Thirtieth Sunday in Ordinary Time, Year C-2016

From Vincentian Encyclopedia
Publicans who confess and plead

Jesus personifies the attitude of publicans who do as the publican in the parable of the Pharisee and the publican.

The parable shows that Jesus is not unfair at all toward the weak. He hears the needy of all kinds, the marginalized, the excluded. Among these, of course, are the publicans who are agents of the hated Roman Empire.

The publicans are Jews, but their fellow-Jews consider them Gentiles. In the eyes of observant Jews, moreover, of the Pharisees in particular, publicans are public sinners. That is why one has to avoid their company. The Pharisees, therefore, takes offense that Jesus welcomes sinners and eats with them.

But self-righteous critics who despise everyone else does not deter Jesus. He warns them, “Whoever exalts himself will be humbled and the one who humbles himself will be exalted.” He also indicates that, like his Father, he does not see the appearance, but looks into the heart. And he makes clear what stance before God one should take that leads to justification.

The stance that leads to salvation is not the stance of the one who sings his own praises (cf. CRCM XII, 3). There is no justification for someone who exalts himself at the expense of the neighbor, pretending all the while to be thankful.

Rather, those who confess they are sinners are the ones who please God and draw the attention of their merciful Creator. They tremble at God’s sharp, penetrating and purifying word.

And this humble stance is Jesus’ own stance.

Not only has Jesus become sin for our sake, but also a curse. He affirms, “No one is good but God alone.” Thus does he question even the one who calls him good. With loud cries and tears, too, he offers supplications to the one who can save him. Finally, he humbles himself and obeys to the point of pouring out himself as a libation on the cross. Because of this, God exalts him greatly and gives him the name that is above every name.

Our Teacher and Master gives us disciples a model to follow. Indeed, discipleship commits us to the humility of the publicans who confess and plead. To be disciples is to see things also as Jesus sees them. Moreover, the worthy celebration of the Lord’s Supper requires every participant to confess at the outset:

O God, be merciful to me a sinner.


October 23, 2016

30th Sunday in O.T. (C)

Sir 35, 12-14. 16-18; 2 Tim 4, 6-8. 16-18; Lk 18, 9-14


VERSIÓN ESPAÑOLA

Publicanos confesantes y suplicantes

Jesús personifica la actitud de los publicanos confesantes y suplicantes parecidos al publicano de la parábola del fariseo y el publicano.

Esta parábola indica que Jesús no es parcial contra los necesitados, los marginados, los excluidos. Y entre éstos, claro, se incluyen los publicanos, agentes del odiado imperio romano.

Aunque judíos ellos mismos, los publicanos son considerados como gentiles por sus compatriotas. A los ojos además de los observantes religiosos, de los fariseos en particular, los publicanos son pecadores públicos. Por eso, hay que evitar la compañía de ellos. Se escandilizan, por tanto, los fariseos, pues Jesús acoge a los publicanos y los pecadores , y come con ellos.

Pero Jesús no se deja vencer por la crítica de parte de los autosuficientes que desprecian a los demás. Les advierte: «Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». Seguramente, da a entender también que él, al igual que su Padre, mira el corazón y no las apariencias. Y Jesús deja bien claro, desde luego, qué postura ante Dios se debe tomar que lleve a la justificación.

La postura que lleva a la salvación no es la del que se alaba a sí mismo (véase RCCM XII, 3). No queda justificado quien se enaltece so pretexto de dar gracias a Dios y a expensas del prójimo.

Son los humildes, más bien, que se confiesan pecadores quienes agradan a Dios y llaman la atención del Creador misericordioso. Se estremecen ante la palabra tajante, penetrante y purificadora de Dios.

Y esta postura humilde es propia de Jesús.

Jesús no solo se ha hecho pecado por nosotros, sino maldición también. Afirma: «No hay nadie bueno más que Dios». De esa manera cuestiona incluso al que le llama bueno. Y al que lo puede salvar ofrece Jesús súplicas a gritos y con lágrimas. Al final, se rebaja hasta el punto de sacrifcarse en la cruz. Por eso Dios lo levanta sobre todo y le concede el «Nombre-sobre-todo-nombre».

Nos da ejemplo nuestro Maestro y nuestro Señor, para que los discípulos le imitemos. De verdad, el discipulado entraña un compromiso en favor de la humildad de los publicanos confesantes y suplicantes. Ser discípulo es también mirar las cosas como Jesús las mira. La digna celebración de la Cena del Señor requiere además que cada comensal confiese desde el principio:

¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.


23 de octubre de 2016

30º Domingo de T.O. (C)

Sir 35, 12-14. 16-18; 2 Tim 4, 6-8. 16-18; Lc 18, 9-14