Thirtieth Sunday in Ordinary Time, Year B-2021

From Vincentian Encyclopedia
Edge of the Road Leading to Jerusalem

Jesus is merciful. For he cares for those who call on him in their needs. He does not leave them at the edge of the road; he takes them with him.

The one who has come to be a sacrifice for all cannot pass over those who are poor. Those, though, who take seats of politics and religion leave them at the edge of the road.

No, the one who teaches us to call God “our Father” does not leave the poor behind. They are his —and our— brothers and sisters.

So, Jesus stops. For the blind man must be part of the New Exodus. Then, he says, “Call him.” And those who before rebuked him now cheer him up; the Teacher’s mercy rubs off on them.

Quickly, the one at the edge of the road throws his cloak aside. Does he feel it holds him back? Or does his faith convince him that it is enough that he is called by the one who will set up again David’s throne? That is to say, he is sure, by faith, that his cloak is of use no more. He needs not lay it on the ground to catch alms.

In any case, to throw aside the cloak means freedom to heed the call. And, in fact, Bartimaeus jumps up and comes to Jesus.

The latter knows what the former wants. But just the same, he asks, “What do you want me to do for you?” He thus connects with him and lets him convey his wish. In turn, the one seeking mercy admits he is blind. Jesus, then, says, “Go, your faith has made you whole.” Bartimaeus sees; he follows him.

Blind at the edge of the road

In the account on the man born blind (Jn 9), the Pharisees ask Jesus, “Are we blind too?” And he says, “Were you blind, you would have no sin. But since you say you see, your sin remains.”

The gospels, of course, ask the Christians more than the Pharisees not to be blind. Hence, we should examine ourselves.

Do we know Jesus well, his words and deeds? Or does darkness stop us from following him? It is crucial to know him if we are to put, as St. Vincent, the whole of the Gospel into the whole of our lives (Delarue). If we are to get to the core of the Gospel and reality (Maloney), and have the mind of Jesus.

Do we, the lukewarm, not prefer to stay at the edge of the road? Maybe we need the Spirit of power, love and self-control. How sad if we sow hate. For we shall reap “complaints and laments, critiques, protests and mutual recriminations.”

Is it not time that we learn from the lowly who admit they are in need and let them bring us the Good News? They share Bartimaeus’ faith (SV.EN XI:190; SV.EN XII:142). Due to it, they call on God when they are in trouble, at the edge, on the brink, of the grave (Ps 88). So, they stay whole.

And if we do not flee but go to them, we shall, as St. Vincent (Delarue), be in the light (Is 58, 10). We will also learn to feed others (SV.EN XI:191). And to give up our bodies, shed our blood. Thus, as the neediest of all, we shall follow Jesus till Jerusalem.

Lord Jesus, have pity on us. Open our eyes, for we are blind that are at the edge of the road. And let us follow you on the way.


24 October 2021

30th Sunday in O.T. (B)

Jer 31, 7-9; Heb 5, 1-6; Mk 10, 46-52


VERSIÓN ESPAÑOLA

Borde del camino hacia Jerusalén

Jesús es compasivo. Les hace caso él a los que le invocan en sus aflicciones. No los deja al borde del camino; los lleva consigo.

El que ha venido para ofrecerse como sacrificio por todos no puede ignorar a los pobres. En cambio, los instalados en la política y la religión los dejan al borde del camino.

No, no abandona a los pobres el que nos enseña llamar a Dios «Padre nuestro». Son sus, —y nuestros—, hermanos.

Así que se detiene Jesús. Es que el ciego, en vez de quedarse al borde del camino, ha de formar parte del Nuevo Éxodo. Pide, pues, que se le llame al ciego. Y los que antes lo regañaban ahora le alientan; los contagia el Maestro su compasión.

Al instante, el que está al borde del camino suelta el manto. ¿Siente él que el manto le impide ponerse de pie? O, ¿se convence por su fe de que le basta con ser llamado por el que restablecerá el trono davídico? Es decir, su fe le da certeza de que le está de más el manto. No ha de extenderlo ya en el suelo para recoger la limosna.

Pero en todo caso, soltar el manto quiere decir libertad para seguir al que llama. Y, de hecho, Bartimeo da un salto y se acerca a Jesús.

El último se da cuenta de lo que necesita el primero. Pero igual le pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?». Se conecta así con él y le deja expresar su deseo. Él que busca compasión, a su vez, se admite ciego. Y le dice Jesús: «Anda, tu fe te ha curado». Ve, pues, Bartimeo y sigue al Maestro.

Ciegos sentados al borde del camino

En el relato del que nació ciego (Jn 9), preguntan los fariseos a Jesús: «¿También nosotros estamos ciegos?». Y dice él: «Si estuviérais ciegos, no tendríais pecado. Pero como decís que veis, vuestro pecado persiste».

Los evangelios, desde luego, les urgen a los cristianos más que a los fariseos a que salgan de su ceguera. Por lo tanto, está bien que nos miremos a nosotros mismos.

¿Conocemos bien a Jesús, sus palabras y obras? ¿O es que las tinieblas nos impiden seguirle? Tal conocer es decisivo para que, al igual que san Vicente, podamos poner todo el Evangelio en toda nuestra vida (Delarue). E ir al fondo del Evangelio y de la realidad (Maloney) y tener los sentimientos de Jesús.

Los tibios, ¿no preferimos quedarnos al borde del camino? Necesitamos el Espíritu de fuerza, amor y autodominio (2 Tim 1, 7). ¡Qué desgracia!, si sembramos el odio. Pues cosecharemos «quejas y lamentos, críticas, protestas y mutuas descalificaciones».

¿No es hora que aprendamos de los humildes que se admiten pobres, de dejar que nos proclamen la Buena Nueva? De ellos es la fe de Bartimeo (SV.ES XI:120. 462). Debido a ella, invocan a Dios aun estando ellos en medio de desdichas y al borde del abismo (Sal 88). Se mantienen, pues, sanos.

Y si, en vez de huirnos, nos unimos a ellos, al igual que san Vicente (Delarue), saldremos a la luz (Is. 58, 10). También aprenderemos a alimentar a los demás (SV.ES XI:121). A entregar nuestro cuerpo y derramar nuestra sangre. Y así, más pobres que nadie, seguiremos a Jesús hasta Jerusalén.

Señor Jesús, ten compasión de nosotros. Ábrenos los ojos a los ciegos que estamos al borde del camino. Y déjanos seguirte por el camino.


24 Octubre 2021

30º Domingo de T.O. (B)

Jer 31, 7-9; Heb 5, 1-6; Mc 10, 46-52