Thirteenth Sunday in Ordinary Time, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
In your relationships with one another, have the same mindset as Christ Jesus (Phil. 2:5—NIV)

The disciples’ reply suggests to me that Jesus’ question “Who has touched my clothes?” sounds silly to them and a bit naive. But such reaction is not at all reprehensible when compared to the disdainful laughter of the mourners who have just heard: “Why this commotion and weeping? The child is not dead but asleep.”

The two reactions, even if different, have something in common. Both are the result of inductive reasoning which, though useful, is not without its pitfalls, as is demonstrated by the thief who thinks everyone else is a thief. The disciples think that Jesus’ sensitivity must be just like theirs. It does not dawn on them to grant him an extraordinary sensitivity. As for those who are mourning, since the death they have witnessed throughout their lives manifests itself so, there is no one who, without being ridiculous, can convince them there is not here a case of death.

From particular experiences we derive general conclusions about life, nature or reality. The disadvantage there is in such conclusions, aside from their not being always accurate, is that they prevent us from thinking outside the box. “Such is life,” we say and we just accept it as we know it, taking advantage of the good things it affords and resigning ourselves to its misfortunes. For lack of vision, we wander off (Prov. 29:18). Prisoners of our own way of thinking and of our own lifestyle—as the snail is of his shell, to cite a talk given by St. Vincent de Paul [1]—we do not get to see another reality, much bigger and wider than the reality of our experience.

Experience is considered the best teacher. It teaches us that death is as much part of nature as life. Because we have learned the lesson well, another lesson does not easily stick, the lesson that God did not make death nor does he rejoice in the destruction of the living.

And because for years it has been inculcated upon us that charity begins at home, which is reasonable and agrees with common sense as well as with the law of the survival of the fittest, it is a struggle for us to live up to the exhortation that we not lock ourselves up in our own interests but that all of us should seek the interests of others (Phil. 2:4; 1 Cor. 10:24). Likewise, spending our whole life in a society where each one is categorized as either cleric, religious or lay, or of the upper class, the middle class or the lower class, we do not readily accept either the recovery of the Church as the people of God or the teaching that Jesus, though rich, became poor for our sake in order to make us rich or the advice that the abundance of some supply the needs of others so that there may be equality. Even more challenging is to implement what the ideal of community and equality entails, namely: dialogue, collegiality, service, renewal and return to the sources, inclusiveness and participation by everybody [2].

Breaking with those who usually think only of a triumphalist messiah, Jesus reveals himself as the suffering Messiah. He opens our eyes to the new covenant, sealed with his own blood. If we have the faith of Jairus or of the woman afflicted with hemorrhages, we shall know this new reality and will see that in it death and poverty give way to life and abundance and ancient forms yield to newer rites.

NOTES:

[1] P. Coste XII, 92-93.
[2] John W. O’Malley, S.J., “The Style of Vatican II,” at http://www.americamagazine.org/content/article.cfm?article_id=2812 (accessed June 24, 2010).


VERSIÓN ESPAÑOLA

13° Domingo de Tiempo Ordinario, Año B-2012

Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús (Fil 2, 5)

La respuesta de los discípulos me da a entender que les suena tonta y un tanto inocentona la pregunta de Jesús: «¿Quién me ha tocado el manto?». Pero tal reacción no es nada reprensible si se compara con la risa desdeñosa de aquellos lamentadores que acaban de oír: «¿Qué estrépito y lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida».

Las dos reacciones, si bien diferentes, algo tienen en común. Ambas resultan del razonamiento inductivo que, aunque útil, no carece de riesgo, como lo demuestra el ladrón que concluye que todos son de su condición. Los discípulos creen que la sensibilidad de Jesús debe ser la misma que la de ellos. No se les ocurre concederle una sensibilidad extraordinaria. En cuanto a los que están lamentando, porque así se les ha manifestado siempre la muerte que han presenciado a lo largo de su vida, no hay nadie quien les diga ahora, sin ser ridículo, que en este caso no se trata de la muerte.

De las experiencias particulares llegamos sí a ciertas conclusiones generales sobre lo que es la vida, la naturaleza o la realidad. Lo desventajoso de dichas conclusiones, además de no ser siempre acertadas, es que nos impiden pensar fuera del molde tradicional. «Así es la vida», decimos y la aceptamos tal como la conocemos, aprovechando los bienes que ella aporta y resignándonos a sus desdichas. Por falta de visión, nos extraviamos (Prov 29, 18). Presos de nuestra manera de pensar y modo de vivir, —como es el caracol de su concha, por referirme a una plática de san Vicente de Paúl (XI, 397)—, no logramos ver otra realidad que es mucho más grande y más amplia que la de nuestra experiencia.

La experiencia se toma por el mejor maestro. Nos enseña que tanto la muerte como la vida forman parte de la naturaleza. Debido a que bien hemos aprendido la lección, con mucha dificultad se nos pega otra que enseña: «Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes ».

Y porque por años se nos ha inculcado que la caridad comienza por casa, lo que es razonable y concuerda con el sentido común y también con la ley de la supervivencia de los más aptos, nos cuesta vivir de acuerdo con la exhortación de que no nos encerremos en nuestros intereses, sino que busquemos todos el interés de los demás (Fil 2, 4; 1 Cor 10, 24). Asimismo, pasando toda la vida en una sociedad donde cada cual se categoriza o clérigo o religioso o laico, o de la clase alta o de la clase media o de la clase baja, no aceptamos fácilmente ni la recuperación de la Iglesia como el pueblo de Dios ni la enseñanza de que Jesús, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos ni el aviso de que la abundancia de unos remedie la falta de otros, para que haya igualdad. Más desafiante aún, como lo indica John W. O’Malley, S.J., en un artículo en la revista America del 24 de febrero de 2003, es implementar lo que supone el ideal de la comunidad y de la igualdad, a saber: el diálogo, la colegialidad, el servicio, la renovación y el retorno a las fuentes, la inclusividad y la participación de todos.

Rompiendo con los que suelen pensar sólo en un mesías triunfalista, Jesús se revela como el Mesías sufriente. Nos abre los ojos a una nueva alianza, sellada con su propia sangre. Si tenemos la fe de Jairo o de la mujer con flujos de sangre, conoceremos esta nueva realidad y veremos que en ella la muerte y la pobreza ceden el paso a la vida y la abundancia y la antigua figura cede el puesto al nuevo rito.