Thirty-Fourth Sunday in Ordinary Time, Solemnity of Christ the King, Year C-2013

From Vincentian Encyclopedia
Did not God choose those who are poor to be heirs of the kingdom? (Jas 2, 5)

The inscription announces Jesus the king of the Jews. But the rulers and the soldiers deny it. Joining them is one of the two criminals. Only the other gets it right. How about us?

An inanimate object proclaims this time Jesus’ kingship. Before, there was no need for the stones to cry out, for a crowd was proclaiming him Davidic king. But now people just watch, terrorized perhaps into silence. It is dangerous to say something that goes against the opinions of the powerful rulers who are quite capable of obtaining the death penalty for someone innocent.

But having nothing to lose any longer, the other criminal musters courage and opens his mouth. He recognizes as king someone who seems the least likely to be so. Overcoming despair, he puts his trust in him.

He does not cooperate with those who wish him nothing but perdition and gloat over their role in unmasking and crucifying a supposed impostor. He is not one of the condemned who ends up behaving like their condemners.

Moreover, the believer takes the trilingual inscription as a universal invitation to God’s kingdom, while the mockers see everywhere valid accusations or seditious self-claims. They take advantage of these to get rid of those they deem are rivals in the race to the highest positions and the best promotions, or to justify their culture wars.

The repentant thief likewise makes known that no one, though justly condemned, should give himself up for lost. And such hope is well-founded: God enables even those in the power of darkness to enter the kingdom of his Son; he wants to reconcile us to himself through the Word made our bone and our flesh.

Indeed, we have redemption through the one who came to give his life for all. We surely believe this and proclaim it when we celebrate the Eucharist. But those who are so sure of themselves, their righteousness and authority, let us take note, are the ones who deny what is accurately affirmed about Jesus by the criminal who recognizes his sin and his powerlessness. It is a good idea to ask if we grasp the inscription.

Do we adopt the attitude of the long-suffering and helpless poor, among whom the true religion is preserved? Do we not imitate the rich who haul us off to inquisitions, suffer no pain and serve as leaders for shameful profit? Does not our life memorialize more the tyrant who ordered the massacre of innocent children than Mary, full of grace, and her seer, St. Catherine Labouré?


VERSIÓN ESPAÑOLA

34º Domingo de Tiempo Ordinario, Jesucristo, Rey del Universo, C-2013

¿No ha elegido Dios a los pobres para hacerlos herederos del reino? (Stg 2, 5)

El letrero anuncia a Jesús el rey de los judíos. Pero los líderes y los soldados lo desmienten. A ellos se une uno de los dos criminales. Solo el otro acierta. ¿Y nosotros?

Un objeto inanimado proclama esta vez la realeza de Jesús. Antes no fue necesario que gritaran las piedras, pues muchos le proclamaban rey davídico. Pero ahora el pueblo solo mira, quizás amedrentado para que guarde silencio. Es peligroso decir algo contrario a las opiniones de líderes poderosos bien capaces de lograr la pena capital para un inocente.

Pero sin nada ya que perder, el otro malhechor acopia valor y abre la boca. Reconoce rey al que menos parece serlo. Superando la desesperación, pone su confianza en él.

No colabora con los que no le desean nada más que la perdición y quienes se regodean en su papel en desenmascarar y crucificar a un supuesto farsante. No es de los condenados que terminan portándose como sus condenadores.

Además, el creyente toma el letrero trilingüe por una invitación universal al reino de Dios, mientras los burladores ven en todas partes acusaciones válidas o autodeclaraciones sediciosas. De éstas se aprovechan para eliminar a quienes consideran como rivales en la carrera hacia los más altos puestos y las mejores promociones, o para justificar sus guerras culturales.

El ladrón arrepentido da a entender asimismo que nadie, aunque justamente condenado, debe darse por perdido. Y está bien fundada tal esperanza: Dios capacita para el reino de su Hijo incluso a los dominados por las tinieblas; quiere reconciliarnos consigo por el Verbo hecho hueso nuestro y carne nuestra.

Por medio, sí, del que vino a dar su vida por todos recibimos la redención. Esto lo creemos seguramente y lo proclamamos en la Eucaristía. Pero son los muy seguros de sí mismos, su justicia y su autoridad, fijémonos, quienes niegan lo que atina a afirmar de Jesús el criminal que reconoce su pecado y su impotencia. Nos conviene preguntar si captamos el letrero.

¿Adoptamos la actitud de los pobres indefensos y sufridos, entre los cuales se conserva la verdadera religión? ¿No imitamos a los que nos arrastran a las inquisiciones, para los cuales no hay sinsabores y quienes sirven de líderes por sórdida ganancia? ¿No conmemora nuestra vida más al tirano que ordenó masacrar a niños inocentes que a María, llena de gracia, y a su vidente santa Catalina Labouré?