Third Sunday of Lent, Year B-2021

From Vincentian Encyclopedia
Hallow, Honor the Temple of the Lord

Jesus is the final temple that we must hallow. For through him, God is in the midst of the people in the best way that no one can surpass.

Zeal for God’s house gets the better of Jesus. That is why he is mad at the merchants and money changers in the temple area. He drives them all out, yes, in not so meek way. For they do not hallow, honor, the temple; they turn it into a marketplace.

And, of course, the place where people buy, sell and change money can easily become a “den of thieves.” When this takes place, then, there is need for a good dose of anger.

Today, too, there are those who defile churches and other things of worship that we believe all should hallow. To know of this, it is enough that we look at the list, by no means short, that the USCCB keeps. And this problem needs to be addressed.

But do we not have to look into ourselves first? We have to find out if we are part of the solution or of the problem, if we are to see to it that people hallow the temple. We can take the first strike with the whip if we are without sin.

And we fail to hallow places of worship when we are there for our own gain. Or when we are there since we do not have the strength to dig and are ashamed to beg. What a way to profane the altar that would be! What a lack of discipline, too, to enjoy and not bother about anything so long as we have something to eat (SV.EN XII:81). But they do not profane any less those who try to buy God with what they offer. That is to say, they turn the God of love into a malleable idol of self-interest, fears and magic.

Hallow Jesus who takes the place of the temple already razed down

Worse profanation takes place when we do not grasp that Jesus speaks of the temple of his body. But he tells the truth, of course.

In the first place, he is the temple, for he does what takes place in the churches. He spells out what the commandments mean. Besides, he feeds us from the table of his body and blood, and the table of his word (see SC 7-8).

In the second place, more than in houses that we build (Acts 7, 48), God dwells in Jesus. And he is the Word made flesh. He bears the right name of “God-with-us.” And that is why Jesus and we are helplessly linked.

Hence, to hallow the temple that he is means to hallow, too, men and women. Most of all, the least of his brothers and sisters. The foolish in the eyes of the world, but wise in God’s sight. We must call out, then, all violence, scorn, defacing of any man or woman. Of those who have nothing that we may shame even when we meet to eat the Lord’s supper (1 Cor 11, 22-20).

Lord Jesus, we confess our guilt. We ask you to make our hearts clean so that we may discern your body. That we may not eat and drink judgment for failing to hallow your body and blood.


7 March 2021

Third Sunday of Lent (B)

Ex 20, 1-17; 1 Cor 1, 22-25; Jn 2, 13-25


VERSIÓN ESPAÑOLA

Santificar, honrar, el templo del Señor

Jesús es el templo definitivo que se ha de santificar. Pues por él, Dios está en medio del pueblo de forma sublime y no superable del todo.

El celo de la casa de Dios se apodera de Jesús. Es por eso que se enfada él de los comerciantes y cambistas en el templo. Los echa, sí, a todos ellos de forma no mansa. Es que ellos, en lugar de santificar, honrar, el templo, lo convierten en un mercado.

Y, por supuesto, el lugar de venta, compra y cambio de monedas fácilmente se puede hacer «cueva de ladrones». Para remediar tal situación, pues, y se le vuelva a santificar al templo, se necesita una buena dosis de enojo.

Se profanan hoy en día las iglesias y otras cosas de culto que creemos se han de santificar. Para saber de esto, nos basta con ver la lista, nada corta, que mantiene la COEE.UU.. Y hay que remediar, por supuesto, esas profanaciones.

Pero, ¿no nos hemos de descubrir primero a ver si no somos parte de la solución, sino del problema? Solo podemos dar el primer azotazo si nosotros estamos sin pecado.

Y dejaremos de santificar el santuario si estamos allí por provecho personal. ¡Qué profanación servir en el altar, pues uno no tiene fuerzas para cavar y le da vergüenza mendigar. ¡Qué espíritu libertino!, el pensar en divertirse y no preocuparse de nada más, con tal que haya de comer (SV.ES XI:397]). Y no son menos culpables de profanación los que tratan de comprar a Dios con sus ofrendas. Es decir, los que hacen del Dios de amor un ídolo, fácil de manipular, de interés, miedos y magia.

Santificar a Jesús que toma el lugar del templo ya arrasado

Peor profanación hay cuando no captamos que Jesús habla del templo de su cuerpo. Pero claro que sí, dice él la verdad.

En primer lugar, es el templo, pues hace él lo que se hace en las iglesias. Nos concreta él los mandamientos. Y nos alimenta además de la mesa de su cuerpo y su sangre, y también de la mesa de su palabra (véase SC 7-8).

En segundo lugar, más que en el templo que construimos los hombres (Hch 7, 48), Dios habita en Jesús. Y él es el Verbo hecho carne. Con razón, se le llama también «Dios-con-nosotros». Y es por eso que no hay manera de que se nos deligue a Jesús y a nosotros los hombres.

Por lo tanto, santificar el templo, que es él, quiere decir santificar también a los hombres. A sus más pequeños hermanos y hermanas más que a nadie. A los necios a los ojos de los hombres, pero sabios a los ojos de Dios. Hay que denunciar, pues, toda violencia, menosprecio, desfiguración, que se le dirige a todo hombre o mujer. Y a todo el que nada tiene, al que se le avergüence tal vez aun en nuestras reuniones para comer la Cena del Señor (1 Cor 11, 22-20).

Señor Jesús, nos confesamos culpables. Te pedimos que nos haga puro el corazón para que discernamos tu cuerpo. Para que no comamos ni bebamos nuestro juicio por no santificar tu cuerpo y tu sangre.


7 Marzo 2021

Domingo 3º de Cuaresma (B)

Éx 20, 1-17; 1 Cor 1, 22-25; Jn 2, 13-25