Thirty-Fourth Sunday in Ordinary Time, Year B-2012 - Jesus Christ, King of the Universe

From Vincentian Encyclopedia
Jesus, remember me when you come into your kingdom (Lk. 23:42)

Pilate asks Jesus, “What is truth.” And just like that, he leaves and goes to the other side where the Jews are (cf. Jn. 8:44). He cannot bear the truth.

Pilate does the same as the high priests and their followers among the scribes, the Pharisees, the Herodians and the Sadducees. They all affirm they have no king but Caesar. The Roman and these who are simply called “Jews” reject the one who, testifying to the truth that he is the messianic king, the Son of God, invites them to faith. They do not belong to the truth, so the invitation falls on deaf ears. Is not their guilt due basically to their having much to lose?

Pilate is sure of Jesus’ innocence, yet he has him scourged and lets him be cruelly mocked. The politician does what is convenient, at the expense of the just. He then hands him over to be crucified; he does not want to lose Caesar’s friendship.

The accusers who are afraid to lose both their sacred place and their nation have greater sin (Jn. 11:48; 19:11). They let themselves be convinced by Caiaphas’ counsel that it is better that one man should die rather than the people. Any person, then, can be sacrificed to the common good, as proposed by the religious leaders. And they are in-charge of the temple where there are, according to Father Pagola, huge storage rooms for the grain from the tithes and firstfruits [1].

Those with nothing to lose, however, accept the truth of Christ the King. They have neither selfish ambition nor hidden agendas. Without interests of their own to promote, they do not need to turn the cross into an ideology of exploitation [2]. They have no reason to distort, as does individualism that masquerades as subsidiarity, such sayings as: “My kingdom is not of this world”; “The poor you will always have with you”; “Repay to Caesar what belongs to Caesar and to God what belongs to God” [3]. These who have nothing are proclaimed blessed, yes, for theirs is the kingdom of heaven.

The most outstanding example of the poor who are truly free, to whom it is all the same to be well fed or to go hungry, to live in abundance or to be in need (Phil. 4:11-12), is the one conceived without sin. Without the prestige of the proud to lose, nor rich and powerful throne, the Lord’s lowly handmaid believes the angel’s announcement that her son will be the eternal king of the kingdom without end.

Notable examples too are: St. Catherine Labouré who, not needing to put on airs, remains level-headed and silent in imitation of the Johannine Jesus whose stately bearing shows in his serenity and silence amid suffering; St. Vincent de Paul, St. Louise de Marillac and St. Elizabeth of Hungary, who recognize the royal dignity of the their “lords and masters,” on whose behalf they empty themselves of themselves and of everything that appears to be theirs; St. Ignatius of Loyola who, upon hearing and contemplating the heavenly king, so much more liberal and kind than the most liberal and kindest of earthly kings, follows him and gives back to him all that he has received from him [3].

And all those with nothing and awaiting the coming amid the clouds of the ruler of the kings of the earth—which is obvious in their proclamation of the death of the Lord until he comes—are further blessed, for they will see the truth face to face when the same Lord girds himself, has them recline at table, and proceeds to wait on them (Lk. 12:37-38).

NOTES:

[1] Cf. the first of four videos of the conference “No podéis servir a Dios y al dinero,” at http://somos.vicencianos.org/blog/2012/09/20/no-podeis-servir-a-dios-y-al-dinero/ (accessed November 18, 2012).
[2] Cf. Robert P. Maloney, C.M., He Hears the Cry of the Poor (Hyde Park, NY: New City Press, 1995) 43.
[3] Cf. Dennis Hamm, S.J., “Dodging Faith’s Call,” and “Faith’s Call to Justice,” America (March 27 and July 31, 2006).
[4] Cf. “John Reading Guide” in The Catholic Bible: Personal Study Edition (New York, NY: Oxford University Press, Inc., 1995) 364 RG; http://www.biblegateway.com/resources/ivp-nt/Pilate-Interrogates-Jesus (accessed November 18, 2018). See also the non-biblical reading of the Office Readings for November 17, the memorial of St. Elizabeth of Hungary, Liturgy of the Hours, and The Spiritual Exercises of St. Ignatius of Loyola, Second Week, “The Call of the Temporal King” at http://www.jesuit.org/jesuits/wp-content/uploads/The-Spiritual-Exercises-.pdf (accessed November 18, 2012).


VERSIÓN ESPAÑOLA

34° Domingo de Tiempo Ordinario, Jesucristo Rey del Universo (B-2012)

Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino (Lc 23, 42)

Pregunta Pilato a Jesús: «¿Qué es la verdad?». Y sin más se va al otro lado, adonde están los judíos. No soporta la verdad.

Hace Pilato lo que los sumos sacerdotes y sus secuaces escribas, fariseos, herodianos y saduceos. Ellos afirman que no tienen más rey que al César. El romano y estos llamados simplemente «judíos» se resisten al que, dando testimonio de la verdad de que él es el rey mesiánico, el Hijo de Dios, les invita a la fe. No son de la verdad, por eso la invitación cae en saco roto. ¿Acaso su culpabilidad no se debe básicamente a que tienen ellos mucho que perder?

Cierto está de que ninguna culpa tiene Jesús, pero Pilato lo manda azotar y deja que al inocente se le burle cruelmente. Hace el político lo que le conviene, a expensas del justo. Lo entrega luego para ser crucificado; no quiere perder la amistad del César.

Mayor pecado tienen los acusadores que temen perder su lugar sagrado y su nación. Se dejan convencer por el consejo de Caifás de que conviene que muera un solo hombre por el pueblo. Se puede sacrificar, pues, cualquier persona al bien común propuesto por ellos. Y tienen cargo del templo, en el que hay, según el Padre Pagola, grandes almacenes donde se recoge el grano de los diezmos y las primicias.

Los que no tienen nada que perder, en cambio, aceptan la verdad de Cristo Rey. No tienen ambiciones egoístas ni agendas ocultas. Sin intereses propios que promover, no necesitan convertir la cruz en una ideología de explotación. No tienen por qué distorsionar, como lo hace el individualismo que se disfraza de subsidiariedad, tales dichos como: «Mi reino no es de este mundo»; «A los pobres los tenéis siempre con vosotros»; «Dadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Se les declara dichosos, sí, a estos que nada tienen, porque de ellos es el reino de los cielos.

El ejemplo más sobresaliente de los pobres verdaderamente libres, a los cuales les da igual la hartura o el hambre, la abundancia o la privación, es la Concebida sin pecado. Sin ningún prestigio de los soberbios que perder, ni trono rico y poderoso, la humilde esclava del Señor cree el anuncio angélico de que su hijo será el rey eterno del reino sin fin.

Ejemplos notables también son: santa Catalina Labouré que, sin necesidad de darse importancia, se mantiene ecuánime y silenciosa a imitación del Jesús joaneo que se muestra majestuoso en su serenidad y su silencio en medio de sufrimientos; san Vicente de Paúl, santa Luisa de Marillac y santa Isabel de Hungría, quienes reconocen la realeza de sus «amos y señores», por los cuales se despojan de sí mismos y de todo lo que figura como suyo; san Ignacio de Loyola, quien al oír y contemplar al Rey celestial que es más liberal y más humano que los más liberales y más humanos reyes terrestres, lo sigue, tornándole todo lo que de él ha recibido.

Y todos los sin nada y pendientes de la venida en las nubes del Príncipe de los reyes de la tierra—lo que es obvio en su proclamación de la muerte del Señor hasta que él venga—son dichosos de más, pues verán la verdad cara cara, cuando el Señor mismo se ciña, los haga sentar a la mesa y les sirva.