios al evangelio). Ni es como reinos mundanos, en los que todo se resuelve por la ley violenta y selvática del más fuerte. Las cosas del reino de Dios «son tranquilas y apacibles, inclinándonos amorosamente hacia el bien», por utilizar una frase de san Vicente de Paúl (SV.ES IV:554).

Y en este reino que encarna el Hijo de Dios, acampado hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, prisionero entre nosotros, quienes cuentan son los pobres. Es como si ellos fueran sacramento del comienzo humilde del reino imparable (véase SV.ES II:236; V:462). Asistiéndolos, nos aseguramos la herencia del reino.

Se ha de notar asimismo que los misterios del reino no se les revelan a los entendidos, sino a las gentes sencillas. E instruidas ellas acerca del reino, van sacando del arca lo nuevo y lo antiguo; apenas enfrentan el presente contra el pasado. Imitan a su Rey que renueva en sí mismo todas la cosas, procurando que ellas estén de acuerdo con lo que ha querido su Padre desde el principio.

Y Cristo Rey no solo tiene predilección por los inferiores del mundo, recompensando a los últimos en llegar a la viña tan generosamente como a los primeros en llegar, resaltando así el contraste total entre la mezquina meritocracia mundana y la desbordante bondad celestial (véase esta homilía papal). Da a entender además que nada les faltará a los asegurados del don del reino, lo que les da la valentía para superar el reto: «Vended vuestros bienes, y dad limosna».

A los así de valientes se les garantiza, sí, un tesoro imperdible e inagotable en el cielo. Y porque aún esperan, no juzgan antes de tiempo; dejan crecer juntos la cizaña y el trigo hasta la siega, cuando los no herederos del reino se apartarán definitivamente de los herederos.

Esperando y en vela proclamamos, Señor, tu muerte hasta que vuelvas: haznos sentar a tu mesa cuando llegues.