Third Sunday of Lent, Year B-2015

From Vincentian Encyclopedia
Jews demand signs and Greeks look for wisdom (1 Cor 1, 22)

Jesus is doing something new that is already perceivable. We must fix our gaze on it, no longer remembering the events of the past.

A few days after changing water into wine—signaling thus that he is ushering in a radical renewal that is very different from that which Jewish ceremonial washings bring about—Jesus goes up to Jerusalem. There, in accordance with his mission of renewal, he cleanses the temple of the stain of injustice and greed, though he is less harsh with those who have the poor as customers.

The Jews resist, however, and ask for a sign of authority. It would not be surprising if these are mostly people who would lose much should the temple become once again a house of prayer: the religious establishment that deems itself infallible and unquestionable, the wealthy and influential people who lavish gifts on those who are in-charge, and hence are favored by them.

Jesus shows them a sign that they consider not only scandalous, but also ridiculous. That is because they do not know what Jesus is referring to. It is hardly likely that they would think of genuine renewal—which is very much a part of the resurrection—presupposing death.

Jesus’ sign challenges directly the unjust and the greedy who looks out so much for his interests that he does not really know anyone else, neither God whom we are to love above all and with our whole being, nor the neighbor whom we should love as ourselves. In violation of God’s commandments, the selfish carves for himself idols (ideologies on occasions) and bows down fanatically before them. He also disrespects the neighbor, sometimes to the point of kidnapping perceived enemies and beheading, raping or enslaving them, all the while “thinking he is offering worship to God.”

The Christian sign, the same one that is proclaimed in the Eucharist, is “Christ crucified, a stumbling block to Jews and foolishness to Gentiles.” He is the incontrovertible and convincing proof how very right is the saying, “Whoever loves his life loses it, and whoever hates his life in this world will preserve it for eternal life.”

If we who are God’s temple truly seek to be renewed, we must not look to past grandeur that is more reminiscent of the magnificence denounced by Jesus, but rather to the new that he is bringing about. We will fix our eyes on the way God does things; he sustains the Church, according to St. Vincent de Paul, destroying, so to speak, its principal mainstay (FrXI: 416).

Oh God, grant to us whom you have called to Christ to be imbued with your strength and wisdom.


VERSIÓN ESPAÑOLA

3º Domingo de Cuaresma B-2015

Los judíos exigen signos y los griegos buscan sabiduría (1 Cor 1, 22)

Jesús realiza algo nuevo ya notable. En ello hemos de fijarnos, sin recordar lo antaño.

Unos días después de convertir el agua en vino, —dando signo así de que está inaugurando una renovación radical, muy distinta de la que efectúan las purificaciones judías—, Jesús sube a Jerusalén. Allí, conforme a su misión renovadora, purifica el templo de la mancha de injusticia y codicia, si bien es menos severo con los que tienen a los pobres por clientela.

Se resisten, sin embargo, los judíos y piden signos de autoridad. No será sorprendente si son éstos mayormente quienes perderán muchísimo si el templo vuelve a ser casa de oración: el establecimiento religioso que se cree infalible e incuestionable; la gente rica e influyente que agasaja a los encargados y, por eso, favorecida por ellos.

Jesús les muestra un signo que consideran no solo escandaloso, sino también ridículo. Es que no saben a qué se refiere Jesús. Difícilmente se les ocurre que la renovación auténtica, la cual forma parte de la resurrección, presupone la muerte.

El signo de Jesús desafía directamente al injusto y codicioso que se encierra tanto en sus intereses que no conoce a ningún otro, ni a Dios, a quien los hombres hemos de amar sobre todo y con todo nuestro ser, ni al prójimo, al que debemos amar como a nosotros mismos. En violación de los mandamientos de Dios, el egoísta se hace ídolos (en forma de ideología a veces) y se postra fanáticamente ante ellos. Deshonra también al prójimo, hasta secuestrando a los tomados por enemigos y esclavizándolos, violando a mujeres, pensando al mismo tiempo que «está dando culto a Dios».

El signo cristiano, el mismo que se proclama en la Eucaristía, es «Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los griegos». El crucificado y resucitado Señor es prueba incontrovertible de lo acertado que es el dicho: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo, se guardará para la vida eterna».

Si los que somos templo de Dios buscamos renovarnos de verdad, no debemos mirar hacia lo pasado grandioso que nos recuerda más la magnificencia denunciada por Jesús, sino hacia lo nuevo que él realiza. Nos fijaremos en el proceder de Dios que, según san Vicente de Paúl, sostiene a la Iglesia, destruyendo, por así decirlo, a los pilares principales de ella (EsXI:292).

Oh Dios, concédenos a los llamados a Cristo imbuirnos de tu fuerza y tu sabiduría.